Las posturas de Henry Ramos y Enrique Mendoza

Si algo logró el aparato puntofijista en Venezuela fue la uniformidad ideológica de las individualidades dirigentes de los sobrevivientes de dicho pacto: A.D. y Copei. Así, todos confluyen hacia un único modelo de país: el sumiso y rentista, propicio a los intereses de las grandes empresas internacionales; al esquema elaborado por el Pentágono para todas y cada una de las entidades nacionales suramericanas: obedientes productoras de materias primas. Al pozo de los malos recuerdos, las luchas emancipistas; la tradición histórica; la entidad de un pasado generador de dignidades; la majestad ideológica, principista, de un hacedor de patria como Simón Bolívar.

El presunto izquierdismo de Rómulo Betancourt se hermana indiscriminadamente con el evidente fascismo de Rafael Caldera; ambos configuran una estructura conservadurista, reaccionaria, de derecha, específicamente dirigida a contener y deformar las legítimas reivindicaciones populares; el acceso de los ignorados de siempre a los valores materiales y espirituales que hacen posible la vida en esta decadente civilización occidental. Lo que decimos no es un descubrimiento; apenas un esbozo tímido de una verdad que nos quema diariamente.

¿Cómo percibimos la unicidad postural conservadurista entre quienes aparentemente representan corrientes diferentes?. Ello sólo es posible determinarlo mediante el análisis de casos concretas; de individuos de carne y hueso en posición de “liderazgo político”. Observemos, por ejemplo, la igualdad de posiciones, de posturas, de colocaciones, de inclinaciones o acomodos que permanentemente escenifican especies como Enrique Mendoza y Henry Ramos Allup. Un anáisis superficial, apenas visual, nos conduce a asegurar que Enrique y Henry o Henry y Enrique ofrecen o adoptan una misma postura o inclinación; un mismo acomodo o posición. La coincidencia nominal es elocuente; bien han podido ocurrir a otros romances y llamarse, al itálico modo, Enrico o Henri, como prefieren los galos. Los ascendientes ya anunciaban la identidad de posiciones de los tiernos retoños. No son simples entretenimientos lingüísticos; por eso dicen que la lengua es el castigo del cuerpo. También están, Henry y Enrique, hermanados por la más supina de las ignorancias. El primero intenta exhibir una desenfrenada “quincalla verbal”, al estilo de su mentor, Rómulo Betancourt, cloacalmente torrentosa, deshilvanada y huérfana de conceptos; es un salsoso regurgitar de voces inconexas, a ritmo de guaracha, en gritos sin compás que recuerdan los pujos de Dámaso Pérez Prado. Para Henry, eso es erudición. Enrique, por su parte, deja desgranar amelcochados lugares comunes que aprendió de su maestro José Antonio Pérez Díaz, ícono del fascismo socialcristero, frustrado “poeta”, insigne bochador en las canchas del Club Los Cortijos. Aún babea Enrique frases insustanciales de un anticomunismo decimonónico. También coinciden, en sorprendente acoplamiento, en la traición a la patria, al usufructuar con ansiedad originada en Sodoma las dádivas de la Ned y de Usaid. En conclusión, los dos se acomodan o posicionan de la misma forma.

Esas posturas, inclinaciones o supinaciones no son, por lo demás, exclusivas de Enrique y Henry; hay quienes, sin ostentar tales nombres, toman las mismas posiciones. Es cuestión de aprendizaje. Por ahora, sólo nombro a Gerardo Blyde. Después, haré referencia a Julio Borges.


salvacampos35@hotmail.com


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