El 22 de octubre de 1561 , procedente de Valencia y entrando por el Valle de las Damas, arribaba a Nueva Segovia de Barquisimeto, con doscientos españoles , 20 africanos y más de 100 indígenas de servidumbre, el vascoespañol Lope de Aguirre, llamado el tirano, el loco, el traidor, el peregrino, la ira de Dios, entre otros famosos apelativos.
Atrás quedaba el remoto río Amazonas y la fracasada expedición al fabuloso país de los Omaguas, en el territorio del legendario Dorado, que partiera de Santa Cruz de Saposoa, Virreinato del Perú, en septiembre de 1560. Lejos, en la roja memoria de las Crónicas, la conjura con que alentó y ejecutó Lope los asesinatos del capitán Pedro de Ursúa, don Hernando de Guzmán, la bella Inés de Atienzo y de decenas de soldados marañones, enredados en conspiraciones fluviales. Sin piedad ni clemencia ensangrentó las arenas insulares de Margarita, matando a garrote vil al gobernador Juan de Villandrano, a funcionarios reales, frailes, mujeres, y, de nuevo, a otros aterrorizados marañones. Al fondear en Borburata, Lope de Aguirre, hizo incendiar sus naves, a la manera de los griegos en Troya. Nunca más contemplaría el mar. Para aumentar su reputación homicida, degolló y ensogó a propios y extraños en la soleada costa caribeña. Encauzó, entonces, su brújula hacia Valencia. Ahí, en Tacarigua, dictaría a su escribiente Pedrarias de Almesto, el notable y retórico Memorial a Felipe II, Rey de España y Portugal, hijo de Carlos I, aquel que en 1528 entregó en arrendamiento la naciente Provincia de Venezuela a unos banqueros alemanes , los welser. Felipe II era a su vez el nieto de Felipe , El Hermoso, y de su celosa consorte la Reina, conocida popularmente como Juana, la Loca, cuya insania necrófila la hizo deambular 8 meses por tierras de Castilla con el cadáver insepulto de su envenenado marido. De ese linaje, de esa nobleza, el Rey católico español: Felipe II.
Del millar de indígenas que partieron del Perú en su condición de fámulos o sirvientes, apenas un centenar alcanzó la Nueva Segovia de Barquisimeto. Muchos de ellos, abandonados o sacrificados por el Tirano en la profunda selva del río Marañón, sea por motivos superfluos o simplemente, sin motivo conocido. Extrañados de sus territorios e indefensos ante las fieras, la agreste naturaleza y expuestos a las guazábaras de otros pueblos indígenas que veían en ellos a los aliados de los españoles y no, a sus esclavos. El escritor Luis Guzmán Palomino refiere que entre los abandonados a su suerte amazónica, estaban muchas indias preñadas por los españoles.
Las expediciones de conquista, desde los viajes de Cristóbal Colón, fueron para los europeos, empresas con fines de lucro y obedecían a criterios crematísticos. El Estado, los reyes, los visorreyes capitulaban y embanderaban las expediciones. Los inversores (la nobleza, banqueros, burgueses y navegantes) cubrían los costos de viaje: embarcaciones, esclavos, caballos y bestias de carga, armas y accesorios militares, vituallas, entre otros, a la espera de un alto rédito y beneficio . Los soldados de la expedición eran mercenarios cuya remuneración provendría de sus propios hechos de conquista contra los indígenas nativos, en acciones denominadas eufemísticamente como entradas o rescates, para referirse en lengua castiza a criminales saqueos. Los conquistadores, Hernán Cortés, Núñez de Balboa, Pedro de Alvarado, Diego de Almagro, Francisco Pizarro, los Welser, Juan de Villegas, fueron , por causa de la naturaleza mercantil de la Conquista, “audaces y rapaces hombres de negocio”, vale decir, depredadores.
En 1561 , en el antiguo Perú y otras provincias coloniales, los conquistadores españoles vagaban ociosos, prestos para la sublevación, el escándalo, el asesinato o el desafuero. Lima , Cuzco, el fabuloso Potosí, Cajamarca, Tumbes, Callao, Ayacucho, eran territorio fértil para las maquinaciones de centenares de hidalgos, soldados y buscadores de fortuna, ávidos de oro y plata. Todavía flotaba en su desaforada imaginación el tesoro de 5 toneladas de oro y 11 toneladas de plata entregado a Pizarro y sus tropas por el rescate del Inca Atahualpa en 1533. Su avaricia española fabulaba con El Dorado. Por contraste, los funcionarios reales, virreyes, oídores, gobernadores, corregidores y la siempre avisada iglesia católica , junto a los chapetones, encomenderos y gentes de alcurnia, dominaban las actividades económicas, sometiendo al indígena a la mita y al tributo y usando a los esclavos de origen africano en la multiplicación geométrica de las riquezas. Para esas clases emergentes y para la burocracia colonial, el elemento conquistador se había convertido en un estorbo antisocial para el desarrollo de la economía colonial, próspera y apropiada. Se empezó jurídicamente a hablar de pacificación y no de conquista, de economía , mas no de guerra. Por eso, El Dorado, que sirvió a los indígenas para despistar la codicia de los españoles y portugueses, sirvió también a la burocracia colonial del virreinato del Perú para librase de esos menesterosos y revoltosos, que no por paisanos, dejaban de ser una amenaza contra sus privilegios. Por eso, habría que agregar a Lope un nuevo apodo: Lope de Aguirre , el engañado.
De ese modo, El Dorado fue la celada del Poder colonial contra los despistados marañones. El manifiesto de Lope de Aguirre contra el Rey y sus funcionarios es el canto del cisne de una casta de conquistadores en vías de extinción , dolidos por el desdén real. La declaración de guerra contra la autoridad real no pasa de ser una algarabía tragicómica en unos hombres condenados a ser prescindibles para el Imperio, incapaces de poseer una causa no metálica y , agotados en una especie de osadía pérfida y frenética. Su rebeldía anti-realista fue una furia resentida y acuchillada, que va apagándose y volviéndose contra sí misma. Una exasperación homicida que presagiaba la inmolación final.
Lope de Aguirre permanecería cinco días en la Nueva Segovia de Barquisimeto, que a la sazón se dilataba al sur de Santa Rosa, cercana a la orilla izquierda del río Turbio. Los realistas, eran dirigidos desde El Tocuyo por el huidizo gobernador Pablo Collado, cuya (mala) fama recogió el cronista Juan de Castellanos al llamarlo en sus Elegías como Pablo Faldetas; militarmente los conducían el capitán Gutierre de la Peña, y el maese Diego García de Paredes. De suma utilidad para la causa del Rey fue el desertor marañón Pedro Alonso de Galeas, que se había fugado en Margarita con el apoyo de dos indígenas guaiqueríes. Las confidencias de Pedro Alonso a los realistas le permitieron a éstos elaborar una estrategia de desgaste, basada en la progresiva deserción de los marañones. Otro recurso no contencioso fueron las Cédulas de Perdón del gobernador Collado, colocadas estratégicamente en las casas de la ciudad que le servían de refugio a los marañones. La masiva traición marañona comenzó a revelarse en su negación a entrar en combate y en disparar sus arcabuces de manera deliberadamente errónea. Lope les reclamó despectivamente no dejarse vencer por esos “comedores de cazabe y arepas”, para referirse a los del Rey. El 27 de octubre, la suerte de Lope estaba echada. De par en par, primero, masivamente después , incluyendo a los negros que había usado como verdugos, todos sus soldados cambiaron de bando. La excepción fue Antón Llamoso. Al despuntar la tarde todo había concluido. Sin un solo muerto en los dos bandos. Unas escaramuzas fingidas para ocultar las artes políticas. La infidencia y el fingimiento como táctica . Sin batallas épicas, ni gloriosas hazañas . Como corresponde a una casta de violentos, sin ideales. Aptos al mejor postor, proclives a la traición, es decir, mercenarios. El filicidio de Lope contra Elvira, su hija mestiza, es el último acto de desesperación del Tirano. El corpiño amarillo de la doncella se inunda de sangre al penetrar la daga malévola en su pecho virgen. Lope de Aguirre muere (irónicamente él y Elvira son los únicos muertos en Barquisimeto)) también bajo el fuego alevoso de los arcabuces marañones. Su amigo, Custodio Hernández, lo toma de la barba y, todavía agonizante Lope, lo decapita con la espada. ¡El Tirano ha muerto! grita con una alegría sospechosa. Esa tarde, la cabeza degollada de Aguirre, expuesta sobre una pica en El Tocuyo, los ojos hundidos, la mirada apagada, se levanta contra el fondo rojizo del crepúsculo. Es el destino final de la casta infame de los conquistadores.
Los marañones pagaron pronto sus miserias y desmanes. Algunos fueron ahorcados por los españoles, como Llamoso y Paniagua. Otros enviados a Santo Domingo, donde pronto reciben el perdón a cambio de alistarse en una nueva misión. Se embarcan en 1562, en la expedición de Luis de Narváez para someter a los indígenas caracas y teques de Guaicaipuro y Terepaima. Como resultado el capitán Narváez y 150 soldados, entre ellos, más de 50 ex marañones, son derrotados y ajusticiados por los valerosos indígenas caribes. Esos que algunas semanas antes habían emboscado y ejecutado al conquistador merideño Juan Rodríguez Súarez, en los montes de Paracotos, cuando acudía a sumarse a los neosegovianos. Los indígenas caracas vengaban así , sin saberlo, a sus hermanos quechuas, arrojados a la muerte en la selva.
En los confines de la antigua Nueva Segovia de Bariquisimeto, en las noches ebrias de luna, rumoran los ancianos y los campesinos que entre luces intermitentes como luciérnagas se escuchan los gritos ahogados de Elvira de Aguirre, la virgen, hija de la noble quechua Cruspa y del villano, el tramontano, el infeliz, el homicida y desgraciado Lope de Aguirre.
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