El regreso a la Guaca

Alrededor de entre 15 ó 20 horas se lleva ver la historia completa de “El regreso a la Guaca”, una serie de televisión producida por una empresa privada colombiana. Sin duda alguna, con una selección de excelentes actores y actrices. La trama se desarrolla que cualquier televidente de izquierda, si lo agarran desprevenido o desconoce por completo la realidad colombiana, termina aplaudiendo, por un lado, al Estado colombiano y, esencialmente, a su institución armada, es decir, el ejército y, por el otro, aborreciendo a la insurgencia. Por algo, el camarada Lenin tenía en alta estimaba al séptimo arte, al cine, donde veía la expresión más acabada, como reflejo de la realidad, del comunismo.

Me calé, durante horas de cuatro tardes y de cuatro noches la historia completa de “El regreso a la Guaca”, gracias a un campesino que se emociona viendo telenovelas que resuelvan sus contradicciones a plomo limpio entre los bandos que se disputan un objetivo específico. Quien comience a verla, desea concluirla lo más pronto posible, no sólo por la alta calidad de los actores y las actrices, sino por lo apasionante del drama, las vicisitudes de los soldados de la compañía destroyer, el humorismo colombiano, la aparente obediencia ciega al mando superior, la belleza de los paisajes, la pasión o el desprendimiento por el dinero, las tramas amorosas; en fin, lo emocionante de cada capítulo y la secuencia de uno con el otro y con los otros.

Antes o para escribir sobre “El regreso a la Guaca”, le solicité el favor a un camarada que se metiera en internet y grabara algún material que se ocupara del tema y me lo trajera. Así se hizo, el cual leí con mucho cuidado tratando de descubrir si existían demasiadas contradicciones entre lo escrito y la serie de televisión, lo cual cualquier lector se percata de ello. Alguien puede preguntar: ¿qué interés tiene ocuparse de escribir, ahora, sobre la Guaca o qué es la Guaca? Sin quitarle un ápice a su motivación, la serie televisiva contiene un elemento que es digno de escribirlo, analizarlo y, fundamentalmente, desmentirlo por farsante y mentiroso.

Uno de los escritos que trajo el camarada, entre otras cosas, dice: “C uentan los viejos que en noches sin luna y con un tanto de suerte, si se presta mucha atención y se es buen observador al indagar en la maraña del monte se pueden percibir claros o luces en medio de la maleza y es ahí el lugar para empezar a cavar -cuentan ellos- es ahí, donde se halla enterrada alguna guaca, tesoro, fortunita, que algún mal viviente por su desconfianza en los bancos prefirió enterrarla …”.

En Colombia hubo un famoso, sonado y triste caso conocido como “La Guaca”, donde se vieron involucrados tres oficiales, 15 suboficiales y 126 soldados que fueron sometidos a la justicia –jurídica- militar. Formaban parte de las compañías Demoledor y Buitre (nombres por sí mismo salvajes y crueles), es decir, la mitad del batallón móvil contraguerrillas número 50. Se encontraron en una maleza un entierro en las selvas del Caquetá un mes de abril de 2003. Se dice que ese dinero (cuarenta mil millones de pesos) había sido enterrado por las FARC. Lo cierto, es que cuenta la historia que siete (7) soldados, atravesando con éxito un campo minado descubrieron una Guaca. Eso hizo que unos militares se distribuyeran el dinero que pudieron mientras el resto fue incinerado para no dejar pista alguna y evitar el caso fuese descubierto por otros.

En el mes de mayo del mismo año el general Carlos Alberto Ospina hizo público el caso y se ordenó la detención de los implicados para ser sometidos a juicio militar. Los que se habían repartido la Guaca también decidieron no dar ninguna información del suceso a sus mandos superiores. En junio de 2006 se da inicio al juicio con la ausencia de noventa y dos (92) prófugos. En agosto de 2006 el juez Carlos Rayón declaró la culpabilidad del delito de “peculado” por apropiación “hurto” a tres oficiales, quince suboficiales y ciento veintiséis soldados. Las penas oscilaron entre tres y cuatro años de acuerdo al rango y la culpabilidad.

La justicia jurídica colombiana se encontró con un gran aprieto, porque no se podía establecer con exactitud de quién era ese dinero, lo cual no permitía determinar correctamente el delito de peculado, ya que éste es sólo aplicable cuando el Estado es el propietario de lo robado. La reducida opinión pública consciente de concepción del derecho burgués que juzgó, desde fuera el caso, consideró que realmente se trataba de un delito moral pero nunca de peculado. La mayoría de los especialistas de la materia catalogaron el juicio más como político que jurídico.

Pero tratemos de lo realmente bochornoso, lo grotescamente deformante, de lo premeditado en un laboratorio de elaboración de la mentira y el cinismo, que es reflejado en la serie de televisión. Toda la trama marcha emocionante hasta el momento en que interviene la parte insurgente, la guerrilla. Esta es presentada como grupo terrorista, como una legión de bandoleros, pero allí no estriba la esencia de la vulgaridad con que fue tratada por quienes orquestaron el guión televisivo. Escogieron, en primer lugar, un actor –para ser el comandante del Frente Guerrillero- con características horribles y tenebrosas desde el punto de vista físico, para lo cual utilizaron un maquillaje y una deformación en el rostro, colocándole un ojo como si fuera de un ave de rapiña; luego, le adaptaron un lenguaje chabacano, de muy bajo nivel de calaña como para demostrar que la guerrilla no posee ideología de ninguna especie, es ignorante y se limita exclusivamente al diccionario de la delincuencia; le inyectaron una forma de conducta de salvajismo extremo con una mentalidad donde únicamente existe el espíritu de asesino a mansalva, sin clemencia, sin que le importe un ápice sus propios camaradas en desgracia porque la única validez que tiene su lucha es el dinero. El guión de “El regreso a la Guaca”, de pronto, se transforma en una mediocridad bien ridícula cuando, por medio de un celular en medio de la selva del Caquetá que le fue decomisado al guerrillero que venía infiltrado en las filas del ejército, se comunica el comandante del Frente con el Teniente del ejército. El teniente pregunta al insurgente: ¿Con quién hablo?, y el guerrillero responde: ¿Con el comandante, alias Albino? La palabra alias jamás y nunca es pronunciada por el guerrillero ni en Colombia ni en ninguna otra región del mundo. Es utilizada por los organismos de inteligencia, por el ejército y hasta por los fiscales y jueces del régimen burgués para humillar o ultrajar a los insurgentes.

Pero la serie de televisión “El regreso a la Guaca”, en su deformación grotesca de la realidad objetiva o de la verdad, no se detiene allí, sino que traspasa una frontera de peor ridiculez, que sólo puede ser creíble por una persona que haya perdido completamente su facultad del sentido común. Un teniente y cinco soldados del ejército con un infiltrado detenido y amarrado, sin armas, logran avanzar por la selva, superar todos los escollos, burlar la vigilancia en la zona y llegar al campamento guerrillero donde desarman y someten a los guerrilleros y hasta liberan a unos retenidos. Ese cuento ni siquiera llega a la categoría de hadas infantiles. El guión no respeta a la audiencia, cree que ésta es de puro trapo sin cerebro, sin ninguna facultad de pensamiento. Sin embargo, nada desdice de la calidad de los actores y de las actrices.

Ojo: el mismo teniente (en estado crítico por la leucemia) y cinco soldados, luego de la heroica y sublime hazaña de derrotar a los guerrilleros sin tener armas de la guerra a la mano, van, igualmente con una pistola nada más, al rescate del dinero que se encontraba en una finca custodiada como por cincuenta hombres al servicio de un capo de la droga. Y logran el objetivo aprovechando que una comisión del ejército –avisada por el teniente- se estaba enfrentando a los paramilitares del narcotraficante. Es la demostración de los super-hombres, super-héroes, superiores al rambo gringo en una escala más avanzada que la de Milán. De esa manera, la Guaca –destapada por la creciente de un río- del capo de la droga Gonzalo Rodríguez Orihuela en la década de los ochenta quedó completamente opacada por la descubierta en el Caquetá por miembros del ejército colombiano. Sin embargo, una pregunta quedó latente en el aire y que jamás ha tenido respuesta: ¿qué hubiese pasado si esa Guaca hubiera sido descubierta por unos generales del ejército en compañía de algunos altos miembros del Tribunal o Corte Suprema de Justicia y del Congreso de la República? ¿Lo hubiesen reportado al Estado o se la hubieran tragado sus bolsillos para disfrute familiar? Dios, nada sabe ni puede decir algo al respecto. Lo que sí se podría decir con la mayor seguridad es que centenares de organizaciones revolucionarias en el mundo desearían descubrir, no una sino miles, Guacas para ser utilizadas en la lucha revolucionaria contra el capitalismo y por el socialismo.



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Freddy Yépez


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