En la Selva Yasuní

He regresado hace unos días de la selva amazónica, parte del territorio de Ecuador. He ido hasta donde empieza el Parque Nacional Yasuní, calificada como la reserva biodiversa más completa del planeta. He estado con guías indígenas que se dedican al turismo. Las enseñanzas que he aprendido son muchas.

El viaje empezó el miércoles por la mañana. Los guías, una familia entera, indígenas Kichwa que se dedican a organizar viajes al por menor, cargaron todos los enseres necesarios en la barca. Quien nos condujo y acompañó fue el hijo, Freddy, de veinte y tantos años. Fui con la compañera Ligia Arreaga, periodista y ambientalista, que trabaja para canales de televisión y radios de Panamá. Ambos cargábamos con lo esencial para la estancia de tres días en la selva. Y así empezó un viaje hermoso por el gran Napo, uno de los afluentes del Amazonas, que tiene una anchura que va desde 400 metros hasta más de un kilómetro, dependiendo de los tramos.

La isla de los monos

El trayecto fue bajo un cielo nublado, lo que permitió que no sufriéramos calor. Además, con la brisa que venía del impulso de la lancha, hacía incluso un poco de frío. El viaje duró unas tres horas, con parada previa a la “Isla de los monos”. En ella existe el “Centro de interpretación ambiental y manejo de la biodiversidad” que se dedica básicamente a la rehabilitación de los primates. Y que es un éxito de recuperación de la vida animal. Se atiende a los animales que han sido capturados por gente que los compra como mascotas, o a crías que quedan indefensas por muerte de la madre, o monos heridos, algunas de estas especies en peligro de extinción.

Hay 9 especies de monos en la isla, desde las más pequeñas, como el titi rojo, hasta las más mayores como el mono volador o el capuchino, éste muy agresivo, nos dijo el responsable del centro. Nosotros sólo pudimos ver el mono lanudo. Me asombró la rapidez con la que se desplazan estos animales saltando de árbol en árbol. Por supuesto, mucho más rápido que los que estábamos debajo.

En la cabaña recibimos diversas explicaciones de cómo se están rehabilitando, en total libertad, y luego se sueltan para reincorporarlos a la vida salvaje, de manera que ya hayan aprendido a vivir por sí mismos. Por ello la comida la suben hasta una altura considerable, para no acostumbrar a los monos a bajar al suelo, cosa que nunca hacen en su vida salvaje. Bajar al suelo es la muerte casi segura por los depredadores, por ello cuando una cría cae no la van a recoger.

En el paseo por la isla de los monos, Sumak Allpa, ya pudimos hacernos una cierta idea de la cantidad de especies arbóreas que existen en la selva. A cada paso un joven indígena nos iba indicando los tipos de árboles, amén de que había algunos carteles. En la isla vive el responsable con su familia. Para él es un privilegio poder estar 8 años de su vida dedicado a ese proyecto, el tiempo de su duración.

Las cabañas de la selva

Al atardecer llegamos a nuestras cabañas. Era como una estampa típica del verde claro de la hierba y matas de flores, llamadas heliconias, en medio de la selva con varias cabañas de madera y techo de palmeras, esperándonos.

Me alegré un montón de saber que las cabañas disponían de puertas, ventanas con mosquiteras y ¡hasta un baño!; luego vi que el lugar era más espartano y que no podía compararse a un hotelito. Dormimos en tiendas de campaña con una sábana y una colchoneta antihumedad, en el interior de una de las habitaciones.  La ducha era...un tanque de plástico lleno de agua turbia recogida del río Napo, usando un bote para tirarse el agua por encima. No había luz ni, por tanto, corriente para cargar las baterías. Pero nos pareció casi perfecto. ¿Qué más se le puede pedir a la selva?.

Las cabañas fueron construidas por la comunidad indígena Kichwa Indillama, con el apoyo económico del gobierno provincial. Los indígenas son conscientes de que aún tienen que arreglar varias cosas, como poner paneles solares para tener electricidad.

Por la noche dormí más o menos bien, aunque bastante duro. Al amanecer vi que tenía unas cuantas picaduras por el cuerpo. El spray antimosquitos había funcionado muy bien en brazos y cara, pero el cuerpo quedó descuidado y pensé que los mosquitos habrían aprovechado la ocasión para atravesar mi ropa. Mi compañera de viaje, periodista darienita, que dormía en la otra tienda, no sufrió en cambio, ninguna picadura. Pensé que probablemente su piel esté resistente a ciertos insectos, debido a que trabaja en Darién, una zona selvática al sur de Panamá, que es la continuación de la Amazonía. Luego supe que no eran mosquitos sino otro insecto.

Lección de botánica

Por la mañana vino Otorino, un hombre indígena de sesenta años, sabio y conocedor de casi todas las plantas y de lo que se mueve en la selva. Con él fuimos a dar una vuelta por ella. Si con Miguel, el joven guía del día anterior en la isla de los monos, ya vimos diversidad de especies de árboles, el compañero Otorino nos mostró muchos más. Mejor dicho, nos hizo verlos, con las diferentes formas que tienen cada uno de ellos, pues para mí eran bastante parecidos y los confundía a cada paso.

También explicó sus propiedades: los árboles que tienen la madera dura, pero quebradiza; esos son buenos para lanzas, pero otros son mejores, pues son casi tan duros pero flexibles. El árbol de hierro: son tan duros que no los puede atravesar un clavo con sólo quince días de secado. El árbol que sirve para curar las indisposiciones; el que sirve para calmar los estados nerviosos; el que sirve para los resfriados; el que sirve para los estados de desnutrición de los niños; las hormigas (que probamos) que se encierran en cápsulas dentro de las ramitas de un árbol y tienen un sabor dulce y apenas ácido, parecido a limón, muy nutritivas; el arbusto que cura picaduras de culebras; el que tiene frutos venenosos y con sólo tocarlos producen llagas que se extienden por el cuerpo... Por cierto mi amiga casi toca uno de ellos, suerte que Otorino estaba atento y le apartó la mano rápidamente, antes de que los tocara.

Peligros

Otro peligro son las serpientes. Las culebras no atacan normalmente, sólo si se sienten amenazadas. La mayoría de ellas son venenosas. La diferencia está en el tiempo en que tardas en morir. Pueden matar en dos o tres horas o en una media hora. Una de las más venenosas, la X, nos la topamos en el camino. Mejor dicho, habíamos pasado por su lado, casi pisando su cola, sin darnos cuenta de su presencia. En la selva hay que andar pues muy atento para no provocar sin querer un daño a un animal y, como consecuencia de ello, a nosotros mismos.

Como tenía ganas de hacer mis necesidades me volví y justo entonces la vi. Otorino nos dijo que era de las más peligrosas porque el veneno actúa rápido. Ligia decía que estaba muerta, con la panza espachurrada. Pero lo que vio Ligia era una hoja rojiza, que daba la sensación de sangre. Otorino le dio unos golpecitos a la cabeza con una larga ramita y la X se fue...por suerte para todos.

También nos explicó nuestro guía que, para sobrevivir en la noche, hay que dormir en lo alto de un cierto árbol que vimos y que debe ser joven. El tronco de ese árbol es fino pero resistente al peso de una persona. Y el tigre o la pantera negra nada pueden hacer para alcanzarte, todo lo más saltar hacia arriba. Por la noche los oyes y ves sus ojos danzar, pero entonces de día ya puedes bajar cuando se retiran.

Al día siguiente la descomposición intestinal, que había empezado el día anterior, me impidió ir a La laguna Limoncocha. Ligia vio una garza muy grande con una cresta muy bonita y, a lo lejos, un caimán. En esa laguna hay caimanes de hasta cinco metros, rápidos y peligrosos. Otorino se escapó de uno de ellos cuando era pequeño, escondiéndose en la hierba alta y lanzando palos en dirección a la laguna. Su papá le había dejado solo, mientras cazaba. Le salvó su sangre fría e inteligencia.

Otorino

El simpático Otorino, de la etnia Kichwa, cuando le conocimos nos explicó que se había librado de una muerte segura en manos de los Waorani. Y estuvo en peligro precisamente por hacer caso a su padre. Su papá le recomendaba que no debía molestar a los indígenas de esa tribu pues son muy estrictos y violentos si se incumplen las normas. Por ejemplo, robar o molestar a una mujer, puede significar la muerte.

Otorino ya tenía esposa cuando estuvo unos días en casa de un jefe Waorani. Obedeciendo a las recomendaciones de su padre, no le hizo caso a la bonita hija que tenía. Pero resulta que esa actitud parece que enamoró perdidamente a la joven, se le colgaba del cuello, le daba abrazos siempre que podía y, como expresión de su amor, le regaló unas flores. Pero Otorino siempre tuvo presente los consejos de su padre; se negaba obstinadamente a corresponderle, entonces los hermanos de la joven le rodearon con cuatro lanzas, por ambos costados, y por delante y detrás, pinchándolo y dispuestos ya a matarlo. Fue entonces que se acordó lo que había aprendido del cura Alejandro Labaka y empezó a entablar una conversación con Dios en el idioma Waorani, que los atacantes entendieron.

El diálogo, mirando hacia el cielo, consistía en que Otorino le preguntaba a Dios, si era cierto que había llegado su hora o no. Y como no respondiera claramente Otorino interpretó que no, que Dios no le permitía morir ese día. Así que se sintió seguro, puso la voz más firme y los hermanos de la frustrada y enfadada joven retrocedieron. En eso que llegó el jefe y viendo la escena se encaró con sus hijos y les ordenó que dejaran libre, inmediatamente al secuestrado so pena de atacarles a ellos. Los hijos obedecieron.

El asesinato del cura Labaka y la monja que iba con él

Los indígenas tienen comportamientos expeditivos. Son claros y rudos. Si se les engaña, tienes que pagar tu crimen. Si alguien roba a otra familia, debe devolver lo robado y además debe hacerlo arrastrando el producto robado una distancia larga, como unos dos kilómetros, pasando por todo el poblado y gente que vive en esa comunidad, para que se enteren que robó. Si intenta huir de la justicia indígena entonces la comunidad se organiza para saber, a través de parientes, de amigos, de otros miembros indígenas que están fuera o en el extranjero, hasta saber dónde está escondido. Entonces se va a buscar y se le devuelve al pueblo por la fuerza. O sea, no se puede escapar de la justicia indígena. El que la hace, la paga.

El gobierno de Ecuador y la propia Constitución reconocen la ley indígena, que está por encima de cualquier otra ley en su territorio. También respeta las tradiciones de los indígenas, incluso ajusticiar a un enemigo según su ley y reducirle la cabeza.

Alejandro Labaka era un cura jesuita que anduvo en la selva amazónica durante los años sesenta y setenta, ahora zona de desastre ocasionado por los derrames de petróleo de empresas irresponsables como Texaco. Otorino le sirvió de guía y también de traductor en la selva Yasuní. La misión de Labaka era convencer a los indígenas de que la gente blanca traería el progreso a las comunidades. Si bien al principio le creyeron, y hasta convenció a algunos de la idea de su Dios, como bien lo expresó Otorino, muchos waoranis desconfiaban, pues lo veían como la avanzadilla de los blancos que venían después. 

Los indios tienen memoria histórica. Saben lo que pasó hace quinientos años. La exterminación de los indígenas es algo que se ha transmitido de generación en generación. Y no sólo tienen presente la realizada siglos atrás sino también la reciente.

Pero el padre Labaka no hizo caso de las advertencias que le dio Otorino. Creía que la palabra de Dios era lo suficientemente poderosa como para que unos incultos indígenas le creyeran y abrazaran su fe. Y así fue como él se internó con su compañera monja en el territorio waorani, pensando que ya no era necesaria la guía de Otorino.

Relata Otorino, que indígenas waoranis le contaron que primero desnudaron a la monja para saber si tenía vagina y luego la violaron repetidas veces. Como el sacerdote protestara y gritara, entonces les mataron a los dos. Fue en los años setenta. Ahora resulta que el nombre que han puesto a las cabañas es precisamente el de Alejandro Labaka. Seguramente debe ser el nombre que eligió el gobierno autónomo provincial, no los indígenas, pues aunque no sean de la misma etnia, ni compartan quizás el ajusticiamiento que hicieron, tampoco están de acuerdo en el papel de esos curas que, en la mayoría de casos, no han sido otra cosa que la avanzadilla de las petroleras. Unas empresas que han matado más indígenas que todos los blancos que pudieran haber muerto.

Labaka hizo un libro contando muchas leyendas y tradiciones indígenas que le contó Otorino. Como éstas que salen en esta crónica. Pero en el libro de Labaka no sale el autor de las historias, nuestro guía, ni una vez. Es como si el cura hubiera recogido personalmente esas leyendas. Así nos contó Otorino.

Las petroleras

Resulta que este paraíso salvaje de 10.000 kilómetros cuadrados que es el Parque Nacional Yasuní, ya está siendo explotado por varias compañías petrolíferas, a pesar de las fatales experiencias que tiene Ecuador respecto a ellas. Una de ellas la española REPSOL. El gobierno defiende su explotación bajo el argumento de que la comunidad internacional no ha querido asumir el gasto de una cantidad anual por mantener virgen la selva. Una selva declarada bien de la humanidad.

El gobierno ecuatoriano alega que necesita esos ingresos del petróleo si no existe la suficiente compensación económica internacional por no explotar la región. Sin embargo es vox populi que ya antes de que cambiara de opinión públicamente y anunciara que iba a iniciar la explotación petrolífera en Yasuní, el gobierno ya había hecho negociaciones secretas con petroleras chinas y les había dado una concesión al lado de Yasuní, e incluso cobrando de antemano.

El argumento de que la actividad petrolera será casi inocua es que “sólo afecta a un 0,1%” del territorio del parque Yasuní “. Pero la actividad que va asociada al petróleo trae consecuencias mayores. Los indígenas están todos en contra. Lo consideran como una muerte lenta de la selva, en el mejor de los casos. En el peor, un asesinato de selva y personas, como hizo Chevron-Texaco. Esta empresa contaminó intencionalmente en la región cercana a la ciudad de Lago Agrio, entre 1972 y 1992, más de 60.000 millones de litros de petróleo. Es la mayor tragedia petrolera de la historia, casi el doble superior al vertido de Exxon-Valdez.

Con la destrucción del bosque amazónico Chevron ha afectado directamente a 30.000 personas. Comunidades desplazadas, contaminación del agua, índices superiores a lo normal de cáncer, de leucemia, de abortos espontáneos. Chevron es la cuarta empresa en beneficios y la segunda petrolera de Estados Unidos. Y se niega a pagar la multa de 6.000 millones de dólares que le impuso la corte ecuatoriana.

En el transcurso de sólo tres horas de viaje por el río, ya vimos varios dragados y puertos que se están construyendo en el Napo. Alguno tiene algo parecido a un dique o malecón para evitar la desaparición de la tierra en el río, pero la mayoría no y se desmorona las tierras de la selva.

Hemos visto enormes barcazas transportando grava y piedra. Son para hacer la carretera de Repsol, nos dice nuestro joven guía Freddy que tripula la lancha. Una carretera de 180 kilómetros que, se quiera o no, abre un surco en medio de la selva, rompe la conectividad boscosa y permite la llegada de los grandes camiones, materiales, etc. Un surco que no se cerrará ya más, sino que servirá de puente para abrir otros más, iniciando la contaminación y afectando gravemente a la diversidad biológica del parque Yasuní.

Pero no sólo es lo que directamente es nocivo para la selva. Lanchas ultraveloces cruzan el Napo para transportar trabajadores, técnicos, obreros manuales, que trabajan en las petroleras, en las carreteras, en los desmontes de selva. Ya se han ahogado personas que iban en sus canoas a remo por efecto de las olas que producen esas lanchas. Una familia entera, nos cuentan, se ahogó así en la noche. Cuando pasan de noche las lanchas no ven nada, ni siquiera saben si dejaron algún bote hundido. Pero la actividad de esos patronos lancheros crece. Algunos de ellos son colombianos. Dicen que entre ellos hay guerrilleros, ahora convertidos en trabajadores de petroleras. Quizás son ex guerrilleros a los que ya lo único que les interesa es hacer dinero lo más rápido posible.

El caso es que parece haber un contacto entre guerrilla y petroleras. También está el transporte de droga que utilizan lanchas muy veloces. Posiblemente todo vaya junto. El caso es que esas lanchas valen muchísimo dinero. Ningún indígena, ni siquiera empresa familiar, puede comprarlas. Pero, poco a poco, los dueños de las lanchas potentes se van haciendo dueños del río Napo.

Lo que la ciudadanía ecuatoriana es consciente, sea del partido, del sector social o de la etnia que sea, es que ceder a la explotación petrolífera y sus multinacionales, sean chinas, gringas, brasileñas o españolas, es abrir la herida por la que, tarde o temprano, se va ampliando, infectando, contaminando, y que termina matando la vida a su alrededor. Por ello los grupos ambientalistas están promoviendo una consulta popular y van a recoger un millón de firmas, para que el pueblo se pronuncie democráticamente si quiere que siga la explotación petrolífera en el Yasuní, derecho contemplado en la constitución ecuatoriana y al cual no ha querido recurrir el gobierno de Correa.

La ciudad de El Coca

La ciudad más cercana a Yasuní, Orellana – más conocida como El Coca, por ser lugar de plantación de ella en sus orígenes- me pareció una ciudad cara, por ser tan lejana. Aunque hay de varios precios, nos encontramos que los hoteles mejores, de hasta 70 dólares la noche -supongo que deben haber mucho más caros- estaban todos llenos. Tuvimos que recorrer cinco para encontrar algo y con un precio aceptable. ¿Y sabéis quienes los ocupaban? ¡Las petroleras, claro! El Coca se ha hecho cada vez más grande con el petróleo. La condición para trabajar en ellas es la residencia en la zona. Todo eso da unos trabajadores bien pagados, con poder adquisitivo alto, en medio de una zona campesina e indígena. Un desequilibrio.

El Coca tiene un aire de ciudad fronteriza, y se acentúa por la noche. Los bares con música estridente, los karaokes, discotecas, los clubes de alterne con chicas jóvenes sirviendo a hombres, algunos de ellos viejos que hacen sentar en su mesa a alguna de las camareras... Es un ambiente que mezcla la “modernidad” entendida en plan chabacano, con lo ancestral de la cultura indígena que pervive en los rostros y la sangre de la mayoría de la población.

Protejamos el Yasuní

Así es la puerta a Yasuní. Una selva que contiene una de las mayores diversidades biológicas del planeta. Sólo pensar la de fármacos naturales que se pueden extraer y la cantidad de millones que ganan las farmacéuticas, muestra que quizás la mejor inversión sería dar salida a todo el potencial curativo de la selva. Seguramente más rentable a la larga que el petróleo. Sobre todo en términos del buen vivir, del bienestar y de la salud de la comunidad nacional e internacional. Pero para eso se tiene que mantener la cultura indígena, los Otorinos que existen aún. Se tiene que proteger la selva y a los guardianes y sabios de la selva.

Recuerdo que Otorino contaba que un alemán vino y vio el árbol más grande que haya visto jamás, el mismo Ceibo amazónico que vimos con mi amiga. Y no se le ocurrió nada más al germano que decir “¡qué lástima que no me lo pueda llevar a mi finca!”.

Tenemos que acabar con esa mentalidad. O esa mentalidad acabará con todo y con todos nosotros.

El único sitio donde puede existir ese Ceibo gigantesco es en la selva amazónica. La selva es patrimonio de toda la humanidad. Todos podemos verla, visitarla un día. Toda la humanidad necesita preservar esta rica, única, bella y salvaje región amazónica. Una región que no es solamente eso sino es absolutamente imprescindible. Sin selva amazónica el mundo entero morirá asfixiado, contaminado, poco a poco.

Todos aquellos Estados que saquearon las riquezas de América Latina, empezando por el español, por Chevron-Texaco; los que diezmaron su población con genocidios, tienen el deber de compensar ahora el mal que hicieron en el pasado ayudando a mantener la selva de Yasuní. Esa es la justicia: que quienes contaminen, paguen. Y lo hagan para preservar un tesoro de la humanidad entera.

La selva absorbe cada día toneladas de dióxido de Carbono, responsable del cambio climático; es pulmón de la humanidad, reserva de agua, diversidad de vida. En la selva amazónica está el secreto de la cura para enfermedades incurables, hasta ahora, como el cáncer y otras; razones suficientes para que todos demos nuestro aporte para salvar a la Amazonía. Hay que exigir, hay que movilizarse en apoyo a los que milenariamente habitaron y preservaron ese tesoro de la humanidad y debe ser ¡ahora!

Alfons Bech

12/02/14



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Alfons Bech

Militante obrero, y revolucionario marxista. Miembro de de la CCOO, la federación sindical más grande de España. Activista político de L?Aurora y EUiA.

 albech12@gmail.com      @alfonsbech

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