De dignidad se trata, si, de dignidad

Era un martes cualquiera, año 1992, segundo mes del año: febrero. Ese día, histórico e inolvidable, un grupo de militares ejecuta una insurrección contra la democracia burguesa. Andaba Carlos Andrés Pérez en su flamante segunda presidencia. Mientras el pueblo, la gente de a pie, los humildes, entre muchos otros y demasiados, reclamaban justicia por todos los rincones del país y la democracia bipartidista se hacía la sorda, la muda y, además, ciega. Aquel 27 de febrero había dejado una amarga huella digna en el alma social. La historia se había dividido en un antes y un después. Ya no éramos los de entonces, pero la esperanza transitaba una nostalgia que también se llenaba de regodeo. En esa antinomia se andaba, cuando comenzaron los disparos y aquella tanqueta insistía en entrar a Miraflores, contra viento y marea. Los militares patriotas marchaban con dignidad en los bolsillos. Una nueva historia aparecía entre disparos y alegranza. La confusión era parte de la oniria. Y se lanzaron como Quijotes caribeños, Quijotes venezolanos.

"Por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados en la ciudad capital". "Es decir, nosotros acá en Caracas no logramos controlar el poder. Ya es tiempo de reflexionar y vendrán nuevas situaciones, y el país tiene que enrumbarse definitivamente hacia un destino mejor. Les agradezco su lealtad, les agradezco su valentía, su desprendimiento y yo, ante el país y ante ustedes, asumo la responsabilidad de este movimiento militar bolivariano".

La Venezuela petrolera venía haciendo crisis, los trances eran contundentes, y entre la ineptitud, la corrupción, la desviación de a partida secreta y la entrega del país a una potencia imperial, la nación, la patria, andaba a la deriva con alarmantes índices de pobreza, escandalosos robos de la cosa pública y una grosera exclusión social. Había colapsado la esperanza colectiva; colapsó la acción política y se convirtió en un auténtico desastre la vida cotidiana social del pueblo. Entre la desidia y el asombro, la mayoría pobre contenía la arrechera. El descaro político había tomado la escena pública. El balance histórico ponía a la clase política contra la pared. La pared siempre fue para de la policía para detener al pueblo: ¡Contra la pared! Qué asco, un asco histórico de la democracia burguesa, representativa y malandra.

Aquel llamado Caracazo dividió la historia de Venezuela en un antes y un después. Si el pueblo, aquel 27 y 28 de febrero, fue masacrado; los militares perdieron todas las batallas. La dignidad de la cual gozaban la echaron por la borda convertida en balas contra un pueblo inocente y desarmado. El crimen sería colectivo. Un puñado de militares comprendieron su papel histórico. Había que retomar la dignidad traspapelada, arrugada, escoñetada. La dignidad que se había echado por la borda. Militares que también venían de los sectores populares. Quizás una herencia de pueblo les pertenecía.

Los nombres de aquellos militares quedarán en la historia futura de Venezuela. Serán memoria de pueblo uniformado. El ejército dio una contundente respuesta ante el desplome de la democracia capitalista, la cual se había agotado. Los del poder hicieron de la política un jugoso negocio. Un antecedente inmediato palpitaba en la estructura social de aquella democracia chucuta, aquella democracia bipartidista, aquella democracia coja, que había alcanzado alarmantes índices de pobreza, corrupción e ineficiencia. El descontento había tomado el tejido social y culminaría con un antecedente súbito, inesperado, asombroso: la exposición desbordada de El Caracazo. En esa batalla de uniformados contra pueblo de a pie, los militares perdieron todas las batallas porque para garantizar el orden tuvieron de manera criminal a asesinar al pueblo. Militares convertidos en asesinos, parricidas, verdugos, fratricidas y homicidas. A eso se convirtió aquella y que gloriosa fuerza armada de Venezuela. De alguna manera había que tomar la dignidad derramada, hecha polvo.

Un 4 de febrero de 1992, una insurrección militar intenta tomar el poder por asalto. El gobierno democrático burgués había instrumentado toda una política económica neoliberal que no sólo deterioró las condiciones sociales de la población sino también de la oficialidad media baja y de la tropa. La pobreza se apodero de la existencia del ser social cotidiano. Un liderazgo político rapaz, agotado no supo responder ni con coherencia y efectivamente. Un liderazgo político que sólo inspiraba desconfianza y rabia tenía que ser sustituido. Habíamos dicho: ¡Basta!. La democracia bipartidista llegaba a su fin, su sepultura estaba preparada. Los políticos del poder la fueron preparando durante más de treinta años. Otras y muchas voces del mundo social venezolano clamaban por una justicia social, por un país decente y por la profundización de la democracia, la cual hace rato se había extraviado. Los nombres de aquellos militares insurrectos quedarán en la historia actual y ulterior contemporánea de Venezuela. Un futuro inmediatamente cercano y lejano prolongará sus nombres en el tiempo. Su rostro será el rostro de todos los pobres de la patria, de los intelectuales honestos, de los profesionales y técnicos virtuosos. Pueblo soldado haciendo historia. Pueblo Bolivariano. Pueblo noble. Pueblo onírico.

En el intento de golpe militar participaron 5 tenientes coroneles como cabezas visibles del movimiento, seguidos de 14 mayores, 54 capitanes, 67 subtenientes, 65 suboficiales, 101 sargentos de tropa y 2.056 soldados alistados. Los participantes, pertenecientes a 10 batallones, formaban parte de las guarniciones militares de los estados Aragua, Carabobo, Miranda, Zulia y el Distrito Federal, y fueron dirigidos por los jóvenes oficiales encabezados por Hugo Chávez Frías y Francisco Arias Cárdenas, así como también Yoel Acosta Chirinos, Jesús Urdaneta y Jesús Miguel Ortiz Contreras. Este grupo formaba parte de una organización conocida como Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (MBR-200), con una concepción y filosofía política revolucionaria, liderados por el pensamiento de Simón Bolívar. Las cartas estaban echadas.

La insurrección fracasó, pero por primera vez en medio siglo alguien asumiría la responsabilidad del hecho y ese fue un comandante, Hugo Rafael Chávez Frías. Aquel por ahora se convirtió en un hasta siempre. El impacto todavía estremece las almas de una humanidad venezolana doliente. Una gran humanidad de compatriotas sobre quienes el orgullo les devolvió la esperanza. La oniria del Por Ahora anda y desanda calles, barrios, pueblos, municipios, parroquias y ciudades. El alma misma de la tarde es una madrugada del Por Ahora. Aquella expresión insertada en un texto de rendición se convirtió en un legado histórico. Aquel por ahora se transformaría en la Revolución Bolivariana y en el proyecto de sociedad socialista por ahora y para siempre. Por ello el 2 de febrero es el Día de la Dignidad Nacional. La dignidad de los pobres de Venezuela. Santos, orgullosos y sabios.



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Efraín Valenzuela

Católico, comunista, bolivariano y chavista. Caraqueño de la parroquia 23 de Enero, donde desde pequeño anduvo metido en peos. Especializado en Legislación Cultural, Cultura Festiva, Municipio y Cultura y Religiosidad Popular.

 efrainvalentutor@gmail.com

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