La palabra silenciada

  • .Cuando se asesina a un periodista, se apuñala también el Derecho a la Libertad de Expresión y el Derecho del Pueblo a estar informado.

La espiral de violencia que viene desde hace década azotando a la población colombiana afecta a todos los sectores de la vida social, particularmente, a los indígenas, campesinos, jóvenes, mujeres, políticos, defensores de los derechos humanos, luchadores sociales en general y muy en particular a los hombres y mujeres que trabajan con la palabra escrita, oral y la imagen; los periodistas.

Particularmente, con los periodistas, la violencia han sido cruenta, pues en el ejercicio de su profesión, la denuncia y la búsqueda de la verdad, que son parte de su quehacer ético profesional, no es bien vista por sectores embarrados por la corrupción, los delincuentes de cuello blanco, los que envenenan al mundo con las drogas y mucho menos por la violencia de Estado.

Cuando estos sectores susodichos y otros que también son conocidos, se ven afectados por la investigación y denuncia de los fablistanes, recurren entonces, al expediente de la violencia. Matar al mensajero. Asesinar a los que han puesto a la luz del día sus actividades mafiosas y nocivas para toda la sociedad.

Esto convierte a la profesión periodística en una de las más peligrosas del mundo. Los periodistas, reporteros gráficos y camarógrafos, son el blanco de estos sectores descompuestos, cuando la palabra y la imagen los revelan y los expone al tribunal de la conciencia general.

Los hemos visto caer en escenarios de guerra, asesinados intencionalmente, pero reflejados en las estadísticas como daños colaterales. También cuando denuncian a los que dándole la espalda al mandato popular que alguna vez tuvieron se dedica al robo y lucro personal. Son presas también de todo tipo de bandas organizadas que han hecho de las actividades delictivas de toda índole su razón de ser. Pero insólito, víctimas también, de los que deben protegerlo, del Estado, cuando los que lo controlan apelan a la violencia para silenciar al mensajero, que los expone y descubre ante la opinión pública.

Esa espiral de violencia que azota a Colombia, señalada desde los inicios de esta reflexión ha dejado una huella trágica para el periodismo en nuestra región. Revelan las estadísticas que desde 1987 a 2008, 167 periodistas han sido asesinados por razones inherentes al ejercicio profesional y en la gran mayoría de esos casos, no se determinan responsabilidades ni se detiene a los culpables.

El caso más reciente del periodista, Marcos Montalvo, asesinado en la región del Cauca, Ciudad de Tulua, permite visualizar el drama que históricamente viven los periodistas en Colombia. Por las escenas presentadas en la Televisión, pudimos observar, como con esta modalidad del sicariato, que se ha enraizado en la sociedad colombiana, cobijada por impunidad gubernamental, fue utilizado para, prácticamente, darle casería. A lo mejor este escándalo, será ocultado pronto por otro escándalo mayor, porque como podemos apreciar, en Colombia, también los líderes sociales e indígenas son liquidados a mansalva y no se avizora ninguna medida gubernamental que ponga freno a esta escandalosa violación de la vida y los Derechos Humanos, tan espantosa, que la ONU, ha tenido también que condenar, pero que no toma medidas para mediar en la situación.

Pero junto al asesinato lamentable de periodistas, es necesario también resaltar que el crimen también se comete contra la Libertad de Expresión y el Derecho a estar informado, porque es precisamente mediante el ejercicio de estos derechos, que forman parte del Elenco de los Derechos Humanos, que el pueblo se informa, toma conciencia de los hechos y se forja su propia opinión sobre los mismos. Cada vez que se asesina un periodista se sume al pueblo en la ignorancia y en la oscuridad, donde algunas élites pretenden mantenerlo por siempre.

La Organización de las Naciones Unidas y los Organismos Regionales, están en deuda con los Periodistas. Deberían gozar de un fuero especial, que los proteja porque el servicio que le prestan a la humanidad es inconmensurable. Arriesgar la vida por la verdad, por mantener al pueblo informado, por realizar denuncias para el adecentamiento de la vida política y social, son esfuerzos meritorios que no tienen como contraprestación, la defensa del ejercicio del Comunicador Social.

Vean por ejemplo el Caso de Julián Assange, un hombre que lo arriesgo todo para que a la humanidad no se le ocultara la verdad, ahora, prácticamente sólo, es sometido a las injusticia, de una justicia ciega, que no condena crímenes atroces, como las invasiones a pueblos desprotegidos y las sanciones que generan hambruna y desestabilización de naciones; pero que se ensaña contra los servidores públicos que le abren los ojos a la ciudadanía, ante los Crímenes de las Grandes Potencias.


 



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Jesús Sotillo Bolívar

Docente en la UCV

 jesussotillo45@gmail.com

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