En Venezuela se habla de transición política como si fuese la llave que abre automáticamente el futuro.
Pero hay una variable estructural que rara vez entra en la conversación:
La energía.
Un país puede cambiar de liderazgo.
Puede reformar leyes.
Puede redefinir alianzas.
Pero si no transforma su sistema energético, el cambio será superficial.
La estabilidad institucional no se sostiene solo en acuerdos políticos.
Se sostiene en infraestructura funcional.
Un sistema eléctrico inestable genera:
– Costos productivos elevados
– Incertidumbre empresarial
– Deterioro de servicios públicos
– Desigualdad territorial
Sin seguridad energética no hay competitividad.
Sin competitividad no hay recuperación sostenible.
Tres décadas de continuidad estructural
Más allá de los debates ideológicos, hay un hecho técnico:
La matriz eléctrica venezolana ha permanecido atrapada en un modelo altamente centralizado y dependiente de generación térmica vulnerable.
El problema no ha sido solo de administración.
Ha sido de diseño estructural.
Cuando el diseño es frágil, el resultado se repite.
La ecuación incompleta
Pensar que una transición política resolverá por sí sola el problema eléctrico es asumir que el origen de la crisis es exclusivamente político.
Pero el sistema eléctrico también es:
Ingeniería.
Planificación.
Diversificación.
Tecnología.
Sin transición energética, cualquier transición política heredará la misma fragilidad operativa.
El contexto global es distinto
La economía mundial avanza hacia:
• Generación distribuida
• Solar a gran escala
• Eólica estratégica
• Almacenamiento masivo
• Redes inteligentes
No por moda.
Por eficiencia, resiliencia y costos.
Un país que no adapta su matriz energética queda rezagado estructuralmente.
¿Qué significa una verdadera transformación?
Significa incorporar en la agenda nacional:
– Diversificación real de la matriz
– Reducción progresiva de dependencia térmica
– Integración solar como columna vertebral
– Complemento eólico regional
– Desarrollo técnico nacional
– Marco regulatorio moderno
Eso es transición energética.
Y sin ella, la transición política será transitoria.
Futuro no es alternancia. Es rediseño.
La discusión no debería ser solo quién administra el sistema.
Sino qué sistema estamos construyendo.
La soberanía del siglo XXI no se mide únicamente en reservas de petróleo.
Se mide en capacidad de generar electricidad limpia, estable y competitiva.
Venezuela necesita algo más que un cambio político.
Necesita rediseñar su base energética.
Porque el futuro no depende solo de quién gobierne.
Depende de cómo se genere la energía que sostiene al país.