Crímenes sin castigo

Se cayó la cátedra, dijeran en hipismo para afirmar que se produjo un batacazo. Todas aquellas teorías que vincularon al Estado, o mejor dicho al gobierno, en el secuestro del Profesor Carlos Lanz quedaron descalificadas. También las que decían que se trataba de un secuestro internacional quedaron en ridículo. Las que en las últimas 48 horas echaron a rodar la versión de crimen pasional también rodaron, para seguir en la jerga hípica.

Aquí lo que se produjo fue un vulgar crimen de corrupción, con el agravante de que el mismo implicó un atroz asesinato como nunca se había producido en nuestro territorio y como nefasto espejo de los que se producen a diario en el vecino país.

Estos crímenes de corrupción, muchos de ellos sin muertos, obviamente, se producen a diario en las instituciones del Estado venezolano. Llega una persona sin mayor revisión de su libro de vida, a veces es suficiente con sepa intercalar en su vocabulario la palabra camarada o compatriota, a un cargo de esos que tienen partidas presupuestarias por montones, y se encumbra en la presidencia de una fulana institución. Una vez allí comienza a rodearse estratégicamente de proveedores de la peor calaña, los cuales se encargarán de, entre otras cosas, la provisión de alimentos, de artículos de oficinas, de productos de limpieza, de ropas, zapatos y uniformes, de cauchos, baterías, arreglo y compra de los vehículos de la dependencia, de los juguetes para las navidades, de suministros para fiestas y celebraciones, del manejo de la caja de ahorro, de la gasolina y medicinas, de artículos deportivos, de los seguros, etc etc etc.

Así las cosas, este ejecutivo se blinda al rodearse de un equipo de corruptos que, producto del dinero que generan para el jefe y para sí mismos, les rinden las mayores complacencias y va creando una red de lealtades que, llegado el momento, serán capaces de cualquier cosa, sobre todo cuando ven aumentar subrepticiamente sus cuentas en dólares y cuando se pierden de vista los linderos de sus propiedades. Se crea un entramado de aguantadores, de testaferros, de banqueros, políticos, policías, abogados y jueces corruptos y, cuando las cosas se salen de control, aparecen pranes y sicarios, los cuales se consiguen a tres por locha en cualquier mercado, al extremo que hay algunos que dicen que es más sencillo, cómodo y seguro matar a alguien que darle cuatro coñazos para que no obstaculicen. Estos crímenes nunca se castigan; al contrario se aúpan y promueven. En Guayana se recuerda mucho el caso de un Pdte de empresa básica quien contaba que fue llamado por su ministro jefe para reclamarle que estaba robando, pero que lo grave era que lo estaba haciendo para él solo. ¡Ave María!

Lo narrado sucede todos los días en cualquier cartera ministerial, en cualquier instituto autónomo, en cualquier dependencia de la alcaldía más paupérrima, en cualquier consejo comunal y hasta en cualquier jefatura de calle que reparta las bolsas Clap. Aquí nadie se salva (salvo muy contadas y honrosas excepciones, para no caer en el error de la generalización) de ser tentado por el cochino dinero o de venir desde el inicio con la intención de llenarse las alforjas con el dinero robado; como fue el caso de un empleado de poca monta de una gobernación quien al momento de llenar la Declaración de Bienes declaró que tenía 500 mautes, 600 millones de bolívares en cuentas corrientes prestadas, 16 casas y apartamentos, 8 vehículos último modelo y alguna que otra bagatela. Todo eso era mentira, pero cuando entregó el carguito y le hicieron la declaración de bienes de salida comprobaron …. que todo aquello era verdad y que incluso había perdido parte de su capital en el sacrificio de ofrecer sus servicios a la nación. Cosas veredes!

"La sociedad venezolana está llegando a un grado de corrupción que si no se hace algo urgente, es posible que esta vorágine de desvalorización del ser humano, transite hacia niveles de descomposición orgánica muy difíciles de contener". Eso escribí el 8 de Julio de 2016, mucho tiempo antes de producirse esta asquerosa carnicería que ayer no más narró con pelos y señales el Fiscal General en horas de mediodía…… o sea.



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Héctor Acosta Martínez

Profesor Universitario jubilado. Graduado en Historia. Especialista en Programación Neuro-Lingüística.

 elecoeco@gmail.com

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