Castigo para el mataperros de Maracay

Rafael Infante, decano de la Facultad de Ciencias Veterinarias de la Universidad Central de Venezuela, será reconocido en el futuro por su afán en realizar una “limpieza étnica canina”, como fórmula mágica para resolver los problemas que supuestamente comportaba la creciente población de perros en los predios de esa Facultad y también en la vecina, la Facultad de Agronomía, razón por la cual se le conoce ahora con el apodo de “El Mataperros”.

Ante las amenazas de “El Mataperros” la organización Ecofauna y un grupo de estudiantes de la Escuela de Veterinaria denunciaron con indignación que las “autoridades” actuando por instrucciones y por órdenes de la rectora Cecilia García, hicieron una emboscada a un gran número de perros utilizando lo que se conoce como "rifle sanitario", cuyo objetivo era nada más y nada menos que exterminar a los inocentes animales, como en efecto lo fueron, y que trajo como consecuencia el sacrificio de una gran cantidad de perros que frecuentaban los espacios universitarios en Maracay. El problema ahora no son los perros, sino que los estudiantes habían convenido con las “autoridades” que ellos mismos harían un operativo de vacunación, esterilización y búsqueda de padrinazgos para adopción como mascotas.

Sin tomar en cuenta las solicitudes de los estudiantes “El Mataperros” comenzó su labor como sanguinario sin control, al extremo que la población baja de manera abrupta, de más de 140 perros a unos 20, hecho que fue notado de inmediato. Una búsqueda en los alrededores dio como resultado que se encontraron con los restos de unos 30 animales, pero los desaparecidos son cerca de 100.

No contento con esto, “El Mataperros” procedió a suspender por dos meses al dirigente estudiantil Carlos Mogollón, cursante del segundo año de la Facultad de Ciencias Veterinarias de la Universidad Central de Venezuela (UCV), núcleo Maracay, luego de que este dirigiera una carta abierta a “El Mataperros”. La suspensión implica la pérdida del año por inasistencias. La carrera es anual. El procedimiento administrativo es muy simple: “El Mataperros” es “víctima”, fiscal acusador y juez, porque el abogado defensor no existe. La investigación “exhaustiva” fue la de cerciorarse si la carta la había escrito Mogollón, e inmediatamente vino la sanción

Lo mas gracioso de “El Mataperros” es que no dio a Mogollón la oportunidad para que se defendiera. Mogollón sólo se limitó a escribir una carta abierta donde sólo le instaba a que saliera de las cuatro paredes en que estaba encerrado, que le diera la cara a los estudiantes, que explicara (si es que cabía alguna explicación) sobre la situación de los animales, que informara acerca del pésimo estado en que se encuentran los laboratorios de Veterinaria, en fin, que debatiera con los estudiantes.

¿En qué país cree “El Mataperros” que está viviendo? Este hecho pudiera ser tomado a la ligera, pero es una evidencia muy clara de lo que está sucediendo en la Universidad Central de Venezuela y en otras Universidades Nacionales, donde el imperio de la Ley es letra muerta, donde las autoridades se saltan a la torera los procedimientos administrativos, donde hay una total impunidad ante las actuaciones de rectores, rectoras decanos, etc. Se sienten “autónomos”, pero no generan ni un centavo para la administración de las universidades, ni siquiera investigación útil. Demás está decir del derroche, malversación y peculado descarado en que incurren, sin que tengan control alguno.

Yo creo que estamos llegando a lo que llaman un “punto de inflexión”. Es hora que estos abusadores respondan por sus actos. Por lo que atañe a la Facultad de Ciencias Veterinarias, “El Mataperros” debe explicar qué destino le dio la centena de perros que están desaparecidos, y a los organismos que se encargan de la protección de los animales, deberían ya de haber actuado contra este sanguinario incontrolado que no tiene piedad de un perro. Como castigo deberían condenarlo de por vida a atender la Clínica Veterinaria, si es que todavía funciona. Quisiera presenciar el momento cuando “El Mataperros” mira los ojos de un pobre perro desvalido, antes de dispararle con el “rifle sanitario” y constatar la cara de satisfacción que pone mientras el pobre animal se retuerce de dolor, antes de morir.

Desgraciadamente me tengo que reservar las mejores palabras que tengo contra este desalmado criminal, a quien deseo de verdad, y para su escarmiento, que sea “servido” por un gran danés, debidamente anudado como Dios manda, y que sea arrastrado por los pasillos de la Universidad, ante la mirada de los deudos de los animales que mandó a matar.

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Omar Montilla


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