La agricultura y los agricultores, (venezolanos, latinoamericanos y del sur del mundo en general), han venido siendo objeto en las últimas décadas de un sostenido proceso de agresión económica, ideológica y política por parte de los representantes del gran capital transnacional, cuya finalidad ha sido la de desmantelar el sector primario, (agricultura, ganadería y producción de alimentos), de nuestros países.
En el plano político, los movimientos campesinos fueron penetrados en sus bases por los partidos del estatus, fomentando liderazgos corruptos y traidores a las históricas reivindicaciones de los trabajadores del campo.
En el aspecto ideológico, desde principios de los años 80, el marco conceptual de la agricultura latinoamericana cambió drásticamente; expresiones como reforma agraria, cooperativismo, políticas redistributivas y sindicatos campesinos prácticamente desaparecieron de los discursos gubernamentales y académicos para ser suplantadas por términos tales como “modernización del campo”, “fuerzas del mercado”, “gerencia agropecuaria”, agricultura corporativa” y “estrategias de exportación” entre otras. Esto no hacía sino demostrar que la, para ese entonces, triunfante ofensiva neoliberal, pasaba a controlar los espacios del sector agropecuario nacional.
El modelo neoliberal impuso el retiro del Estado de la gestión productiva del campo y su sustitución por las grandes corporaciones agroalimentarias; en Venezuela esto se hizo evidente durante los segundos gobiernos de Carlos Andrés Pérez y Rafael Caldera con el nombramiento como ministros de agricultura y cría de representantes de los mayores consorcios agroalimentarios del país, tales como Jonathan Coles de Mavesa y Fanny Bello del grupo Polar.
La segunda oleada de la ofensiva neoliberal fue la de la “liberación comercial”, que se tradujo en una libre importación de productos agrícolas, esto es, una agricultura de puertos, perfectamente sincronizada con las políticas agrícolas de la Unión Europea y de los Estados Unidos que apuntaban a la expansión de su agroindustria hacia los países subdesarrollados.
Para las corporaciones agroalimentarias, plenamente instaladas en las altas esferas del gobierno nacional, los mecanismos de maximización de sus ganancias a costa de la depauperización del sector productivo nacional funcionaron con una diabólica eficiencia. Desde los ministerios de agricultura y cría y de fomento los consorcios agroindustriales impulsaban la importación, desde EEUU, de rubros agrícolas subsidiados en algunos casos hasta en un 60% de su valor, utilizando para su adquisición los créditos blandos que la banca norteamericana ofrece para adquirir cosechas de ese país a través de la “Commodity Credit Corporation”; al llegar a Venezuela, esos productos eran procesados y empacados y desde los mismos ministerios que los representantes de la agroindustria controlaban les eran asignados subsidios para, supuestamente, favorecer a las clases de menos recursos, pero que indefectiblemente, iban siempre a engrosar las arcas de estos consorcios.
Nuestro sector agropecuario no solo tenía que competir con agriculturas descomunalmente subsidiadas, (solo en EEUU se dedican mas de cien mil millones de dólares al año para ese sector), sino que debía enfrentar a los ataques que desde diversos medios de comunicación y desde algunos centros académicos (IESA), los portavoces del neoliberalismo en nuestro país le hacían. Estos voceros mantenían una sistemática campaña de descrédito de nuestra agricultura y ganadería, insistiendo en la tesis de que la producción nacional era irrelevante para el país por su ineficiencia, y que la importación de alimentos era preferible para así poder dedicarnos a las áreas donde teníamos “ventajas y fortalezas estratégicas”, aunque curiosamente, en estas últimas áreas (petróleo, gas, acero), los neoliberales criollos también pedían la privatización y la desregularización.
El actual gobierno constitucional de la República ha asumido como políticas de estado la defensa y promoción de los sectores productivos del campo venezolano, tal y como lo hacen los gobiernos de los países desarrollados a los que tanto admiran los tartufos neoliberales criollos. Soplan vientos de primavera en el campo venezolano, estamos sembrando, ¡pronto llegará la hora de cosechar¡.