Rupturas y secuencias

La tarea principal de toda revolución socialista

El poder popular -por su misma esencia múltiple, conformado por diversidad de formas orgánicas y ámbitos de acción- no puede someterse al rigor estricto de las leyes, puesto que ello significa coartar el ejercicio pleno de la soberanía del pueblo. Ninguno de los poderes constituidos tendría la facultad de restringirlo y, por tanto, desconocerlo y subordinarlo a sus intereses particulares. Si ello ocurre, no se podría hablar -en consecuencia- de revolución y, menos, de socialismo, ya que la participación y el protagonismo de los sectores populares tendrían que ser las características diarias de todo proceso revolucionario. No siendo así, se correría el riesgo no descartable de sufrir un retroceso histórico o la restauración del viejo orden que se pretende abolir. En este caso, el decreto de algunas leyes puntuales y la actuación realmente revolucionaria de los organismos públicos pudieran contribuir positivamente a elevar la capacidad de lucha, organización y movilización de parte de los movimientos populares; sin embargo, esto no es suficiente. Es vital para todo proceso revolucionario que la participación y el protagonismo populares no estén concertados por las formalidades impuestas por el Estado burgués-liberal, logrando conquistar espacios propios, llegándose a constituir entonces como poder y estableciendo una dualidad de poderes que, a la larga, debe orientarse a la instauración de un verdadero poder popular.

Esto no significa que tal poder popular deba repetir los cánones establecidos por la democracia representativa. Sus voceros deben combatir a diario por evitar que los mismos trunquen el ejercicio de su soberanía, lo cual exige una predisposición para cambiar las relaciones de poder existentes entre gobernantes y gobernados, aplicando lo que el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) ha dado a conocer como “mandar obedeciendo”, una concepción política revolucionaria que muchas veces se cita, pero que pocos están dispuestos a cumplir cabalmente, aun en los niveles inferiores o sencillos de las estructuras del Estado. Así, quienes ostenten cargos de dirección y/o de gobierno debieran estar subordinados a las decisiones de las asambleas populares, permitiendo que éstas sean escenarios de la práctica de la democracia directa y, por tanto, impulsoras del cambio estructural del Estado tradicional, modificando sustancialmente el orden de cosas existente.

El poder popular requiere deslastrarse de los usos y costumbres del pasado. Como lo define Roland Denis, “dentro del poder popular debe operar una ‘dictadura del sueño igualitario’, no un falso debate y ‘encuentro’ pacífico entre la reafirmación y la negación del sistema colonial y capitalista”. Ello exige un cuestionamiento serio y permanente de lo actualmente existente, sin justificaciones originadas por la necesidad extrema de subsanar el conjunto de problemas, desigualdades e injusticias que agobia a los sectores populares, olvidando la tarea principal de toda revolución socialista: darle todo el poder al pueblo. Sin embargo, hay que acotar que dicha tarea no podrá concretarse jamás sin disponer de una teoría revolucionaria que la sustente, dando lugar a nuevos paradigmas que definan un nuevo tipo de civilización, diferente en mucho a la regida por el capitalismo y la democracia representativa.-

*Maestro ambulante.

mandingacaribe@yahoo.es


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Homar Garcés*


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