La globalización puede entenderse como un proceso de integración, intercambio y/o acercamiento entre las sociedades de los países del mundo, desde una perspectiva planetaria, producto del desarrollo del conocimiento y tecnología científica, potenciados por los adelantos de las telecomunicaciones y la informática, guiados bajo los supuestos del desarrollo social armónico entre los pueblos.
En un esfuerzo de comprensión del proceso de globalización penetramos en la apariencia de este fenómeno, por lo que ya no puede aceptarse como un proceso natural, inevitable, sino que afinca sus raíces, en relación con Venezuela, en Siglo XV, con los viajes de Magallanes y Cristóbal Colón, el encuentro de dos mundos. Es entonces, un proceso intencional y necesario para el éxito de la hegemonía de centros de poderes económicos e ideológicos de carácter mundial, en su afán de colonizar la tierra, repartirse territorios y apropiarse de sus materias primas, incluido el ser humano, como recurso para la industria, y sobretodo para el mercado.
Esta caracterización de la globalización devela su alta complejidad, la cual se manifiesta en todas las dimensiones de la vida de las sociedades nacionales y de otras que están dentro de ellas, impactando su totalidad cultural, como sus dimensiones laborales, mercantiles, legales, de entretenimiento y diversión, educativas, económicas, financieras, manifestándose en su ética y estética. La cotidianidad, desde lo privado, expresado en el modo de satisfacer las necesidades naturales y las creadas culturalmente muestran su alineamiento a los requerimientos del mercado, ejerciendo una fuerza poderosa en la conformación de una mentalidad que posee ideas, las dominantes, como se poseen cosas o artefactos que se ofrecen en las ferias comerciales a cualquier comprador, en un esfuerzo de homogenización cultural.
En suma, afecta la conciencia nacional, poniendo al descubierto que la globalización tiene como actividad principal la producción e intercambio de mercancías que valen más por su precio en el mercado que por la satisfacción de necesidades humana reales y sentidas, por lo que pareciera que su alcance es más limitado, es decir menos compleja y desde este ocultamiento es donde asienta la fortaleza de éxito al percibirse como inocua, vaciada de contenido y de carácter hegemónico.
La globalización, direccionada desde centros de poder mundial, para triunfar como proyecto hegemónico cultural e ideológico necesita penetrar y someter la conciencia de los pueblos (Machado, 1998), al presentarse como algo inevitable, al cual unos países llegaron primeros y otros retardados, por lo que deben incorporarse urgentemente a cumplir la función que le corresponde o quedarían más rezagados y destinados a la periferia, exclusión permanente, mostrando su actitud cínica ante los pueblos con más necesidades básicas sin satisfacer. (Vergara, 2001), al condenarlos a la miseria, a la pobreza al no tomar el tren del progreso, expresado en el modo de vida particular de las naciones dominantes en el proceso globalizador.
Ante este discurso de la complejidad de la globalización se desprende el papel que le toca jugar a los sistemas educativos formales, puestos en la escena internacional, servir de palanca de debilitamiento a la conciencia de los pueblos nacionales, que se suman como agregados a la globalización, abrir sus conciencias mas que sus mercados y leyes, para que acepten lo inevitable, su condición de retardados a la llegada, por tanto asumiendo las consecuencias de ese hecho, además, natural e históricamente determinista, como si los pueblos y su cultura no tuvieran derecho a gestar su propio modo de desarrollo, sin perder su pertinencia a contextos mas globales.
La educación penetraría en las ideologías, para que las creencias, valores y actitudes conformen un estilo de pensamiento y acción que justifiquen al neoliberalismo y valgamos como personas, sociedades y países el precio que el mercado pueda reconocerle a su dignidad humana, personal y nacional, reafirmando los valores del individualismo, el éxito personal y el consumo, como estilo de vida, sin valorar las satisfacciones o gustos por la vida, en su mayor esencia humana.
Venezuela no puede ignorar, ni apartarse de la globalización, en una especie de anarquismo que busque la armonía social por la liberación de la espontaneidad o supresión del Estado, al contrario, debe asumirla en toda su complejidad y sacar raíces de su historia que le den fuerzas, dignidad y participación activa para su integración autónoma, corresponsable en el desarrollo y conducción de dicho proceso, donde la propuesta de un proyecto nacionalista de desarrollo se ancle en su sistema educativo, desde Venezuela, para Venezuela y con el mundo. Pero también, es necesario rechazar las actitudes y acciones sumisas ante la globalización que nos desdibujen como nación y claudiquemos a forjar nuestro destino histórico como pueblo libre y soberano en el uso de los recursos naturales, para bien propio y de los demás, porque somos un país que en la psique nacional está la noción de la alteridad.
Este sistema educativo debe expresarse tanto en las leyes, decretos y reglamentos, como en la praxis social, que retome y verifique nuestra conciencia histórica nacional, para proteger y valorizar la idiosincrasia y participación histórica en el escenario mundial, tensados hacia el futuro en valores humanos alternativos al neoliberalismo, como la solidaridad y cooperación social, los cuales sean los puntales para satisfacer necesidades reales y significativas de toda la población, incluyendo la de otros países, que busque intencionalmente el respeto y desarrollo de la dignidad de las personas y los pueblos, la restricción de la pobreza material y cultural y, con la orientación desde modelos socio-políticos emergentes, construidos con las mejores ideas, contextualizado en el ser nacional, activemos la participación de todos, con más y mejor democracia, apoyados en conocimientos y tecnología científica con marcado carácter endógeno y en el uso más responsable y libre de las tecnologías de información y comunicación, marcados por un esfuerzo de inclusión, equidad y participación responsable y comprometida que trascienda las fronteras nacionales. Estas aspiraciones racionales y necesarias nos involucran en un movimiento de transculturización, desde lo local a lo universal y viceversa, exigiéndonos estudios y esfuerzos profundos para revalorizar las fortalezas nacionales, como defensas y aportes al mundo, de manera que la cultura nacional sea referente para sostener la influencia del país en el nuevo orden mundial, de cooperación, paz, respeto e inclusión a los pueblos y protección ante los problemas mundiales de la globalización.
Eladio Núñez
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