Corregir y consolidar el proceso para fortalecer el apoyo popular

Construir ciudadanía

Si lo que se desea es un proceso político dirigido a enfrentar el capitalismo y sus valores es necesario marchar con la ciudadanía, ganarse a la mayoría. Excusarse en que la población no está suficientemente madura es ignorar que la educación, la cultura, no depende del pueblo sino del Estado, pero también del capital privado, de la televisión y los otros medios de comunicación, y de la Iglesia católica, que son los que han montado esos patrones de conducta.

La población estuvo preparada para tomar las calles en abril de 2003, pero este proceso que sin lugar a dudas tuvo un impulso popular muy grande –quizá hasta el 2005-, con actividad de calle, de masa, fue perdiendo fuerza. El movimiento revolucionario se fue burocratizando, paternalizando.

Y, las grandes mayorías, convertidas en sujetos de la política, fueron frenadas, alejadas de la participación y el protagonismo, que fue reemplazado, al decir de Vladimir Acosta, por una teresacarreñización del proceso. A ello hay que sumar la insistencia del tema del magnicidio posible, que ha logrado alejar al Presidente de las masas, rodearlo de cinco anillos de seguridad, lejos, lejos del pueblo y sus problemas.

La democracia participativa y protagónica -que venimos recitando desde hace unos años-, el socialismo, se construyen desde abajo, día a día, y no se decretan. En nombre de una supuesta mayor eficiencia no hay decisiones colectivas, no se consulta con la ciudadanía, con los cuadros medios, con el (los) partido (s).

Si a este cuadro le sumamos corrupción, burocratismo, ineficiencia, desatención de problemas cotidianos que son fundamentales (seguridad, abastecimientos, empleo, basura), no es difícil que se vaya generando descontento, escepticismo, frustración e incluso rechazo. Situación que se ve agravada por el bombardeo permanente de los medios comerciales de comunicación que invadieron incluso los lugares de ocio de la ciudadanía, las salas de las casas.

Y en materia de formación no se puede olvidar a la Iglesia católica, que sigue insuflando a los niños, incluso desde la etapa preescolar, de los mitos que forman la religión, con un pensamiento (único) dócil. Niños que van a la escuela donde reciben los valores de capitalismo y regresan a su casa, donde la televisión se encarga del resto.

Estamos hablando de adoctrinamiento ideológico. El único muerto seguro es el que está tres metros bajo tierra, suelen decir en mis pagos. Cuando la oposición estaba destruida, fue el propio gobierno con ingenuidad que le dio beligerancia al poner en marcha el referendo por la reforma constitucional.

Previamente, se había lanzado la campaña por los (matemáticamente inalcanzables) 10 millones de votos en las elecciones presidenciales de 2006, sobre un universo de poco más de 14 millones de electores. El triunfo fue rotundo, pero con poco más de siete millones.

Y entonces a alguien se le ocurrió denunciar que en Venezuela había cuatro millones de oligarcas… para lo que el país debiera tener 500 millones de habitantes. Lo que sí había eran varios millones de personas manipuladas por una excelente campaña publicitaria de la oposición. Demasiado triunfalismo oficialista y demasiada subestimación de la oposición.

Y hay confusión: la dirección de la oposición no son esos dinosaurios políticos ni esos pichones de fascistas que salen a hacer el circo mediático: la verdadera dirección está en el norte, desde donde se digitan seudo dirigentes, medios de comunicación, estrategias. Lo que está en juego no son escaños parlamentarios sino el poder. Porque si una vez apelaron al golpe de estado, hoy se sienten con posibilidades de hacerlo sin bayonetas, pero con el arsenal de los medios, que potencian el descontento de los sectores populares ante la ineficacia, la ineficiencia, el burocratismo y la corrupción.

La amnistía otorgada después de la reelección puede leerse tanto como un gesto magnánimo en la victoria o una prueba de debilidad, a concesión, en un país donde la impunidad sigue imperando. El pueblo bolivariano es el que ha sufrido en carne propia los delitos de estos fascistas, saboteadores antinacionales, y resiente esa decisión.

Hacen falta líneas políticas, más allá de las que domingo a domingo traza el Presidente, que también tiene derecho a equivocarse, sobre todo cuando no es informado debida y verazmente sobre lo que acontece en el país, en las misiones, en los ministerios. La línea política no puede ser reemplazada por consignas y no es lo mismo política comunicacional que campaña publicitaria.

Nuestros dirigentes debieran saber dónde está la izquierda y la derecha, cuál es la línea política interior y exterior de este proceso, y no esperar que sea el Presidente quien deba recordar o marcársela oportunamente. Para enfrentar el paradigma imperialista del fin de las ideologías se llama al fin de los partidos dentro del espectro bolivariano. Y aparecen “socialistas” por doquier. Hoy se admite que puede haber varios partidos y que tendría que haber un Frente Amplio o Polo Patriótico.

“Un proceso revolucionario supone mucha gente y mientras mas gente mejor. Supone que haya posiciones distintas e intereses de clases también distintos. Lo que tiene que tener es una línea política discutida, la aceptación de un liderazgo compartido y colectivo, pero claramente en la persona del Presidente, una línea política debatida y una praxis que vaya en esa dirección”, dice Vladimir Acosta.

Y el partido “unido” no puede repetir la estructura clásica del modelo leninista impositivo de arriba hacia abajo y del centro hacia afuera (que aplicaron desde el PCV hasta AD y COPEI), porque eso destruiría quizá las fuerzas vivas, lo más hermoso e importante de este proceso, que es la participación popular. No puede ser que un cogollo elabore una línea política que deben cumplir los demás. La línea política debe ser una creación colectiva, que se reaprende a diario. El partido debe ser horizontal, para recibir y nutrirse de la opinión y la participación de la ciudadanía, que es la que realmente sabe lo que pasa en cada comunidad y en la gran comunidad.

En el 2002, la vanguardia la tenía la gente en la calle. Pero sin dudas, ese frenazo a la participación y el protagonismo populares sirvió para el ascenso de posiciones conservadoras, de la derecha dentro del bolivarianismo. Hoy los sectores moderados, conservadores –e incluso arrevolucionarios- son los que tienen mayor peso. Y por eso la esperanza está allí, donde está la gente, la ciudadanía, el pueblo, que no puede ser acusada ni de contrarrevolucionaria ni de traidora por burócratas ineficientes anquilosados en las estructuras del poder.

El triunfo del proceso bolivariano no sólo es importante para Venezuela, sino para toda América latina. La esperanza del continente está centrada en los avances de este proceso. El problema no es que haya sectores moderados, sino que éstos han obtenido ventajas económicas, que los llevan a ocuparse de otros intereses, sin intención alguna de seguir avanzando. Son quienes hablan de acuerdos con la oposición, de combatir a los radicales del proceso.

La derecha no comparte el poder con nadie, lo quiere para ella sola. Todos los muertos de este proceso los ha puesto el pueblo. Dentro del gabinete presidencial hay gente que no cree que la tarea sea consolidar para seguir avanzando, sino que se trata de pedir una tregua a la derecha para corregir los errores y estabilizar el gobierno. Hay dos posibilidades: se trata de ingenuidad, de creer que la derecha es idiota; o de entreguismo. Se trata de corregir, de consolidar algunos procesos que están haciendo agua para fortalecer el apoyo popular, para seguir hacia delante, de forma más sólida.

Sectores populares denuncian que Polar y Cargill, los mismos grupos que desabastecieron el país durante el sabotaje petrolero, hoy son abastecedores de Mercal, con mercaditos desabastecidos por la ineficiencia y la corrupción administrativa. Mercal fue una respuesta excelente para terminar con las roscas y garantizar al abastecimiento alimentario.

El proceso bolivariano está viviendo una situación parecida a la del 2002 y el camino no debiera ser el de la conciliación para tratar de fortalecerse, porque significaría la capitulación. El movimiento popular –al que se ha querido descalificar y desarticular y que acaba de dar una nueva lección en las elecciones internas del PSUV- debe tener suficiente fuerza para salir a la calle, porque es la única esperanza de que el proceso siga adelante (lo que algunos burócratas llaman radicalización), para lograr una Venezuela soberana, con justicia social, digna, con el liderazgo del presidente Hugo Chávez a la cabeza de una línea política clara, compartida, comprometida con las luchas populares.

Vale la pena recordar una frase del Che: para ser revolucionario hay que haber hecho la Revolución. ARAM AHARONIAN

aharonianaram@yahoo.com,
barometrointernacional@gmail.com


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Aram Aharonian

Aram Aharonian es Magister en Integración, periodista y docente uruguayo, fundador de Telesur, director del Observatorio en Comunicación y Democracia, presidente de la Fundación para la Integración Latinoamericana.


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