No habían transcurrido cinco minutos del inicio de la travesía, anunciada como un largo viaje de doce horas bordeando caños y desafiando la corriente de nuestro río padre, cuando el presagio de algo extraño invadió el primer nivel de la rústica nave: un hilo de agua que en segundos se convertiría en torrente, penetraba todos los compartimientos de aquel frágil barco, desde el cual aún se divisaba el muelle de donde habíamos partido momentos antes bajo una pertinaz lluvia.
“Eso es normal”, nos decían con expresión de indiferencia los guardias asignados para acompañarnos… “eso es normal”, aseguraban.
La
masacre del Orinoco dejó 18 fallecidos, 11 de las víctimas eran del
Grupo Madera, 2 jóvenes de Amazonas Edgar Travanca y Ismael Vera, 2 de
Barquisimeto, 1 del Grupo Chichón de la Universidad Central de
Venezuela, 1 Marinero de la Armada y 1 acampante
Las crónicas del día siguiente dejaban para la historia el registro de un hecho, que por su magnitud y significación, quedaría bautizado como “La tragedia del Orinoco”, fatídico evento en el cual, en circunstancias que nunca fueron esclarecidas, perdieron la vida 19 jóvenes venezolanos y venezolanas.
Como sobreviviente de este ¿accidente?, tengo el conocimiento de los hechos para hablar sobre las sospechosas “coincidencias” que rodearon la zozobra de esta embarcación y, sobretodo, de las acciones y omisiones posteriores a su hundimiento.
1. Quienes íbamos en la falka “Esther” éramos artistas y promotores culturales comprometidos con la defensa y rescate de los valores ancestrales de nuestras etnias indígenas.
2. Las actividades, talleres y espectáculos que compartiríamos con los habitantes de San Fernando de Atabapo (adultos, jóvenes, niños y niñas) eran las mismas que en viajes anteriores habíamos presentado y que formaban parte de programas de reivindicación de nuestros pueblos originarios y su resistencia cultural.
3. Para esos años, toda esa inmensa región era espacio colonizado religiosa, cultural y económicamente por “Las Nuevas Tribus”, secta evangélica devenida en un suprapoder de la región, protegida y apoyada por los gobiernos punto-fijistas, en particular por el Presidente de ese entonces, Luís Herrera Campins.
4. Al momento de declararse la emergencia en la embarcación, sin que nadie de la tripulación diera voz de alarma o instrucciones de salvamento, los guardias nacionales que nos “escoltaban” durante el viaje, saltaron al agua y nos dejaron a merced de nuestra suerte.
5. En la falka no había salvavidas.
6. La Fundación del Niño, propietaria del barco, no se responsabilizó y su Presidenta, la Primera Dama de la República, Bety Urdaneta de Herrera Campins, guardó el más absoluto silencio.
7. El Consejo Nacional de la Cultura, institución organizadora del viaje, escurrió el bulto. Su Presidente, José Luís Alvarenga, se hizo el loco.
8. El Ministerio de la Juventud y su titular, Charles Brewer Carías, nos echó la culpa a los sobrevivientes “por habernos montado en un barco que no reunía las condiciones para una travesía de esa naturaleza”.
9. La Guardia Nacional trasladó de inmediato al capitán de la falka y “desapareció” a los guardias que nos “escoltaban”.
10. Horas después del hundimiento (esto lo ví con mis propios ojos) una lancha de la Gobernación “regó” en el Orinoco los salvavidas que nunca encontramos a bordo.
11. Cuando le declaré a la prensa todos estos hechos, el Ministro de la Juventud ordenó mi detención “por estar alterando el orden público”.
12. La mayoría de los medios silenció estas denuncias, uno de los pocos periodistas que las difundió fue Alexis Rosas.
13. A la semana de la tragedia nos citaron a declarar, no como testigos y sobrevivientes, sino como sospechosos de “negligencia”, por habernos embarcado en una nave que en fechas anteriores había estado a punto de naufragar.
14. Ninguna embarcación oficial fue a nuestro rescate, aún estando visibles y cercanos. De no haber sido por los indígenas que se lanzaron al río con sus canoas, nadie habría sobrevivido.
15. Los tribunales de la Cuarta República jamás encontraron culpables. El expediente se cerró.
Por eso, digo, La “Tragedia del Orinoco” no fue un accidente, fue un atentado que lleva el sello de la negligencia, la indiferencia y los tentáculos imperiales.