Caracas, 05 Mar. ABN.- Puede ser objeto del deseo, una femme fatale, profesional, romper esquemas sociales, ser seducida, madre, vengativa, involucrarse en luchas armadas, enamorarse, ser artista o intelectual.
En el cine de todo el mundo, se ha visto a la mujer desempeñando todos esos roles, algunos muy estereotipados y otros muy reales, fruto de la evolución que ha vivido el género femenino a lo largo del tiempo y de la visibilidad que ha logrado a través de las artes.
“En el mundo se ha desarrollado una sociedad con una marca patriarcal, que ha sido el sello de las actitudes, ideologías y paradigmas... Esto comporta una visión tanto del hombre como de la mujer, y una visión de los géneros. La visión del hombre ha sido preponderante, influyente. A través de la visión masculina se ha intentado forjar una sociedad”.
Así lo considera Oscar Rodríguez, docente del Centro de Experimentación para el Aprendizaje Permanente (Cepap) de la Universidad Simón Rodríguez, quien trabaja en la iniciativa de establecer una Maestría de comunicación sobre el análisis de las pantallas masivas, entre ellas el cine.
En ese sentido, uno de los aspectos que investiga es la ubicación y visualización de la mujer en el arte cinematográfico, tanto en Venezuela como en el mundo. Y ese estudio parte de los estereotipos que ha arrastrado la mujer desde siempre en la sociedad.
Por ejemplo, señala Rodríguez, en Oriente se plantea el desarrollo de la feminidad sobre las características del arraigo, mientras que la masculinidad es sinónimo de expansividad.
Esa expansividad fuerte, dominante, impositiva y arrasadora, impuesta sobre el arraigo, es lo que se ha visto en todas las artes, destaca, y por ende en la literatura, de donde parten las historias para el cine.
Al comienzo de la industria cinematográfica (principios del siglo XX), explica Rodríguez, la mujer es retratada en la gran pantalla tal cual como en la literatura dominante: en base al patriarcado, una conducta machista que impone caracteres y órdenes sociales.
La mujer pasó muchos rollos de película siendo pasiva, elemento decorativo o extremadamente estereotipada: sufrida o mujer objeto, como en las películas de Rodolfo Valentino o más adelante los westerns, uno de los géneros cinematográficos más populares de Estados Unidos.
También está el protagonismo perverso, como en la película alemana El ángel azul (1930), protagonizada por Marlene Dietrich, en el papel de una cabaretera que embelesa y seduce a un respetable profesor. O el glamour, esa exacerbación de la superficialidad de lo físico, como en el caso de Marilyn Monroe.
Recuerda el profesor Rodríguez, que la mujer era censurada en sus sentimientos.
“El patriarcado reprime, la mujer no podía sentir, expresar sentimientos que tuvieran que ver con su protagonismo, sino con su pasividad. Entonces lloraba, era objeto de golpes, empujones; y cuando era acariciada, ella se entregaba, no tenía dominio”.
Pero poco a poco, dice Rodríguez, se fueron visibilizando otras historias, como la de Juana de Arco, por ejemplo. Y ya en los años sesenta la mujer es vista de otra manera en el cine, con un protagonismo interesante que comienza a visualizarse en luchas sociales y/o cotidianas.
“Es un hecho contracultural, la mujer se visibiliza y eso se refleja en las artes”.
Asimismo, agrega, están los personajes como Barbarella, una heroína con gran carga sexual, o películas como la francesa Y Dios creó a la mujer, protagonizada por el símbolo erótico Brigitte Bardot, donde se plantea la liberación sexual.
Para Rodríguez, lo masculino y femenino no es que se complementen, sino que están en cada uno de los géneros. “El hombre tiene su arraigo y la mujer su expansividad”.
En cuanto a cómo se ha visualizado a la mujer en el cine latinoamericano, es necesario remitirse a la industria mexicana, asegura, pionera en la región. Allí están el charro, el mero macho; y el mismo estereotipo de la mujer pasiva y/o fatal.
Entre los personajes inolvidables, está María Félix, quien asume la expansividad teniendo varios hombres a sus pies, siendo deseada, intocable; y también la imagen de la mujer sufrida, como en películas de Pedro Infante.
El cine mexicano, señala Rodríguez, tiene una influencia muy poderosa en lo que fueron los inicios del cine venezolano, aunque los personajes femeninos locales eran representados de manera mucho más ingenua.
Uno de esos ejemplos es La balandra Isabel llegó esta tarde, un melodrama erótico sobre un capitán de mar casado y su pasión por Esperanza, una mujer del puerto de La Guaira.
“La imagen de la mujer es como de santidad... Los estereotipos que se desarrollan en Venezuela son muy ingenuos, no tienen esa dureza que tuvieron en el cine mexicano. En ese sentido tenía muchas deficiencias argumentales”, asegura.
Sin embargo, con el correr de los años y el llamado boom del cine venezolano en los años setenta, la mujer comienza a ser expuesta de forma más realista.
Entre las películas más exitosas y reflejo de esto, se encuentra Macu, la mujer del policía (de Solveig Hoogestejin).
Casada a los once años con un policía veinte años mayor que ella, a los catorce Macu es madre de dos niños y se enamora de un joven de su generación, descubriendo la vida de una chica de su edad: encuentros amorosos, flirteos, discotecas. Pero el joven rival del policía un día desaparece y Macu no está convencida de la inocencia de su marido.
Películas como Oriana, de Fina Torres, muestran a una protagonista castigada por la represión del machismo autoritario.
Mientras tanto, destaca Rodríguez, vemos a una mujer luchadora en País portátil, de Ivan Feo y Antonio Llerandi (1978), quien lucha junto al protagonista codo a codo y contribuye a abrirle los ojos sobre muchos aspectos como el sexo y la política.
“Tiene un rol protagónico, no tiene hijos, es una mujer entregada a la lucha. Es una reivindicación extraordinaria la que se hace a la mujer en País portátil”.
Otra gran figuración de la mujer en el cine venezolano, considera, es la película de Román Chalbaud, El pez que fuma, donde el personaje de La Garza, que es la prostituta, personifica cómo ha sufrido Venezuela: explotada, subyugada y utilizada por los poderes. O Disparen a matar (de Carlos Azpúrua), en la que a una madre abnegada le matan al hijo y luego se incorpora a la lucha.
Otro de los filmes que destaca el profesor, es De cómo Anita Camacho quiso levantarse a Marino Méndez, una comedia que trata de una muchacha de provincia que viene a trabajar a Caracas de doméstica y cómo se enfrenta a ese mundo.
Entre las películas más recientes, selecciona a Libertador Morales, el justiciero (de Efterpi Charalambidis, 2009), por mostrar a una mujer cotidiana, que trabaja, tiene un hijo pero está sola. Y a su vez a un motorizado que la enamora, es correcto, viudo y cría a su hijo.
“Hay que tratar de salir de los estereotipos, la víctima... Reivindicar a la mujer de la lucha de todos los días, que también se emparenta con la mujer de la lucha en los momentos cruciales”, dice Rodríguez.