“Nunca me fue tan necesario como hoy el tener salud, corazón y juicio; hoy que hombres sin juicio y sin corazón conspiran contra la salud de la patria”. Juan Pablo Duarte
Juan Pablo Duarte fue el ideólogo de la independencia dominicana proclamada el 27 de febrero de 1844 y el pensador más radical de la soberanía en el Caribe del siglo XIX. No gobernó ni administró poder, ni pactó salidas “prácticas” o mediatizadas. Por sostener principios sin concesiones terminó marginado y exiliado. Murió en Caracas, Venezuela, el 15 de julio de 1876, a los 63 años, tras vivir gran parte de su vida fuera de su patria, desterrado por quienes renunciaron al ideal que dio origen a la República.
Duarte concibió la patria como un absoluto moral, no como un arreglo circunstancial. Lo expresó en su ideario sin eufemismos ni medias tintas: “La nación dominicana es libre e independiente de toda dominación extranjera”, y añadió la frase que condensa su radicalidad política y ética: “y si no, se hunde la isla”. No se trataba de una metáfora extrema, sino de una frontera clara. “Vivir sin patria es lo mismo que vivir sin honor”, sentenció. Para Duarte, sin patria no hay nación; sin independencia no hay honor colectivo.
Aceptar tutela, aunque prometa orden, estabilidad o prosperidad, equivale a negar la existencia misma de la patria. ¿Puede llamarse República un país que delega su destino? ¿Desde cuándo la independencia se convirtió en un problema técnico a resolver por terceros? Esa lógica explica por qué Duarte rechazó protectorados, anexiones y “soluciones” externas. Prefería la adversidad a la obediencia; prefería el riesgo a la mediación. Para él, una patria administrada deja de ser patria y se convierte en territorio. Y un territorio puede funcionar; una patria sin honor, jamás.
Venezuela, República Bolivariana
La Venezuela contemporánea, República Bolivariana, enfrenta una crisis prolongada y profunda, con factores internos y externos que nadie discute. Pero alrededor de esa crisis ha emergido un lenguaje que Duarte habría reconocido como peligroso: “administración provisional”, “transición dirigida”, “ayuda condicionada”, “tutela temporal”. Distintas palabras para una misma idea: la patria como variable negociable. Duarte lo advirtió con claridad jurídica y política: “Toda ley impone una autoridad de donde emana, y la causa eficiente y radical de esta es, por derecho inherente, esencial al pueblo e imprescriptible de su soberanía.”
¿En qué punto la urgencia autoriza la cesión del derecho a decidir? ¿Quién define cuándo una nación deja de ser sujeto y pasa a ser objeto de “rescate”? Duarte no negaba el sufrimiento de los pueblos; negaba que ese sufrimiento justificara la renuncia a la autodeterminación. La patria, pensaba, no se suspende mientras llegan soluciones. O existe, o se extingue. “El Gobierno debe mostrarse justo y enérgico… o no tendremos patria y por consiguiente ni libertad ni independencia nacional”, advirtió.
Hay una ironía que vuelve más severa esta comparación caribeña: Duarte murió en Venezuela. No como huésped del poder, sino como exiliado pobre. Y aun así, nunca rectificó. Nunca dijo que la independencia había sido un error. Nunca aceptó que la miseria justificara la tutela. Su vida confirma su doctrina: la patria no se negocia, aunque cueste el destierro.
Esa coherencia es la que incomoda hoy. Porque no distingue entre tutelas “buenas” y “malas;” porque no absuelve ni a los autoritarismos internos ni a los salvadores externos; y porque recuerda que una patria “ayudada” a cambio de obediencia puede sobrevivir, pero ya no decide. Duarte lo dijo sin rodeos: “Los enemigos de la patria, por consiguiente, los nuestros, están todos muy acordes en estas ideas: destruir la nacionalidad, aunque para ello sea preciso aniquilar la nación entera.”
Venezuela, como antes la República Dominicana, encara una pregunta que no es solo política o económica, sino moral: ¿es preferible sobrevivir sin patria o resistir con ella intacta? ¿Puede una nación aceptar que otros fijen los límites de su destino y seguir llamándose República? En lenguaje contemporáneo, Hugo Chávez lo expresó con crudeza política: “Los que quieran patria, vengan conmigo; los que quieran colonia, váyanse con el imperio.”
Bolívar y Duarte y la dominación colonial
Mucho antes, Simón Bolívar advirtió que las nuevas repúblicas latinoamericanas enfrentarían una amenaza tan grave como la dominación colonial: la tentación de cambiar libertad por tutela. “Más cuesta mantener el equilibrio de la libertad que soportar el peso de la tiranía”, escribió. No hablaba solo de ejércitos extranjeros, sino de la fragilidad moral de las naciones cuando el miedo, el cansancio o la urgencia las empujan a delegar su destino.
Bolívar, como Duarte, entendió que la independencia no se pierde de golpe, sino por concesiones sucesivas, y que entregar el poder nacional a otros, aunque sea en nombre del orden, es una forma más rápida de disolución republicana. De ahí que la advertencia duartiana sigue interpelando a Venezuela y a toda la región, no como consigna, sino como límite moral: mejor que se hunda el territorio antes que flote una patria sin honor. El límite que separa a una nación viva de una administrada por otros. “Nunca me fue tan necesario como hoy el tener salud, corazón y juicio; hoy que hombres sin juicio y sin corazón conspiran contra la salud de la patria.”