El estadio que nos espera

Me mirarán como a Mafalda sus compañeritos de clase cuando dijo que en su casa no había TV. Lo admito: no me gusta el beisbol. Me tiene sin cuidado qué equipo ganó o perdió, cuántos jonrones bateó fulano o cuántos millones le pagan a tal o cual pelotero al que deciden “comprar” en el Norte. Y que me perdone Mercedes Chacín.

De chamo fui a partidos en el estadio de la UCV. Entonces pertenecía a la brigada juvenil de bomberos de la Plaza Venezuela, de donde los sábados en la nochecita salíamos en grupete hacia nuestras casas y se nos atravesaba la tentación de aprovechar el uniforme para entrar sin pagar a un juego de beisbol.

De aquellas incursiones, lo que más recuerdo es el dogout, con su piso bombardeado por escupitajos marrones y con unos tipos gigantescos vestidos de pelotero, mascando un chicle, tabaco o chimó que de vez en cuando disparaban sin fijarse mucho en el blanco de sus proyectiles líquidos. Por fortuna usábamos botas de cuero, tipo militar.

Después, ya adulto, volví a pisar un campo de beisbol gracias a mis sobrinos Alejandro y Juan Carlos, quienes, para orgullo de la familia prometen convertirse en los Galarraga del mañana. Más por razones familiares que deportivas, me emocioné con el sonido seco del bate al chocar contra la pelota y el grito multitudinario de “¡jonrón!”. También por razones familiares desde la infancia me declaro de los Leones del Caracas, lo que luego reforcé al comprobar que los magallaneros suelen ser muy fanfarrones con su “militancia” beisbolera. Aunque, a decir verdad, poco me importa que ganen estos o aquellos. Al fin y al cabo son empresas, marcas y circo, más que equipos deportivos.

Ayer Santiago, hoy Tegucigalpa

El piso manchado de aquel dogout me viene a la mente cuando leo la noticia de que cientos de partidarios del presidente Manuel Zelaya están siendo arrestados y trasladados por militares y policías hacia campos de beisbol en Tegucigalpa. La historia es caprichosa con los símbolos, que se repiten para mejor pedagogía: fue lo que hicieron los militares chilenos con los partidarios del presidente Salvador Allende, quienes fueron a parar por miles al Estadio Nacional de Santiago, durante el golpe de 1973.

Quizá para cuando aparezcan publicadas estas líneas la situación de Honduras haya tenido un desenlace, luego de la aparición del presidente Zelaya en la embajada de Brasil en Tegucigalpa, sorpresivo jonrón con bases llenas en un partido que parecía ganado por los golpistas. Ojalá ese desenlace sea un exitoso contragolpe, sin graves concesiones para la derecha, y que tampoco haya un saldo de muertes y desapariciones como las ordenadas por Pinochet para extirpar el legado de Allende.

Sea como sea, queda en pie la lección: la derecha no masca para aplicar la fuerza cuando dispone de ella, saltándose el Estado de Derecho y los DDHH que tanto proclama en otras circunstancias. Desde el poder puede ser benévola con sus enemigos, cuando éstos no están en condiciones o disposición de disputárselo con posibilidades de éxito. Cierta prensa está allí dispuesta a convalidar sus desmanes, como El Mercurio en el Santiago de 1973 y El Heraldo en la Tegucigalpa de 2009. La que no se presta para hacerlo será cerrada sin procedimiento legal de por medio ni solidaridad gremial o empresarial alguna, como Radio Magallanes, en Chile, y el canal 36 en Honduras.

Un heraldo deportivo

La versión de El Heraldo sobre la represión contra los manifestantes alrededor de la embajada de Brasil es de antología. El periódico hondureño llama “ex presidente” a Zelaya, lo cual no sorprende si hasta la usualmente ponderada BBC tilda de “presidente interino” al usurpador Micheletti. El diario la emprende deportivamente contra los manifestantes. Los señala de “violar el toque de queda”, les atribuye “actos vandálicos” y describe la arremetida de la policía y del Ejército frente a la sede diplomática como un simple “desalojo”, para luego, sin más remedio, redefinirlo como un “violento incidente” y mencionar la cifra de 83 heridos trasladados a un hospital, de los cuales, sin poder matizar la desproporción, añade: “entre ellos dos agentes policiales”.

“A raíz de los disturbios y por violar el estado de excepción, más de 200 detenidos reporta la Policía Nacional, los cuales están siendo trasladados al parque de pelota Lempira Reina, ubicado a un costado del Estadio Nacional, y el estadio Chochi Sosa de la Villa Olímpica”.

Un párrafo que eriza, no tanto por su pobre redacción como por sus implicaciones históricas. La misma información fue reportada por Telesur, citando como fuente a Rafael Alegría, dirigente popular hondureño, quien vía telefónica desde Tegucigalpa estimó en más de 300 personas las enviadas “pa’l estadio”.

El univesitario full

En Venezuela, una generación de periodistas deportivos cultiva una sinonimia extrema. Son cronistas a quienes al parecer les cuesta o parece inelegante llamar a las cosas por su nombre más común. Cierta vez uno de ellos, en lugar de mencionar al estadio de la UCV, lo llamó “el cemento de Los Chaguaramos”.

El esfuerzo de sus lectores para entender la metáfora fue colosal. El que exige la comprensión del cuadro político que viene pintándose en América Latina es mucho menor. La cosa está cada vez más clara. La derecha continental, apadrinada por el complejo militar industrial de EEUU, se muestra resuelta a detener el avance de las fuerzas de izquierda y revertirlo al costo que sea. La instalación de bases militares yanquis en Colombia y el comportamiento de los golpistas en Honduras son parte de la misma ofensiva. Un peligro que explica por qué Lula, usualmente moderado, y la muy conservadora cancillería brasileña, adoptaran un papel tan firme en esta crisis. ¿Obama? Un presidente que poco a poco va decolorándose (como piel de Michael Jackson), en cuyo gobierno los diplomáticos se distinguen por decir una cosa mientras los militares hacen otra.

Probablemente la imagen del “cemento de Los Chaguaramos” abarrotado de revolucionarios presos, como escenario probable, esté detrás del endurecimiento que el Gobierno y las instituciones venezolanas vienen mostrando en el plano interno frente a personajes y manifestaciones que cruzan la raya de la violencia.

Un endurecimiento que sólo cumplirá su objetivo si se lleva a cabo con respeto por los DDHH, sin concesiones al Goriletti que a veces, por confusión ideológica, herencia cultural o humana desesperación, se deja colar entre gente progresista.

Sobre el tema volveré, si acaso el juego no se suspende por guerra, perdón, por lluvia.

Taquitos

CONCIERTO. Me lo cuenta una persona de mi confianza: “Hace casi un año compramos dos entradas para un concierto de Aerosmith, el cual se iba a presentar en febrero. Fue suspendido y desde esa fecha la gente está intentando que le devuelvan el dinero. Supuestamente lo pospusieron para noviembre, pero en la página del grupo dice que fue suspendido. La entrada mínima es de Bs.F. 490. En nuestro caso son casi Bs.F. 1.000. Hace casi dos meses nos colocaron en una lista, ofrecen llamar para notificar la fecha del reintegro y no lo hacen. Luego de mucho insistir nos ofrecieron pagar para octubre, pues las devoluciones son programadas (¿?). Imagina cuánto gana la empresa con el dinero en los bancos durante un año. El Indepabis debería intervenir. La empresa es Solid Show. Basta ver los foros de internet para notar las quejas de gente, pues no atienden teléfono y no abren la puerta de la oficina”.


columnacontralacorriente@yahoo.es


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Ernesto Villegas Poljak

Periodista. Ministro del Poder Popular para la Comunicación e Información.

 @VillegasPoljakE

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