La influencia de la influenza

Sea cierto o no lo grave que pintan la situación con la fiebre porcina, a mi más que la enfermedad lo que me preocupa es el “qué dirán” en caso de de contagiarme por el estornudo de un cochino. Aunque debo confesar que mi vida siempre ha sido marcada por una fiebre en la que curiosamente ha estado presente este pintoresco semoviente. Debo acotar que no hago referencia a los tiempos en que el juego de dominó controlaba mis instintos y andaba enfriebrado con esas piedras, misma época en que era continuamente humillado al quedarme con el doble seis entre las manos sin poderlo acostar, ya que para mi primo Alcidito José, “ahorcarle la cochina a Fredy” era para él una gracia como bien lo decía durante todo el combate.

Voy a comenzar relatando que cuando muchacho , allá en mi Tacarigua de Margarita, vivió un señor que nombrábamos Valentín el matapuercos, quien todos los sábados le daba su palo cochinero a un verraco y lo mandaba derechito al caldero para venderlo más tarde como chicharrón caliente entre los borrachos amanecidos, los conuqueros que pasaban aprovisionando sus petacas y alguna que otra señora que, para no tener que freír huevos, ese día arreglaba al marido con esas sabrosas fritangas sin que ninguno se estuviera preocupando del colesterol y mucho menos de fiebres provocadas por esa hartazón. A varios compañeros nos atacó un día esa fiebre del hambre y a falta de centavo, para comprar la exquisita carne, tuvimos que conformarnos con comernos la arepa con el olor que desprendían aquellas enormes palanganas y salíamos embuchados y convencidos que del cochino no se pierde ni la fragancia. Ahora resulta que no se pierde ni el estornudo.

Cuando me tocó la fiebre del noviazgo fui por primera vez a casa de Delvalle para invitarla a salir y pasar el día chévere en Playa Guacuco, comer empanadas casa de Tomasa, una cocada más abajito en la bodega de Chato y el pato y la guacharaca. Todo un esquema tramado y una alegría anticipada por lo bien que la íbamos a pasar. Resulta que su abuela Lencha tenía una puerca que justo cuando yo llegaba la condenada se escapó del patio y salieron todas las hermanas corriendo detrás del animal y pegando gritos “allá va”, “espántala para acá”, “no te le atravieses que te tumba”. En ese alboroto participó todo el mundo: Los vecinos, otra visita que había, un viejo que pasaba en ese momento, la señora que vendía pescado en la esquina y la propia Delvalle.

Todos corriendo de lado y lado para hacerle cerco y atrapar al animal. ¿Qué querían ustedes que yo hiciera? Tuve que integrarme a la faena. Dieron las 6 de la tarde y nada. Con la ropa encharcada, las alpargatas rotas, y las rodillas peladas me devolví para la casa y, para cerrar con broche de oro, pasé toda la noche ardiendo en fiebre. Todavía no sé si por la jornada o por la calentura.

Más de una vez boté el estómago por la boca cuando me hartaba de pan con manteca “Los tres Cochinitos” creyendo que era mantequilla , y más de una navidad la pasé acostado después de hartarme de hallacas crudas que sacaba de la nevera cuando llegaba sarataco. Y lo peor es que en la siguiente parranda o en la noche de fin de año volvía a hacer lo mismo, reafirmando aquel famoso refrán “Puerco pollero aunque le quemen la trompa”

Así que a mí de verdad no me asustan ya estas cosas porque últimamente se han inventado tantas historias y las promocionan tanto, que hasta uno mismo se molesta cuando se da cuenta que era un cuento. Y por lo que puedo deducir, con el mismo olfato con el que identifico un buen cochino frito, este capítulo tiene todas las ganas de ser otra crisis más inventada. Porque, como dicen por ahí, “cara de cochino, oreja de cochino, rabo de cochino.” ¿Que más puede ser si no.



Salazarfu@pdvsa.com


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