El desafío latinoamericano en una época de cambios

América Latina se enfrenta a su mayor desafío en este punto de su recorrido actual. Un recorrido que por casi dos décadas la ha colocado por cuarta vez a la vanguardia en la resistencia internacional al dominio del sistema mundial de capital y el imperialismo.

Este desafío es de carácter histórico en la medida que debe resolver por tercera o cuarta vez en su breve historia republicana, si aprovecha la acumulación de recursos naturales, financieros y buena performance macroeconómica, para independizarse del dominio imperial, o si por tercera o cuarta vez, se perderá la oportunidad.

Con los resultados históricos emergerán sus responsables directos e indirectos. De nada sirve creer que el imperialismo es el único culpable, y lo es en la medida que su naturaleza es depredadora.
Pero no es el único actor social y político en esta jugada de largo alcance. En forma directa, también cumplen un rol los gobiernos, las vanguardias y las clases oprimidas que estamos del otro lado.
Si la historia social caminara por un solo andarivel, perdería su esencia dialéctica y su capacidad creativa, subjetiva, activa.

Por supuesto, no es lo mismo el gobierno de EEUU que el bolivariano de Caracas o el indigenista de La Paz. Pero los resultados, en términos históricos, se medirán por la combinación desigual de lo que hagan “los malos”, con lo que dejen de hacer, hagan mal, o a medias, “los buenos”.

Tres momentos a la vanguardia

Desde el triunfo en 1806 (Haití) a la derrota de los realistas españoles en Ayacucho, fueron por lo menos 15 años para colocarse en la primera fila mundial de países y Estados nuevos, que derrotaban en todo un continente al colonialismo, luego de EEUU, al norte e hicieron de América Latina un entidad reconocida en la geopolítica mundial.

A esa victoria siguieron dos hechos que pusieron de moda a nuestro continente: la poderosa Revolución Mexicana de 1910, cuyo impacto mundial fue tan valioso como el de la revolución china de un año después, o la rusa de 1905.

La tercera vez que fuimos vanguardia fue en 1959 cuando el triunfo de a revolución en Cuba hizo de Latinoamérica la referencia política más importante, luego del triunfo maoísta de 1948 y otras victorias en Asia y África.

Desde el triunfo de Hugo Chávez en las elecciones de 1998 hasta el de Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, la vuelta de los sandinistas y Fernando Lugo en Paraguay, en el continente se comenzó a hablar de “gobiernos progresistas”. The Economist, en 2005 denominó a lo nuevo “un ciclo de ascenso de gobiernos neopopulistas”, confundiendo tipo de régimen con conducta política de sus gobiernos.

La rebelión social en Argentina entre finales de 2001 y mediados de 2002, que produjo el gobierno de Néstor Kirchner, precedido por meses por el de Lula Da Silva y su PT, en Brasil, completaron un cuadro regional de gobiernos tan variados y de tipos tan variados que autores como Atilio Borón tuvo que recurrir a una paleta de colores para clasificarlos.

Aunque en todos se conocieron reformas y avances –moderadas o radicales-- en algunas zonas de sus vidas políticas, económicas o sociales, solo en Bolivia, Venezuela y Ecuador se conocieron cambios y transformaciones suficientes para calificarlos de regímenes nuevos.

La medición es empírica pero suficiente. Basta comparar estos países en términos de nuevas constituciones, expropiaciones o estatizaciones de empresas extranjeras y/o recursos naturales, enfrentamientos relativos con EEUU y la UE, políticas internas favorables a los más pobres, leyes regulatorias a favor del ahorro interno y el control de las multinacionales o los organismos financieros y discursiva anti imperialista o anti sionista.

Las diferencias resultantes colocan en El tamaño del desafío

La magnitud del desafío latinoamericano, sobre los hombros de los gobiernos llamados progresistas, es del tamaño de sus acumulados en ahorro interno, valor excepcional de exportaciones y superávit fiscal.
Nunca América Latina tuvo una situación económica tan favorable, ni siquiera en los años 30. La brecha internacional abierta por la calamitosa crisis de la economía global, sobre todo en Europa y Estados Unidos, completa el panorama favorable que permite plantearse el desafío histórico de modificar su lugar en el mercado y el sistema mundial de Estados.

Los indicadores económicos, sociales y políticos de los últimos dos o tres años señalan que estamos entrando a la zona de peligro en la cual América Latina podría despreciar una vez más su oportunidad.

Los gobiernos nuevos, incluso los que más radicalizaron medidas de cambios, parecen optar, o estar atrapados, impotentes, en la primarización, el extractivismo de recursos, en lo que se llama el neodesarrollismo.
Una de las claves puede encontrarse en la débil integración de estructuras verificadas en el continente: una oportunidad nunca vista.

Otra de las claves, es no comprender que en la época del imperialismo no se avanza al desarrollo y la autonomía, aunque sea relativa, si no se desamarran todas las ataduras a la maquinaria financiera, económica y política del capital internacional.

La suma de medidas progresivas no ha sido ni será suficiente para ese objetivo estratégico, único, histórico.

Los siguientes párrafos del autor argentino Claudio Katz, son suficientemente ilustrativos del tamaño del riesgo:
Frente a un probable escenario de recesión internacional se multiplican los cónclaves regionales. La frecuencia de estos encuentros contrasta, por ejemplo, con la pérdida de gravitación de las Cumbres Iberoamericanas. UNASUR está logrado una centralidad inédita y comienza a operar como un MERCOSUR ampliado, incorporando a los países que suscribieron Tratados de Libre Comercio con Estados Unidos. El regionalismo sudamericano (Brasil y Argentina) tiende a converger con el área pro-norteamericana del Pacífico (Chile, Colombia, Perú).
Esta coexistencia refuerza el predominio de proclamas, en desmedro de iniciativas concretas de integración.

Se discute, en primer lugar, la formación de un fondo de estabilización (FLAT) –a partir de ciertos mecanismos ya existentes (como el FLAR)– para auxiliar a las economías afectadas por corridas cambiarias. La fuga de divisas podría agravarse si los bancos y empresas extranjeras envían más dólares a sus casas centrales, para contrarrestar las situaciones de insolvencia. El FLAT está concebido como un instrumento de protección frente distintos escenarios de vaciamiento financiero.

Pero el monto de recursos comprometido en este resguardo (20.000 millones de dólares), sólo alcanzaría para socorros de emergencia en las economías pequeñas. Este tipo de reacciones defensivas ya se ensayaron en el pasado y no implicaron actos de solidaridad con las víctimas de la especulación. Al contrario, consolidaron una extranjerización del sistema bancario latinoamericano, que sería reafirmada si prospera la propuesta de asociar el FLAT con nuevos préstamos del BID.

En otros encuentros se debaten ideas para avanzar hacia la formación de alguna moneda común. La experiencia del Sucre –que utilizan Venezuela, Ecuador y Bolivia como unidad de cuenta para el intercambio comercial– es la referencia de estos proyectos. Ese signo permite reducir los costos de las transacciones, pero convive con el dólar sin funcionar como moneda real. Aunque pretende incentivar un desacoplamiento de las divisas fuertes, no reemplaza el control de cambios, ni preserva a los países de los tormentosos flujos de capital.

El Sucre es una iniciativa más avanzada que los mecanismos de intercambio con billetes locales (Brasil-Argentina) o los convenios de pagos recíprocos (ALADI). Pero se encuentra muy lejos de sentar las bases de una moneda regional, basada en modelos de complementación solidaria opuestos a la centralización neoliberal que moldeó la gestación del euro.

El Banco del Sur es otro termómetro de la parsimonia que domina en los proyectos de integración. Ya han transcurrido varios años desde su constitución formal y aún faltan tres confirmaciones parlamentarias de los siete suscriptores del proyecto. Nadie define el destino de los créditos y el capital comprometido para la entidad es muy reducido, en comparación a un gigante de la zona como es el BNDES de Brasil.

Pero el tema más relevante ocupa poco espacio en la reflexión regional. ¿Qué hacer con las enormes reservas que acumula América Latina? Como resultado del superávit comercial y la afluencia de divisas, los Bancos Centrales ya atesoran 574.000 millones de dólares. Se ha creado un excedente que contrasta con la enfermedad de vaciamientos sufridos por la zona en los momentos de crisis. ¿Los nuevos recursos respaldarán inversiones productivas coordinadas? ¿O se dilapidarán en acciones que perpetúan la dependencia?

La actual indefinición conduciría a la desaparición de los fondos por la misma ruta que ingresaron. La Unión Europea, el gobierno norteamericano y el FMI intentan canalizar las reservas hacia un socorro del sistema financiero mundial. Presentan este auxilio como un “aporte de América Latina” a los economías avanzadas, olvidando la deuda histórica que arrastra el Primer Mundo con la región. Proponen acompañar la compra de títulos europeos que realizarían China y otros BRICS, para apuntalar los bancos quebrados. La adquisición de estos papeles acrecentaría las cuantiosas inversiones que ya tiene Latinoamérica, en esa modalidad de colocaciones.

meguerrero00@gmail.com


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Modesto Emilio Guerrero

Periodista venezolano radicado en Argentina. Autor del libro ¿Quién inventó a Chávez?. Director de mercosuryvenezuela.com.

 meguerrero00@gmail.com

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