Sesenta novelas de una línea

No nos enamoramos el uno de la otra: son nuestra muerte y su muerte las que se apasionan la una de la otra.

Se vuelve ermitaño para que la amplificación de la soledad le tenga todo más presente.

Biografía de la descomposición de un cadáver hasta la desaparición de toda huella.

Una biografía que reseña sólo los instantes vacuos e insignificantes.

Gran teatro para cadáveres momificados flexiblemente de manera que máquinas puedan eternamente instilarles los movimientos las rutinas los gestos de la vida.

Se destilan las drogas que sólo producen amarguras para adictos al sufrimiento.

Si el código genético se es- cribe con cuatro letras, sobran veintitantas del alfabeto.

El terrible planeta donde para engendrar, dos amantes se funden en un solo ser y así sucesivamente hasta que todo el amor se resume en un único ser solitario.

En el primer poema dice to- do lo que tenía que decir y desde entonces se encuentra condenado a la redundancia.

Porque el tiempo es dinero los pobres empiezan a vender todo el tiempo de sus vidas hasta que la humanidad se divide en millonarios muertos y pordioseros inmortales.

Al saber que su cuerpo no es más que polvo de estrellas se enciende en luz y alumbra la noche de haber existido sin saberlo.

El asesino que mata al azar por piedad para ahorrar la posibilidad de largas agonías.

La moneda maldita que circula hasta comprar todas las conciencias.

Los seres no somos los hombres, sino los días que amanecen, maduran, se apagan.

Para complacer a la esposa más querida manda a construir el más bello mausoleo del mundo y para complacer al mausoleo mata a la esposa más querida.

En el fuego viven por fin verdaderamente las cosas que consume.

Decaemos hasta ser la ba- sura de nosotros mismos.

Un programa maligno cierra por siempre todas las puertas y ventanas y quedamos todos prisioneros.

Para enloquecernos el gran dictador ordena convertir toda la arquitectura en pasillos que no llevan a ninguna parte.

Cada vez que cae una estrella fugaz asciende un hombre meteorito hasta los cielos.

Crecen para averiguar có- mo se está allá arriba las montañas y se desploman desilusionadas de que no pase nada.

Entra el sol en la fase rayos X y sólo miramos radiografías.

En alguno de los cristales de nieve que cae está el premio gordo de la inmortalidad.

La idea que empezó a aso- ciarse con todas las ideas y produjo el paralizante empatamiento de la totalidad.

Un cañón que dispara carne de cañón contra soldados de plomo.

La verdadera novela está en los números pero nadie sabe leerla.

El plomo de los soldaditos es el mismo de la bala que los despedaza.

Logra en toda su vida no repetir ningún acto.

Al fin se produce el gran cañón para disparar la Tierra contra el planeta enemigo.

El terror proviene de todas las neuronas presas en la gran celda del cerebro.

Sólo queda prisionera el alma de los fotografiados en un circuito circular que repite por siempre el mismo movimiento.

Las sombras sublevadas nos abandonan y suman el gran ejército que nos aniquilará de noche.

Forma celeste en consecutiva elusión de lo que la antecede.

Los objetos son los gestos petrificados.

La tierra alcanza la madurez y se queda irreparablemente calva.

Al final sólo hay en la Tierra camarógrafos fotografiándose unos a otros.

Se pone de moda el modisto que diseña sólo para seres horribles.

El jinete penitente que sólo se foetea a sí mismo.

La transnacional logra establecer copyright sobre las letras del alfabeto.

Resultó por fin cierto que las cámaras fotográficas nos roban el alma y por eso a partir de las mil fotografías todos son desalmados.

No hay mejor relato breve que el de la mariposa que ya al batir las alas muere.

Al fin los hombres son creados artificialmente y al fin se decide que basta con escribir sus códigos genéticos sin necesidad de hacerlos nacer.

Adivina a qué hora empezará el ciclo previsto por Platón en el cual todas las cosas empiezan a suceder de nuevo pero al revés hasta su origen.

Poco a poco se va creando un universo en el que basta con las apariencias.

Mientras, se engendra otro universo de realidades pero sin apariencias que y por tanto imposible de ser percibido.

En el confesionario confiesa el peor pecado que es no tener nada que confesar.

El horror del recuerdo em- pieza cuando cada átomo de su cuerpo rememora dónde ha estado por toda la eternidad.

Al final se sabe que la Tierra es el bote en el cual todos los náufragos debemos devorarnos unos a otros hasta que el último perezca de hambre.

Siempre se teme que alguien invente el aforismo que hace redundante al universo.

Se descubre que existe una sola enfermedad, la hipocondría realista que finge hasta hacer verdaderos todos los males.

Uno tras otro llegamos a la indiferencia total que llaman muerte.

El muerto arroja en el velo- rio la corona que señala el próximo al cual le toca.

Cada mañana nos vuelven a dibujar con mayor detalle y así van surgiendo las arrugas.

Las máquinas automáticas sustituyen al último trabajador y morimos todos desempleados.

Adviene la dictadura hollywoodense en la cual todos somos actores que de nacimiento a muerte representamos el guión dictado por la productora.

La noche mil y dos Scheherazade dice al príncipe: los mil y un cuentos que escuchaste ahora te toca vivirlos.

Descubre que todas las pa- labras de estos cuentos y todas las palabras del mundo integran una sola historia y reconstruyéndola enloquece.

Tras escribir el relato más breve del mundo escribe la novela más interminable de la eternidad.

El narrador te estafa dándote mil y un novelas de una línea de las cuales recordarás dos o tres y el Creador confiriéndote una vida de la cual es memorable un solo instante.

En el último instante ve pa- sar su vida entera ante los ojos hasta el último instante en que ve pasar la vida entera ante sus ojos y así sucesivamente.

luisbritto@cantv.net

http://luisbrittogarcia.blogspot.com Versión en francés: http://luisbrittogarcia-fr.blogspot.com



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Luis Britto García

Escritor, historiador, ensayista y dramaturgo. http://luisbrittogarcia.blogspot.com

 brittoluis@gmail.com

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