(Colombia y Venezuela, una sola patria)

Clandestina y solitaria solidaridad

Escribo estas líneas en medio de la conmoción de los abrazos del reencuentro entre Clara Rojas y Consuelo González de Perdomo, con los que las fueron a recoger a la selva primero y con sus familiares luego. En medio de sus lágrimas y risas… y de las mías, en medio del terror y la alegría, de la esperanza que renace y se abre caminos y de la oscuridad que vamos dejando necesariamente atrás.

En medio de la conmoción de un abrazo negado y frustrado por años, décadas, que finalmente nuestros ojos pudieron ver concretado, y nuestros corazones disfrutaron emocionados pudiendo respirar aliviados, mientras una voz silenciosa nos decía íntimamente: “¡Sí se puede, sí se puede!

Me alegra profundamente su alegría. Pero también me complace sobremanera el haber confiado en que como mi corazón me decía, esa liberación se iba a concretar, y solo sería el principio de la pacificación del hermano y sufrido pueblo colombiano y un paso imprescindible para la unidad latino americana y caribeña.

Por eso una vez más quiero reiterar, que es la fe impulsando nuestros hechos la que mueve montañas, la que todo lo hace posible. Así como son nuestros temores e incertidumbres, estimuladas por intereses ajenos a través de los medios de comunicación, los que nos convencen de nuestra impotencia manteniéndonos confusos y pasivos.

Tal vez resulte extemporáneo en este momento decirlo, pero por experiencia he comprendido que muchas veces circunstancias inesperadas te ponen a vivir cosas que nunca hubieses soñado elegir, que hasta te hacen sentir que la vida a la que estabas habituado ha terminado.

Y sin embargo termina resultando que esas vivencias fuera de tus planes, son las que podían ampliar las fronteras de tu vida para enriquecerla realmente, y ponerte en el lugar desde el cual podrías desempeñar a cabalidad, aquello que de algún modo comienzas a sentir tu destino. La derrota de la propuesta de reforma constitucional, podría ser uno de esos “accidentes colectivos”.

Claro que hace falta un corazón generoso para soltar aquello a lo que te aferrabas, para no quedarte fijado allí para siempre, resistiendo toda otra circunstancia. Pero si lo logras, si en lugar de resentirte con lo que puedes considerar golpes desafortunados o inmerecidos de la vida, puedes abrirte a los nuevos horizontes, tal vez reconozcas que el ser humano es mucho más que sus circunstancias.

Tal vez puedas ver que bajo un uniforme de guerrillero o uno de político, de una piel femenina o masculina, late algo más que los roles de una sociedad, de un momento histórico. Entonces podrás abrazar a los que eran tus enemigos circunstanciales. Porque es el marco de valores establecido el que da significado. Y cuando este se cae, necesariamente has de recrearlo.

Y cuando comprendes que creamos y recreamos nuestros valores acorde a las circunstancias, comienzas a ver que nada vale más que la vida, que un ser humano. Y eso te libera de y hace innecesario cargar con cualquier otro casillero secundario, herencia centenaria. Lo que realmente intento decir, es que solo escuchar a nuestro corazón puede liberarnos.

Es cuando se caen las circunstancias estáticas que el corazón puede abrirse camino, es entonces que podemos reconocer que los seres humanos se relacionan con afecto, más allá de los vestidos circunstanciales. Y que son justamente los disfraces de cada circunstancia los que nos duermen a nuestra esencial y profunda humanidad.

¿Dime tú que clase de sociedad y relaciones podemos tener, cuando solo afirmamos por décadas y centurias las inevitables diferencias superficiales que la especialización de funciones de cualquier modelo de sociedad que organicemos exige? ¿Dime tu adónde podemos llegar cuando nuestra riqueza y libertad implican la pobreza y esclavitud de otros?

No es difícil la respuesta, ¿verdad? Basta despertar de nuestros sueños en el tiempo y aquello hacia lo cual creemos que nos conducen, abrir los ojos y mirar a nuestro alrededor para que todo ello sea haga evidente. Pero sobre todo sentir la frustración y la soledad en nuestros corazones, la pobreza y el abandono en que viven nuestros cuerpos, saturados de inútil basura en un desesperado intento de calmar y compensar la carencia de afecto, calidez.

Las diferencias, la multiplicidad no implica soledad, por el contrario es la sal del mundo. Imaginemos un mundo monótono, monocolor, sin colores ni sonidos, sin variedad de formas y reinos, sin géneros sexuales, sin razas ni culturas enriquecedoras, sin variedad de estaciones climáticas. Bueno, ya imaginamos el cementerio, el infierno y la muerte.

Si la vida existe es porque las inevitables diferencias se complementan y sintetizan. Observen por todas partes con sensible atención y avísenme si encuentran algo que no sea interdependiente y complementario, algo que sea autosuficiente y exista en y por si mismo. Y luego díganme si no son justamente esas diferencias interdependientes las que se sienten atraídas, llamadas a reunirse, religarse, complementarse y sintetizarse.

Nada es en si mismo, nada es estático. Todo se transforma cíclicamente, incluyendo los modelos sociales, las economías, culturas y religiones, como las personalidades que son su contracara estructural. Todo busca natural y espontáneamente sus opuestos complementarios, porque son sus interrelaciones las que hacen posible todo lo que llamamos vida o ser viviente.

Poco importa si lo llamamos leyes químicas, físicas, electromagnéticas, deseos, pasión, afecto, amor. Todo lo viviente es diferente y complementario y si así no fuese no existiríamos. He escuchado que el amor solo llama, busca y se alimenta de amor. A veces hasta lo he sentido.

Tal vez sean esos llamados y esas búsquedas, y esos tan insuficientes encuentros y respuestas, los que mueven al mundo. Cuando observo y me siento conmovido por esos prohibidos abrazos que han de navegar contracorriente, para finalmente propiciar entre risas y lágrimas el encuentro de cálidos y vivientes corazones y cuerpos, así me lo parece.

Colombia y Venezuela son una sola patria, oímos decir a menudo al señor Hugo Chávez, nuestro presidente. Y es que lo que nos toca experimentar, vivir, no puede ser sino la resultante de nuestros hechos acumulados por repetición en una dirección. Pero son las ideas- fuerza las que guían o direccionan nuestros hechos.

Una idea sin la fuerza de la emoción, sin fe, no moviliza acción. Y no serán los mismos los resultados de tener fe y actuar con pasión desde una intención solidaria que libere e iguale a todos los pueblos, que los complemente y reúna. Que afirmando y enfrentando sus diferencias para beneficiarse de ellas esclavizándolos, sumiéndolos en la ignorancia y la pobreza.

Y cuando piensas en Colombia y Venezuela, en la Gran Patria de América toda, desde la intención y el deseo de la unidad, ellas comienzan a reunirse en y vestirse de la unidad vital de tus propios pensamientos y sentimientos, para finalmente generar y atraer acciones concretas en esa dirección.

Aunque hoy, sumidos como estamos en la incertidumbre de la inmediatez y lo finito, (así como su contracara el consumismo, el aferrarnos a objetos en el tiempo para calmar nuestro vacío y ansiedad), nos resulte muy difícil de imaginar, las ideas-fuerza no mueren, palpitan, viven en forma latente en el corazón, en la memoria profunda de la humanidad.

Cuando los tiempos son propicios, cuando los conflictos de afirmar las diferencias a expensas de las complementaciones llegan ya a extremos intolerables, cuando la guerra y la sangre se asoman ya en el horizonte cual caminos inexorables por el cual nos llevan nuestras acciones.

Renacen entonces con fuerza apasionada esas ideas-fuerza de unidad, resonando en la sensibilidad de los pueblos. Hoy le llamamos socialismo, tal vez ayer se vistió del proyecto de la Gran Colombia. Pero en esencia, más allá de los nombres, se trata de darle cuerpo, sangre y huesos, contenido, a las vacías palabras, sueños e ideologías de todos estos siglos.

Que están en latente espera por venir a ser en las conciencias, los cuerpos y el mundo. Porque de tanto soñarlos y nombrarlos en vano, llegamos a creer que sabíamos lo que eran y hasta los vivíamos. Pero solo conocemos los sueños compensatorios al sufrimiento, a la violencia, a la ausencia de amor y felicidad.

Cuando los tiempos profundos despiertan, cuando el palpitante corazón de la humanidad se acerca a la conciencia, las diferencias se agitan buscando apasionadamente sus complementos. Las diferencias con las que estamos identificados tiemblan y comienzan a desmoronarse.

Cuando digo diferencias, me refiero a nuestros pensamientos, creencias y hábitos sociales, porque para quien despertando de sus sueños abre los ojos y mira sin prejuicios, resulta evidente que en los reinos naturales todo fluye y se complementa sin fin. Y entonces del mismo modo que el intercambio humanitario no pudo ser en el primer intento, vuelve al escenario público la idea-fuerza de la Gran Colombia, de América, la Patria Grande, para venir a ser.

Aunque aún no nos demos cuenta no hay términos intermedios, no hay en este momento, en este nivel de tensión a que estamos sometidos, más que dos alternativas. La guerra civil e internacional, a que el enfrentamiento indiscriminado de diferencias nos conduce inevitablemente, o comenzar a complementar esas diferencias camino de la paz, en que la justicia, la igualdad de clases y pueblos pueda ser.

Por eso el único camino posible de la revolución es el arte de la paz, de neutralizar los intentos regresivos que nos empujan al enfrentamiento, como búsqueda ingenua de resolver nuestros mutuos y comunes problemas con las mismas causas que los originan. Repito que buena parte de esos intentos regresivos se generan y retroalimentan en los medios de comunicación.

Allí se repite de mil modos hasta el cansancio que somos estúpidos e impotentes, que estamos vencidos antes de comenzar, que nuestras esperanzas no son más que vanos sueños, que nos estrellaremos contra la realidad que nos aplastará. Hasta que empezamos a dudar, hasta que desconfiamos de nuestras propias fuerzas y comenzamos a culparnos unos a otros.

Y es entonces cuando direccionamos nuestras fuerzas contra nosotros mismos, desviándonos de nuestros verdaderos objetivos, volviendo a afirmar y enfrentar diferencias. Es entonces cuando volvemos a elegir el camino que solo puede conducirnos a la guerra civil, una vez más a la frustración de nuestros más profundos anhelos de paz y de felicidad. Bastaría con preguntarnos por qué gastan millones que tanto les duelen, si somos tan impotentes.

Por si no se han dado cuenta aún, quiero decirles que en este mundo que comienza a desmoronarse, la solidaridad es clandestina, la misión Milagro es clandestina, va en contra de los intereses de afirmar, enfrentar y eternizar las diferencias. Por eso dice nuestro presidente que tenemos que inaugurar un premio a las iniciativas clandestinas.

Si atendemos solo a las sensaciones de nuestros cuerpos, seguramente tu hambre, tu dolor y su satisfacción placentera se sentirán diferentes de los míos. Si tú no comes no soy yo quien se enferma y muere. Pero si atendemos al corazón en lugar de darle espaldas e insensibilizarnos, comenzando por una madre que da leche de su seno a su hijo, las cosas son diferentes.

En mi corazón si tú pasas necesidades, si tú te mueres algo se muere en mí, algo deja de sonreír, algo se avergüenza, experimenta una profunda traición que lo obliga a negarse a si mismo y mirar hacia otro lado. Si tú te mueres la muerte gana espacio en mí, en la conciencia colectiva, el amor se repliega y comenzamos a soñar con la eternidad solo porque negamos la compasión y la generosidad de este momento, negamos nuestra humanidad.

Entre el sentir profundo del corazón y las sensaciones cíclicas del cuerpo es que se desarrollan las miradas, es que crecen las traiciones, los errores. Es que se frustran y mueren los amores, es que nace el tiempo o se posterga el corazón, quedando entonces atrapados en la búsqueda urgida y tensa de direcciones externas, económicas.

¿Pero qué afirmará o negará tus decisiones cuando pierdes el respaldo de tu corazón? ¿Acaso tus temores y deseos tan variables como las sensaciones de cada día? Sin que el fuego del corazón inflame la conciencia no hay revolución, no son las tripas las que hacen revolución, hemos de hacer de tripas corazón.

Por eso nuestra mirada ha de conducirnos a reconciliarnos con el corazón, a reconciliar las diferencias, a revertir los efectos del sueño del tiempo. Por eso quise poner la semilla del gran árbol de la solidaridad, en ese conmovedor abrazo en medio de la selva, entre actores que las circunstancias lamentablemente enfrentaron.

En esa fidelidad de las miradas, de las conciencias y sus hechos a los anhelos del corazón, quiero ver el primer paso del inevitable renacer del sueño de la Gran Colombia enterrado bajo traiciones e ignorancia, camino de la gran patria en que nadie sea ni se sienta extranjero. Quiero ver el principio de la muerte de las guerras civiles y entre pueblos hermanos.

En el último Aló Presidente el señor Hugo Chávez dijo que nos faltó la suficiente cohesión, no estábamos aún preparados para tomar la elevada cima del socialismo. Ese fue el motivo del cual se derivaron todos los demás errores y carencias. Esa es una mirada profunda, elevada, esa es una mirada responsable, que no superpone sus sueños y deseos a lo que le informan sus circuitos de realimentación de la relación con su entorno, que no busca culpables.

Se trata de direcciones y velocidades de acción, se trata de diferencias autoafirmadas o complementadas. De corazones que se abren paso hacia el mundo, hacia las conductas, a través de miradas sensibles, o se estrellan contra la insensibilidad y la desintegración resultante de la traición al más profundo sentir.

Se trata de poner nuestra fe y acciones al servicio de nuestros más preciados y elevados anhelos, liberándonos del deseo y del temor que nos atrapan en los callejones de lo circunstancial en continua transformación. Se trata de confiar en nuestros mejores sentimientos en lugar de dejar que nos vendan e impongan la desconfianza en beneficio de intereses ajenos.

Se trata finalmente de crear imágenes que conviertan al corazón y a una de sus hijas, la solidaridad, en la reina, en el núcleo radiante de toda posible y pacífica, justa e igualitaria convivencia, sociedad. Esa es en sencillo nuestra lucha, que las imágenes de solidaridad entierren las de ignorancia, egoísmo y miseria cual dirección de nuestros hechos y sus frutos. Sol y dar y dad.

michelbalivo@yahoo.com.ar


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Michel Balivo


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