No basta con el discurso para hacer el socialismo

Al proponerse la posibilidad inexorable de construir un nuevo tipo de sociedad bajo los ideales del socialismo revolucionario, capaz de trascender y de eliminar la lógica capitalista, se suele confundir que sólo bastaría con el discurso y el logro hegemónico de los diferentes niveles de gobierno, olvidándose (o ignorándose) la mayoría de las veces que a todo cambio social debe corresponder, igualmente, un cambio político de envergadura que, básicamente, se  sustente en la participación y en el protagonismo populares. De otro modo, se correría el riesgo que todo lo hecho en función de promover y de conquistar realmente espacios de participación y de protagonismo de los sectores populares que prefiguren la transformación radical de la sociedad vigente -dominada por la lógica del capital-, se perdería en manos de una dirigencia político-económica de corte corporativo, tal como sucede en Estados Unidos, amparada en la dispersión y en la carencia de un mayor nivel de conciencia revolucionaria del pueblo que gobiernan. En tal sentido, se requiere ser perspicaces y en no caer en lugares comunes que, en vez de dilucidar las cosas, producen una mayor confusión, sobre todo, cuando se apela a lo que debe ser el poder revolucionario, el Estado de carácter socialista y el sistema económico que acompañe a ambos elementos y sirva para reemplazar al capitalismo como tal.
 
El meollo de esta situación que, a la luz de la historia, se hace perpetua, como parte de un fatalismo difícil de superar y conjurar, decepcionando a muchos, está en la puesta en discusión de lo que esté plasmado en el programa revolucionario que se adopte y lo que se esté ejecutando para hacerlo una realidad palpable y, por supuesto, cotidiana. Eludir tal discusión no contribuirá, en modo alguno, en alejar las inconsistencias, las debilidades, las contradicciones y las amenazas que estén acechando, en cualquier momento, a toda revolución socialista en marcha. Al hacerlo de este último modo, quienes se arroguen la condición de vanguardia se ubicarían en el mismo papel que el de los sectores dominantes tradicionales, por lo cual estarían perdiendo –desde ya-  una gran cuota de legitimidad entre aquellos que dirigen, abriéndole puertas a la reacción.
 
A la par de semejante debate, es insoslayable que exista una pluraridad de sujetos históricos organizados que converjan en el diseño, control, ejecución y revisión de un programa revolucionario con bases en común. Como lo apuntara Miguel Mazzeo en su libro ¿Qué (no) hacer? Apuntes para una crítica de los regímenes emancipatorios, “las nuevas condiciones exigen formas originales de intervención política que den cuenta de la diversidad y del carácter plural de los nuevos sujetos (de la clase)”. Habría, por consiguiente, que estimular una vinculación dialéctica, concretando de forma simultánea tanto el cambio político revolucionario como el cambio social revolucionario; esto le daría consistencia y plena vigencia al desarrollo y la consolidación de toda revolución que se proclame socialista.


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Homar Garcés


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