Soto atribuye esta contracción a una combinación de factores internacionales y estructurales que han debilitado la capacidad de los migrantes venezolanos para enviar dinero a sus familias. Entre ellos, destaca el aumento del costo de vida en los países de acogida, las políticas migratorias restrictivas —especialmente en Estados Unidos— y los conflictos geopolíticos como la guerra entre Rusia y Ucrania o las recientes tensiones entre Irán e Israel.
“El 60% del consumo en Venezuela depende de las remesas. Si estas disminuyen, veremos pobreza relativa en ese mismo porcentaje de la población”, advirtió Soto en entrevista a Unión Radio.
El economista también subrayó que solo 2 de los 8 millones de migrantes venezolanos están regularizados legalmente, lo que limita el acceso a empleos formales y, por ende, la capacidad de envío.
Apertura cambiaria y pérdida de poder adquisitivo
Soto recordó que la apertura cambiaria de 2018 transformó la dinámica de las remesas.
“Antes, con 50 dólares se llenaba la despensa. El diferencial se usaba para ahorrar. Hoy, ese margen se ha evaporado”, explicó. La inflación interna y la dolarización informal han erosionado el poder de compra de los hogares receptores.
La caída de las remesas repercute directamente en el comercio minorista, uno de los sectores más dependientes del ingreso externo. Además, la multiplicidad de monedas y plataformas utilizadas para el envío dificulta establecer un monto promedio o una medición precisa del flujo
actual.
