La Sombra de Trumpoleon se cierne sobre el petróleo

El 3 de enero de 2026, el mundo presenció un giro dramático en la geopolítica latinoamericana y mundial: con una ilegal operación militar, el imperio del norte atacó Venezuela y secuestró a Nicolás Maduro y a Cilia Flores, mientras Donald Trump se proclamaba administrador plenipotenciario del petróleo venezolano.

El emperador Trumpoleon Malaspartes, anunció que Estados Unidos gestionaría la venta de entre 30 y 50 millones de barriles de crudo —valorados en miles de millones de dólares— enmarcando esta intervención en una visión moderna del "Corolario Trump" a la Doctrina Monroe.

El objetivo declarado es claro: expulsar las influencias china y rusa del sector energético venezolano, revitalizar una industria en ruinas y garantizar que los recursos de la nación sudamericana sirvan a los intereses de Washington en un hemisferio que considera su esfera natural de dominio, su patio trasero pues.

Venezuela, con las reservas probadas de crudo más grandes del planeta —más de 300 mil millones de barriles—, produce actualmente menos de un millón de barriles diarios, un desplome brutal desde los picos de casi 3,5 millones en las décadas pasadas, causado por décadas de sanciones que impactaron de manera negativa deteriorando masivamente toda la infraestructura.

Trumpoleon ha prometido inversiones masivas de hasta 100 mil millones de dólares o más por parte de empresas estadounidenses, ofreciendo "seguridad total" con presencia naval en las costas venezolanas y asegurando que las compañías trabajarán directamente con su administración, no con el gobierno encargado de Delcy Rodríguez quien asumió en nombre de Nicolás Maduro, mientras se gestiona su liberación. Sin embargo, la respuesta del sector ha sido tibia: en una reunión en la Casa Blanca el 9 de enero, los ejecutivos de las grandes petroleras se abstuvieron de garantizar compromisos firmes, citando la necesidad de cambios legales profundos, protecciones duraderas para inversiones y estabilidad política real.

El punto de fricción más visible ha sido Exxon Mobil. Su CEO, Darren Woods, calificó abiertamente a Venezuela como "uninvertible" en las condiciones actuales y recordó la afectación que sufrió su empresa en tiempos de Gerard Ford y Carlos Andrés Pérez, cuando Venezuela nacionalizó su industria petrolera (1976) y mas reciente en tiempos de Hugo Chávez cuando se promulgó la ley de hidrocarburos que le impedía al coloso de la expoliación petrolera seguir llevándose el petróleo venezolano sin pagarlo.

Exxon Mobil dice que mientras no hayan reformas estructurales en las leyes venezolanas, lo cual pasa por reformar la constitución del país no piensan considerar el regreso. Esta declaración irritó profundamente a Trump, quien respondió públicamente que estaría "inclinado" a excluir a Exxon de cualquier oportunidad futura en el país, acusándola de "jugar demasiado astuto". Mientras Chevron —la única gran estadounidense aún operando en Venezuela— mostró disposición a aumentar producción rápidamente, esa negativa de Exxon ha generado especulaciones inquietantes sobre las intenciones reales de Washington.

En el contexto global, esta maniobra altera equilibrios delicados. La intervención intenta cortar de raíz los subsidios petroleros a Cuba, debilitar alianzas con Irán y China, y reforzar la posición geoestratégica de Estados Unidos en un mercado mundial saturado de crudo, donde los precios rondan los 57 dólares por barril y la transición hacia energías renovables reduce el atractivo de proyectos costosos como los del Orinoco.

Revivir la producción venezolana a niveles históricos requeriría no sólo miles de millones, sino una década de trabajo sostenido en campos de crudo pesado y caro de procesar. Aunque Trump asegura que canceló una segunda oleada de bombardeos, cualquier desalineación del gobierno de Maduro, representado por Delcy Rodriguez podría reactivar la presión armada, lo cual hace menos viable pensar en inversiones en este momento.

Aquí entra otro elemento explosivo: la disputa por el Esequibo. Guyana, ha emergido como potencia petrolera gracias a los descubrimientos masivos de Exxon Mobil en el bloque Stabroek, con miles de millones de barriles en aguas offshore, Venezuela sigue activa en su reclamo sobre toda esa zona y la CIJ está activa siguiendo los lapsos de ese reclamo históricos sobre dos tercios del territorio guyanés, la reacción de la EXXON MOBIL en contra de los planes de Trumpoleon podría derivar en que el emperador del norte ahora decida que ese territorio si es venezolano y en consecuencia anexárselo, sólo para arrodillar a la gigante petrolera.

Ya el Primer Ministro Guyanés se adelantó a ese escenario declarando que Guyana no aceptará mediación de EEUU en el diferendo ¿Con que pensará enfrentar al imperio que neutralizó el poderío militar venezolano en minutos?

La caída de Maduro pausó temporalmente esas tensiones, pero la frialdad de Trump hacia Exxon —vista ahora como "no confiable"— alimentó temores de que una Venezuela invadida por la fuerza estadounidense podría reclamar el Esequibo por la fuerza, precisamente para expropiar o desplazar a la compañía en una suerte de represalia. Analistas advierten que tal escenario reflejaría un neoimperialismo trumpista que prioriza el control de recursos sobre la estabilidad regional.

Así que mientras Trumpoleon insiste en que el petróleo venezolano será "extraído como nunca antes", la realidad apunta a un camino largo, incierto y potencialmente conflictivo, donde la soberanía energética de Venezuela podría terminar más condicionada que nunca. El equilibrio entre oportunidades y peligros nunca ha sido tan frágil y el mundo cuerdo, que es mayoría lo sabe perfectamente.



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Oscar Jiménez


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