La verdad sobre James Carter

Las dos caras del poder imperial incluyen la intervención militar con puño de hierro y "la persuasión sutil" de los fraudes electorales, la diplomacia intimidatoria y el chantaje democrático. James Carter es el amigo americano al estilo Graham Greene, que legitima los fraudes en la votación, bendice procesos electorales corruptos, certifica gobernantes asesinos e impulsa elecciones en países donde a la oposición la patrocinan fundaciones estatales y semi-públicas estadunidenses, mientras el régimen progresista sufre repetidas perturbaciones en su economía. Carter tiene también la cara dura de promover conflictos sangrientos a cargo de fanáticos de derecha y de impulsar coaliciones militares dirigidas por Estados Unidos para salvar de la revolución popular a los estados reaccionarios.

Tras su fachada sencilla y humanitaria, tiene un método seguro para revertir regímenes progresistas y minar a los insurgentes demócratas. Carter y el equipo de su centro sondean y localizan las debilidades de los demócratas inseguros, particularmente aquellos amenazados por oponentes que cuentan con el respaldo de Estados Unidos. Son entonces vulnerables al llamado de Carter: ser "pragmáticos" y "realistas". Es callado maestro en mezclar una retórica de-mocrática con la vil manipulación de demócratas susceptibles que lo suponen afín a su visión de la democracia. Los medios masivos internacionales difunden sus viajes a países en conflicto, hacen el recuento de sus cruzadas en pos de "derechos humanos" chafas y logran que parezca democrático.

En los hechos, sus frecuentes intervenciones políticas las dedica a sostener dictadores, legitimar elecciones fraudulentas y meter presión a los candidatos democráticos populares para que capitulen ante sus oponentes, ellos sí con respaldo de Estados Unidos. Por más de un cuarto de siglo, Carter ha trabajado, deliberada y sistemáticamente, minando regímenes y candidatos progresistas con tal de promover oponentes pro imperialistas.

Hoy, en Venezuela, ante un referendo de dudosa validez, una vez más asume la pose de "monitor neutral". En realidad, trabaja con la oposición a Chávez para primero legitimar el referendo y luego abrirle espacios si resulta favorable, sin mencionar en lo absoluto el masivo financiamiento estadunidense de la oposición. Tales actividades serían felonía en su propio país, Estados Unidos. Con cinismo pide que los histéricos medios masivos contrarios a Chávez "informen con justicia", sabiendo muy bien que con un guiño suyo darán rienda suelta sólo a la cobertura favorable a la oposición, mientras desinforman negativamente en lo tocante a Chávez. A cambio, logra que el presidente venezolano prometa evitar la difusión en cadena nacional.

Carter se rehúsa a reconocer que el campo de juego electoral no es parejo y, sin embargo, con el pretexto de la "prensa libre", defiende el derecho de los oligarcas de los medios de comunicación a vociferar sus venenosas mentiras, negándole al electorado el derecho a escuchar a ambas partes. Se niega a reconocer los efectos intimidatorios de las maniobras militares estadunidenses en el Caribe, las beligerantes afirmaciones contra Chávez del subsecretario de Estado para asuntos latinoamericanos, Noriega, y la hiperactividad del embajador Shapiro en apoyo de las fuerzas opositoras. Por encima de todo, ignora las conspiraciones, las prácticas fraudulentas y las actividades paramilitares que conducen al referendo y lo trascienden.

Al situar el foco en que el gobierno cumpla con los procedimientos electorales mientras se ignora tan perjudicial contexto para una votación, Carter cumple su papel de "hombre que fragua" la victoria electoral de la oposición o, en caso de una derrota, el pretexto poselectoral para un golpe de Estado violento. La historia del ex presidente estadunidense nos proporciona un contexto extremadamente útil para sustanciar estas observaciones, estas afirmaciones.

República Dominicana, 1990: avala una elección robada

En 1993, pasé varias horas entrevistando a Juan Bosch, el líder político más notoriamente democrático de República Dominicana. Me contó que al finalizar las elecciones presidenciales de 1990, que ganó legalmente, su contrincante, el derechista Juan Balaguer, conocido pro estadunidense, incurrió en un masivo robo de urnas. James Carter encabezó la misión de "monitoreo" de la elección. Bosch le entregó una enorme cantidad de testimonios, documentación probatoria y fotografías de los simpatizantes de Balaguer tirando boletas al río. Reconoció la corrupción y el fraude, pero conminó a Bosch a que aceptara los resultados "con tal de evitar una guerra civil". Bosch lo acusó de encubrimiento en favor de un cliente estadunidense. Encabezó una marcha de protesta de 500 mil manifestantes. Carter certificó que el triunfo de Balaguer era producto de "elecciones libres" y se fue. Balaguer emprendió la represión, el pillaje y la privatización de los servicios básicos.

Haití, primera parte: el chantajista sonriente

En 1990, Jean Bertrand Aristide, anteriormente sacerdote, muy popular, encabezaba las encuestas con 70 por ciento de las preferencias contra el ex funcionario del Banco Mundial Marc Bazin, candidato favorito de Estados Unidos, quien contaba con sólo 15 por ciento de respaldo popular. Carter, con su estilo propio de monitorear neutralmente las elecciones, se reunió con Aristide y le exigió retirarse de la campaña para evitar un "baño de sangre". Hizo cuanto estaba a su alcance por amedrentar a Aristide y negarle al pueblo el derecho de elegir a su presidente. Por sus contactos con Bush (el padre), Carter debía saber de antemano que Washington tenía toda la intención de evitar que Haití emprendiera un camino independiente.

Ocho meses después de que Aristide accediera a la presidencia, ocurrió un golpe de Estado, con respaldo estadunidense. Aristide fue derrocado y subió al poder el candidato preferido de Carter, Marc Bazin, con apoyo de un grupo paramilitar terrorista, que instauraron un "baño de sangre" y asesinaron a más de 4 mil haitianos. Carter y Bush trabajaron en tándem: al fallar el primero, actuó el segundo.

Haití, segunda parte: el general Cedras, profesor de escuela dominical, 1991-1994

Con Aristide fuera de combate, el régimen que apoyaba Estados Unidos emprendió la masacre de miles de simpatizantes del presidente electo. El miembro clave de la junta de gobierno era el general Cedras. Miles de haitianos huían de su régimen brutal rumbo a Florida, pero Carter habló en favor del sanguinario diciendo: "Creo y confío en el general Cedras". Incluso se puso emotivo: "Pienso que sería un valioso profesor de escuela dominical". Después, cuando el desprestigiado dictador se fue al exilio, habiendo vaciado las arcas del tesoro, Carter certificó su respetabilidad.

El presidente Clinton convocó una reunión con Aristide en Washington. Un funcionario auxiliar del Congreso que acudió a la junta me contó que el asistente de Clinton le entregó a Aristide un programa neoliberal y una lista de miembros del gabinete, diciéndole que su retorno a Haití dependía de que aceptara los dictados de Washington. Después de muchas horas de presión sicológica, amenazas y discusiones, Aristide capituló. Clinton le permitió regresar. Carter dio la bienvenida al retorno de la "democracia".

Diez años después, cuando Aristide se negó a cumplir el mandato de privatizar los servicios públicos y romper relaciones con Cuba, Estados Unidos patrocinó un ataque paramilitar, seguido de una invasión estadunidense. Aristide, el presidente electo, fue secuestrado por las fuerzas invasoras y trasladado virtualmente con los ojos cerrados a la República Centroafricana. Carter no protestó por la flagrante intervención estadunidense pero cuestionó la elección de Aristide. Las críticas expresadas por Carter, cuando Aristide estaba preso en Africa, le dieron el espaldarazo de legitimación al secuestro, invasión, ocupación y establecimiento de un régimen títere y asesino. La intervención estadunidense en Haití fue considerada en Washington como "ensayo con vestuario" para una invasión de Venezuela.

Nicaragua 1979, primera parte: Carter y Somoza

En junio de 1978, el presidente Carter envió una carta privada al dictador nicaragüense Anastasio Somoza alabando sus "iniciativas de derechos humanos", mientras en público lo criticaba acremente. Carter había hecho de "los derechos humanos" pieza central de su propaganda intervencionista. Esta política de dos caras ocurría durante uno de los más sangrientos periodos de la dictadura, mientras Somoza bombardeaba las ciudades simpatizantes de la revolución. La retórica de Carter en favor de los derechos humanos era para el consumo público. En privado, le daba confianza y alas al dictador para que continuara su política de tierra arrasada.

Nicaragua, 1979, segunda parte: en mayo, propone una intervención

En junio de 1993, el ministro de Relaciones Exteriores en el gobierno del difunto presidente panameño Omar Torrijos me contó la reunión regional más breve del presidente Carter. Esta ocurrió en mayo de 1979, menos de dos meses antes del derrocamiento de Somoza. Carter convino una junta de ministros de Relaciones Exteriores de varios países latinoamericanos opuestos a la dictadura de Somoza. Entró y de inmediato propuso una "fuerza de paz interamericana", tropas estadunidenses y latinoamericanas que invadieran Nicaragua para "dar fin al conflicto" y apoyar una coalición diversa. El propósito, según este ministro panameño presente, era evitar una victoria sandinista, mantener la Guardia Nacional somocista y remplazar a Somoza con una junta civil conservadora. La propuesta de Carter recibió el rechazo unánime de todos los presentes que la calificaron de intervención estadunidense injustificada. Enfadado, puso fin a la reunión de modo abrupto. Su intento de hacer tropezar una revolución popular para preservar el Estado somocista y la dominación estadunidense contradijo sus pretensiones de ser un presidente en favor de "los derechos humanos".

Venezuela 2002-2004: el factor Carter

Nunca antes ni en sitio alguno Carter ha representado mayor amenaza para las libertades democráticas y la independencia na-cional como ahora en Venezuela. Con su firme respaldo de una oposición propensa a la violencia, ha intervenido con frecuencia en la política venezolana, mientras se promueve como mediador neutral. Paso a paso, legitima una oposición inmiscuida en golpes, levantamientos, grupos paramilitares y cierres patronales que devastan la economía. Convenció al presidente Chávez de "reconciliarse" con los líderes de la elite y con quienes promovieron el golpe violento que derrocó momentáneamente al gobierno electo. Continuamente presiona al presidente a que negocie y "comparta el poder" con la oposición aun después de ganar seis elecciones nacionales. Carter se rehusó a reconocer las victorias electorales y el mandato constitucional de Chávez, y en cambio apoyó la exigencia de la oposición de que hubiera nuevas elecciones no programadas y promovió el referendo. Avaló los resultados de la votación tendiente a impulsar el referendo, aunque ocurrieran burdas violaciones electorales. Luego ejerció presión en el Consejo Nacional Electoral para acelerar el escrutinio de los votos. Nunca reconoció las cientos de miles de instancias de fraude en el voto ni las credenciales falsificadas. Actuó como amigo americano. El historial es abundante y claro: no es confiable como "observador neutral". Ha sido un promotor clandestino de los intereses imperiales estadunidenses, y no es sólo un "observador" sino socio activo e insidioso de los clientes de Estados Unidos. Continúa en su defensa, y promueve cualquier régimen u oposición, cualquier dictador o coordinador que puedan derrotar a movimientos populares o gobiernos progresistas.

¡Carter no es un demócrata! Es el secuaz perenne del imperio estadunidense. Es especialmente peligroso conforme se acerca el nuevo referendo venezolano.Estados Unidos proporciona ilegalmente millones de dólares a la oposición mediante la National Endowment for Democracy y otras fundaciones. Y el Instituto Carter estará ahí para legitimar el fraude y el engaño. Sabe muy bien cómo tomar ventaja de algunos políticos oportunistas que rodean a Chávez y son propensos a hacer concesiones para asegurar la "legitimidad democrática" con la presencia de un enviado del imperio. Carter embona en una estrategia más amplia de golpes de Estado y cierres patronales de fábricas y violencia paramilitar, con respaldo estadunidense, en apoyo de las amenazas militares de Colombia. Nadie del régimen de Chávez que quiera un referendo honesto puede permitir que este hipócrita mojigato juegue algún papel en Venezuela.





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James Petras - La Jornada


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