Un prisionero encapuchado se equilibra sobre una caja mientras algunos cables mantienen sus brazos colgados. Un hombre desnudo se encoge aterrado mientras los soldados azuzan algunos perros que muestran sus presas. Un Corán es profanado. “Ofensivo”. “Irresponsable”, “Censurable”. “Infeliz y triste”. “Absurdo”. Mientras el mundo se prepara el próximo domingo para conmemorar el Día Internacional de Apoyo a las Víctimas de la Tortura, alguien podría suponer que estas palabras son usadas para calificar las terribles imágenes descritas más arriba. Pero no es así. En realidad, son palabras usadas por altos funcionarios norteamericanos en las últimas semanas en respuesta al Informe 2005 de Amnistía Internacional.
Esta reacción defensiva es la más reciente de una larga serie de intentos por parte del gobierno norteamericano de desviar y alejar la atención de las serias denuncias de abusos contra los derechos humanos cometidos contra presos mantenidos bajo custodia de Estados Unidos en Guantánamo, Bagram y otros lugares no revelados en todo el mundo. Washington dirigió su poder contra Amnistía por utilizar una palabra: “GULAG”. A.I no dijo en momento alguno que el grado de abusos cometidos en Guantánamo sea equivalente al de los gulags soviéticos. Al hablar de Guantánamo como “el Gulag de nuestra época”, estábamos diciendo que, para muchas personas de todo el planeta, el centro de detención de Guantánamo se convirtió en un símbolo de abusos contra los derechos humanos de nuestra era, así como los gulags lo fueron en la época stalinista.
En los últimos tres años y medio, Amnistía elaboró varios informes detallados sobre las políticas y prácticas que afectan los derechos humanos empleadas por Estados Unidos en el contexto de la guerra “contra el terror”. El más reciente, con 164 páginas de datos, testimonios y análisis, fue divulgado sólo algunas semanas antes de la presentación del Informe 2005. Otro, publicado en Octubre de 2004, tenía más de 200 páginas. El gobierno Bush no respondió a ninguno de los dos. La indignación manifestada por funcionarios norteamericanos, incluyendo el presidente, su vice y el secretario de Defensa, ante la condena hecha por Amnistía de esas prácticas no es sólo una mera hipocresía, pero también una táctica de distracción para alejar la atención de algunas verdades duras.
Vamos ahora al fondo de la cuestión. El presidente Bush, en su declaración de 31 de Mayo pasado, acusó a A.I de basar su información en opiniones de «personas que estuvieron detenidas, personas que odian América». Si hubiera leído nuestro informes, sabría que las pruebas cada vez más abundantes de torturas y otros tratamientos crueles, inhumanos o degradantes contra presos en Irak, Afganistán, Guantánamo y lugares secretos en el resto del mundo no proceden sólo de los detenidos, pero también de investigaciones oficiales norteamericanas y de declaraciones de personal militar de Estados Unidos, de agentes de la Oficina Federal de Investigación (FBI) y del Comité Internacional de la Cruz Roja. Este amplio conjunto de pruebas no puede ser despreciado como siendo producto de “antiamericanismo”.
Como el gobierno norteamericano sabe muy bien, Guantánamo es sólo la punta del iceberg. En todo el mundo, se cree que miles de presos permanecen en detención secreta, indefinida, incomunicados sin que sean juzgados. Algunos murieron en circunstancias que sugieren que fueron torturados hasta a la muerte mientras estaban bajo custodia de Estados Unidos. Otros, al parecer, permanecen detenidos en mano de otros gobiernos con pésimos historiales de derechos humanos a instancias de Estados Unidos, o con su conocimiento. “Entrega extraordinaria”; este es el término legal acuñado para disfrazar la subcontratación de la tortura. Lo que significa que, en la práctica, la entrega para interrogatorio de supuestos terroristas a países que, se sabe, practican la tortura.
Estas acciones no son malas por sí sólo, pero a través de ellas Estados Unidos transmiten el mensaje de que aprueban la tortura y los malos tratos y que están dispuestos a ignorar prácticas represivas cuando les conviene. No es correcto decir que las denuncias de abusos cometidos por personal norteamericano son investigadas de forma exhaustiva y transparente, como afirmó el presidente Bush. Porque aunque sea correcto que, desde que salió a la luz el escándalo de las torturas de Abu Ghraib, algunas agencias gubernamentales norteamericanas analizaron las políticas y prácticas de detención e interrogatorio, ninguna de las investigaciones hechas hasta esta fecha fue ampliamente independiente, ninguna tuvo un mandato suficientemente amplio para examinar los actos de todos los agentes gubernamentales, y la mayoría de las conclusiones fue declarada confidencial.
Ciertas prácticas aún permanecen envueltas en secreto, con la supuesta implicación de la CIA en detenciones secretas y entregas de presos a países con historiales de tortura. Hasta ahora ningún alto funcionario del gobierno norteamericano fue llamado a rendir cuentas, y no se ha procesado a ningún agente de Estados Unidos en virtud de la Ley contra la Tortura o de la Ley de Crímenes de Guerra, a pesar de las numerosas muertes de presos bajo custodia norteamericana en Afganistán y en Irak. El gobierno de Bush debe dejar de atacar el mensajero y comenzar por abordar el mensaje, algo muy simple. Cerrar el campo de detención de Guantánamo y acusar los detenidos con base en leyes norteamericanas ante tribunales, o, de lo contrario, liberarlos.
Revelar donde están los demás y realizar una investigación independiente y exhaustiva sobre las políticas y prácticas de detención e interrogatorio utilizadas por Estados Unidos, incluyendo tortura y malos‑tratos. Estados Unidos pueden ser una poderosa fuerza para implantar el respeto por los derechos humanos en todo el mundo. Sin embargo, hasta que el no comience a respetar los derechos humanos y el Estado de derecho, su gobierno se verá privado de toda moral para criticar a otros.
* Irene Khan es Secretaria General de Amnistía Internacional.