El efecto Madre

Cuando llegué a Venezuela, luego de diez años de ausencia, mi mamá, después de abrazarme, besarme, llorar de felicidad por varios minutos, se dedicó a contarme por qué era chavista.

Imagino que sentía que era su deber de madre, por eso de que las madres sentimos que, no importa cuan grandecitos sean nuestros retoños, tenemos el deber de tratar de que ellos no acaben haciendo alguna estupidez, como, por ejemplo, marchar hacia Miraflores pidiendo con arrogancia que se desconozca la voluntad de todo un pueblo porque si.

Luego mi abuela, que nunca fue muy llorona, lloró e hizo más o menos lo mismo, porque las abuelas son mamás de alta jerarquía en este país donde, digan lo que digan, el sexo débil es el que lleva lo pantalones.

A mi mamá la escuchaba absorta, porque ella es una gran narradora. Bebía sus palabras y se las creía hasta que me dijo: ¡Yo lo amo, es que es tan bello!.

Yo, que a Chávez lo había visto bastante, pensé que mi mamá estaba loca. ¿Bello? Si, mi amor bello: mírale esos ojos, su carita, su sonrisa… solo le faltó mencionar su verruguita. Podía ser un gran hombre, un gran orador, pero ¿bello?

Mi mamá, otrora sifrina, en medio de tanta sifrinería, nos crió solidarios, críticos y rebeldes. Mi abuela, siempre reina, había hecho lo suyo con sus hijos. Y ahora, entrando una en la tercera edad y la otra casi de salida, se encontraron con un país como el que siempre desearon para sus hijos. Dos damas hermosas de la clase media alta que eran instintivamente revolucionarias. Con razón siempre destacaron por no encajar del todo en su mundo, cosa que cultivaron con orgullo.

La rebeldía de mi abuela doblegó el machismo de mi abuelo. La de mi mamá, la condujo a un divorcio aparatoso. Rebeldía que me contagiaron de tal manera que, más de una vez pensaron que se les había ido la mano.

Ahora soy mamá de dos niñas... no se le puede pedir más a la vida. Dos locas chiquitas que no saben obedecer a menos que les des argumentos convincentes. Pequeñas futuras mujeres, mamás sembradoras de futuro.

La más pequeña, con solo dos años, canta el himno en lugar de los pollitos. Una noche me sorprendió, cuando desde su cuna escuché: Abajo calelas, abajo calelas, gritando e señó, al poble su choza, ibeta piyó. Ni hablar de su primer y conmovedor ¡Uh ah! cuando una tarde vio a mi presi en la tele.

La grande, de diez años, quiere hablar de política porque se interesa por lo que hago. Como sé que el medio en el que se mueve es tan hostil, le expliqué que la política, por ahora, solo se discutía en casa. Los niños no deben hablar de política, le dije tratando de protegerla, porque ellos no entienden bien de qué se trata. Daniela me interrumpió antes de que yo terminara y me dijo: es que no hablo de política, hablo de mi futuro…

Así se encuentra uno con que, sin darse mucha cuenta, va sembrando ideas que cosecharemos cuando maduren. ¡Y qué cosecha! Mujeres rebeldes, pensantes, conscientes de su poder, sembradoras de otros futuros de otras niñas que serán mujeres y de otros niños que serán los hombres que seguirán sus pasos, mientras que creen que somos nosotras quienes los seguimos.

Hace poco vi a mi presi de cerquita y, ya loca de amor desde hace algunos años, tuve que darle la razón a mi mamá: Mami, ¡Chávez es bello!


tongorocho@gmail.com


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Carola Chávez.

Periodista y escritora. Autora del libro "Qué pena con ese señor" y co-editora del suplemento comico-politico "El Especulador Precóz". carolachavez.wordpress.com

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