Pompeyo Márquez, otro traidor de ideas

Para tener cultura, no basta leer, como para tener experiencia no basta vivir; si fuese así, dice un antiguo adagio, todos los viejos serían sabios. Para tener cultura, en cualquier estadio del conocimiento, leer implica estudiar i, si al estudiar se le agrega el enseñar, el universo de los conocimientos adquiridos se expande porque, es necesario ampliar también el estudio previo, para poder verdaderamente enseñar. He impartido docencia desde el bachillerato hasta la universidad, alrededor de 40 años, entre ellos 33 en la Universidad del Zulia en la Facultad de Medicina, Odontología i Humanidades; pero, además, he seguido la historia de mi patria paso a paso, especialmente la contemporánea.

I precisamente, uno de los aspectos en los que puse siempre la atención, es en lo que expresan o escriben nuestros políticos i cómo han evolucionado sus ideas. La conclusión, para la mayoría de ellos, es la de ser hombres superficiales que, sin verdaderos estudios, sin profundizar en el campo de las ideas; cambian como la moda porque nunca hubo verdaderas convicciones, nunca de verdad interiorizaron lo que expresaban o aparentaban. Ejemplos de ello son personajes como Américo Martín, Teodoro Petkoff, Luis Miquilena o el recientemente despojado de su careta, Pompeyo Márquez. Aunque el primero de todos fue Rómulo Bethacourt: de comunista, pasó a ser un líder i un presidente dictatorial i el falsificador número uno del sistema democrático.

Comienzo por asentar que, a la mayoría de estos personajes –son muchísimos más si les quitamos las “credenciales” de algunos cargos desempeñados o protagonismo en ciertos acontecimientos pasajeros en la historia política de un pueblo, no queda absolutamente nada o, acaso, mui poco. Algunos pasaron por la universidad (aunque la universidad no pasó por ellos, dice el común), adquirieron una profesión, o mejor, un título, pero luego los libros quedaron en los estantes; no los renovaron, no ejercieron ni tomaron experiencia en su profesión, no hicieron ningún post grado o cuando viajaron al exterior, fue para hacer turismo, parrandear i ni siquiera “civilizarse”, sino que se dedicaron a la política como negocio para enriquecerse rápidamente en lo material, pero casi nada en lo intelectual. Entonces, aunque hagan grandes esfuerzos, el léxico, las expresiones i, sobre todo, las posiciones que adoptan ante hechos de la vida pública, los traicionan i quienes sabemos analizar el dintorno i la psicología de esos hombres fingidores, nos permite conocerles bien.

La mayoría tuvo juventud opositora, no para hacer cambios fundamentales en la existencia de los pueblos i sus gobiernos, sino para figurar i aspirar llegar a gobierno i desechar radicalmente el pensamiento de ayer: pasando rápidamente de proletarios a oligarcas; de olvidados a poderosos; de pobres a ricos. Américo Martín, por ejemplo, autor juvenil de LOS PECES GORDOS, libro prologado por Domingo Alberto Rangel i Moisés Moleiro, presentándolo como prototipo del revolucionario viril, pasó a ser en la actualidad un pez gordo de la misma pecera de la oligarquía estafadora i corrupta. Luis Miquelena, el Traidor Mayor, invirtió de sus riquezas en la campaña electoral del Presidente Chávez, quien creyó en él hasta considerarlo en ocasiones como un padre, mientras este triste ejemplar de humanidad, planificaba la traición acomodando sus fichas en la Asamblea Nacional i el Tribunal Supremo de Justicia. Lo suyo está en la oligarquía del dinero, pero le retozaba –para mí especialmente su incultura, su poca solidez intelectual, pese a que le dieron el mayor honor de presidir una Asamblea Nacional Constituyente.

Sin embargo, el personaje a quien se refiere el título, Pompeyo Márquez, cuyo nombre ignoro si fue escogido por “quinto” hijo o por Pompeyo el Grande o algunos de sus dos hijos también militares como su padre, no parece tener relación con su posición de hombre de izquierda, puesto que el Grande, fue defensor del Senado i de la oligarquía, por lo que parece más apropiado a su significado de pomposo o fastuoso, como lo hemos visto ahora haciendo de portavoz de la más rancia, terrible i recalcitrante oligarquía de ultraderecha. ¿Quién, años atrás, hubiese imaginado que aquel fiero dirigente comunista, cuyos cabellos sobre las orejas –entonces negra esa pelambre- llegaría a ser ministro de Rafael Caldera? Sin embargo ese hecho insólito se dio i no por una casualidad, sino por claudicación progresiva de unas ideas de la juventud i la madurez primera, de una persona sin convicciones firmes, sin estudios serios, sin conocimiento de la realidad mundial i nacional; simplemente, el dinero i las comodidades en la vejez.

Una corta pero extraordinaria carta de la señora Elba Marín de Bottini, recordándole las acciones criminales i vandálicas de los gobiernos de Acción Democrática i COPEI, le dice que “tienes la osadía de decir que nunca en tu vida habías presenciado acciones represivas como las que está cometiendo Chávez” i le pregunta de seguido si es que ha perdido la memoria. Para quienes hayan leído esta formidable carta, no se necesita agregar nada más, pues hace un recuento de hechos terribles (entre ellos la pérdida de dos hijos asesinados por los que hoi se sientan al lado de este pobre hombre) que, empero, quiero destacar que no ha perdido la memoria. Nosotros los médicos sabemos que, cuando esta facultad se va perdiendo, lo primero es la memoria inmediata, mientras la más lejana se va haciendo más nítida o presente. Para mí, Pompeyo Márquez no ha perdido la memoria de aquellos años terribles de la “democracia falsificada”, simplemente es un deplorable mediocre vendido barato a la oligarquía conspiradora, terrorista i golpista. Jamás fue, a mi juicio, un pensador de izquierda, sino una marioneta política i, al final de su vida, renunció a toda su aparente trayectoria, para venderse, no solamente a la oligarquía criolla, sino al imperialismo norteamericano, en otros tiempos el blanco de sus arremetidas políticas. ¿Merece, acaso, que nos ocupemos de sus desvaríos actuales? Creo que no; le hacemos figurar sin merecerlo.


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Roberto Jimenez Maggiolo


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