(Criaturas del amor)

Simple matemática emocional

Un amigo europeo me pidió que escribiera un artículo para revolucionarios en vacaciones, si no les gusta ya saben a quien culpar. Cuando en Venezuela y Latinoamérica los pueblos invocan la unidad, actualizando en consecuencia a los demonios de la incomprensión y la separatividad acumulada históricamente, es momento de hacer matemáticas emocionales.

La fuerza gravitatoria nos exige fuerza interna, voluntad, esfuerzo muscular para mover nuestro cuerpo en el espacio, en el mundo. Para levantar y transportar un peso, para revolucionar una nave espacial al punto de que despegue de la superficie terrestre, e incluso hienda la inercia atmosférica penetrando el espacio interestelar.

Espacio interestelar donde el autoimpulso voluntario ya no experimenta resistencia, convirtiéndose verdaderamente en libre elección de alternativas, en decisión de la dirección y velocidad a que la vida quiere y puede expresarse.

Tal vez un día no muy lejano lleguemos a la conclusión, a caer en cuenta maravillados, sorprendidos, de que esa inercia o resistencia que cada uno de nuestros actos debe vencer, superar para expresarse, es nada más ni nada menos que una inercia o tropismo global anímico, emocional.

Puede sonar a quijotesca locura esta alternativa, porque estamos habituados a interpretar la fuerza o energía emocional como algo muy íntimo, privado, en muchos casos totalmente alienado de su entorno natural y hasta social. Además, es un artículo de vacaciones.

A nuestra mentalidad moderna los reinos naturales, incluidos el físico-químico-electromagnético, no parecen disponer de capacidad de respuesta emocional, y muchas veces grandes conjuntos humanos parecen tampoco disponer o haber perdido esa sensibilidad.

Sin embargo, somos función del ecosistema, y si esa fuerza anímica es nuestro poderoso motor, no parece sensato que porque no estemos en capacidad de medir esa expresividad en la externalidad, simple y livianamente consideremos insensible y estúpido todo lo que no es humano. Cuando la experiencia cotidiana misma con mascotas y plantas señala lo contrario.

Escuchaba justamente en una reunión bilateral de acuerdos, entre los gobiernos argentino y venezolano con los empresarios argentinos, las sensaciones que se generan en quienes participan activamente de la apertura de estas relaciones de concepción e implementación de 200 empresas sociales, para poner en marcha diferentes zonas muy pobremente o nada desarrolladas de Venezuela.

Comentaban que solo un año atrás era fuerte el escepticismo y la resistencia general, tanto en lo público como en lo privado, a este tipo de colaboración considerada una riesgosa aventura. Y sin embargo, hoy ya son cerca de cuarenta las empresas sociales listas en todos sus requisitos para iniciarse y que inclusive han comenzado ya los movimientos de tierra in situ.

Eso implica cientos de profesionales, técnicos y empresarios, embajadores y funcionarios públicos movilizándose entre ambos países y recorriéndolos de punta a punta. Incluso se están preparando en Argentina los técnicos venezolanos que se irán haciendo cargo de las fábricas, industrias, etc., de la transferencia de tecnología en los campos agrícola pecuario e industrial.

Como contraparte, los emisarios argentinos han conocido la experiencia de los NUDE venezolanos, (Núcleos de Desarrollo Endógeno). La están complementando con su propia experiencia y conocimiento y la trasladarán conjuntamente con Venezuela al norte argentino, a Bolivia y Paraguay.

Si hace solo un año este era un improbable sueño y a muy breve plazo estará beneficiando a decenas de miles de familias de nuestro continente, tan excluidas de un modelo de desarrollo centenario que ni siquiera se enteraron que la revolución económica y cultural ha transformado la faz del mundo en las últimas décadas, entonces algo está pasando.

¿Cuándo hubo relaciones entre Argentina y Venezuela, entre el Caribe y el Río de la Plata? Tal vez se remonten al abrazo en Guayaquil entre los libertadores San Martín y Bolívar. Pero de allí en adelante pareciera que surgió un muro que abismó y partió en pedazos a Latinoamérica.

Y no hay modo de que podamos sentir y medir la magnitud de lo que está sucediendo sin conocer la historia, sin darnos cuenta que estamos retomando una dirección, una idea-fuerza de unidad y solidaridad continental que puso en ebullición nuestro continente, que se sembró y regó con el esfuerzo de toda una vida y la sangre de aquellos grandes hombres.

Grandes y nobles hombres que trascendieron sus intereses personales tras el sueño de legar un mejor mundo a las futuras generaciones, pagando por ello el precio de morir enfermos, expatriados, abandonados, traicionados. Pero no en vano, porque ningún elevado sentimiento o voluntad que impulsa a la generosa acción muere jamás, como hoy que reverdece ese tronco de profundas raíces podemos una vez más comprobar.

Y si esas profundas raíces enterradas en la conciencia colectiva de la humanidad reverdecen, si una vieja-nueva sensibilidad sopla como fresca brisa que se convierte en viento y huracán. Si esa nueva sensibilidad se convierte en tímida primero y poderosa voluntad luego, para hacer estallar en pedazos los también invisibles muros y fronteras que nos separaban.

Si el escepticismo se convierte en esperanza, entusiasmo, febril actividad que atraviesa y siembra de punta a punta el continente, trayéndolo desde el olvido y la inexistencia de nuevo a la vida. Si la fuerza anímica encerrada en la siquis colectiva se abre camino y el mundo le cede paso obediente. ¿No es ley física acaso que a cada fuerza corresponde una contrafuerza, una resistencia de la misma naturaleza pero de opuesta carga?

Y si hablamos de humanismo, de humanizar el mundo como contraposición a la barbarie, ¿no estamos implicando que la sensibilidad humana ha de abrirse camino en ese mundo que considera y siente estúpido e insensible, estableciendo nuevas relaciones con todo el ecosistema? Esa ya no es una idea romántica, esotérica, trasnochada, poética.

No es ya lo que nuestra racionalidad considera una superstición de los habitantes originarios de nuestra América, como la Pacha Mama. Es una exigencia de sobrevivencia ante las consecuencias de un modelo limitado e ignorante, que considerando su entorno insensible lo trató como una cosa, demostrando su propia insensiblidad, enajenación.

Y si vamos más allá, si ampliamos la mirada a lo global o planetario, a la crisis alimentaria, energética, económica, ambiental, que hoy enfrentamos, ¿no es en el fondo una crisis moral e ideológica? ¿No son nuestros hábitos y creencias, nuestros modelos de vida los que colapsan?

Y si no es así, ¿por qué reflotan y se intensifican las diferentes creencias religiosas y culturales que según muchos intelectuales son el opio de los pueblos y quedarían atrás gracias a la ciencia? ¿Por qué sucede lo mismo con el alcoholismo, las drogas, la delincuencia, la violencia en todas sus manifestaciones discriminatorias, con las fobias de todo tipo?

¿Por qué la historia, el tiempo gira sobre si mismo, las grandes ideas-fuerza son retomadas como fresca brisa a respirar en medio de malolientes aguas estancadas, que ya nos llegan a la nariz? Y una vez más, ¿por qué la mecha de la integración y solidaridad continental se enciende e incendia la conciencia colectiva sin respetar fronteras, muros, alambradas?

Yo encuentro una respuesta simple en mi experiencia de vida. Las emociones negativas, depresivas, contraen, ensimisman y alienan la conciencia en sus temerosos y afiebrados sueños, deseos. Paralizan la creatividad, la actividad, enferman los cuerpos, las siquis, las familias y las sociedades.

Como si tuviesen otro lado a dónde ir atacan, depredan, destruyen el ecosistema que posibilita y sostiene la vida, que es su hábitat, su hogar, tratándolo como si fuera su peor, su más temido y odiado enemigo. ¿Dónde están entonces esas fronteras, esos abismos entre la interioridad y la externalidad que nos llevan a tan afiebrados, alienados sueños y destructivas conductas?

Cuando presencio, siento y veo la esperanza renacer, el entusiasmo y la alegría recorrer nuevamente la apatía de las calles, la solidaridad venciendo el escepticismo para convertirse en recuerdo y voluntad inclusiva, de servicio a los excluidos y silenciados, inexistentes de siempre, no me queda duda de que los abismos son oscuridad, inercia, resistencia emocional.

Hace mucho tiempo que la imaginería, la poesía popular habla del alma de los pueblos. A algunos les robaron su alma, su historia, su libertad de elegir como vivir, los enseñaron a temer, a despreciarse a si mismos, a admirar, esperar y desesperar todo de otros. De otros dicen que le vendieron su alma eterna al diablo a cambio de bienes perecederos.

Es decir, vendieron su heredad humana por un plato de comida caliente, por espejitos de colores, agua de fuego y palos de trueno, comprando en su ignorancia la esclavitud y la muerte. Eso puede parecer muy poético aún para muchos. Pero no solo Argentina une sus fuerzas, sus capacidades a Venezuela. Brasil instaló también oficinas de sus dos instituciones estatales para el desarrollo del agro y la industria.

Un resultado concreto de ello es que envió la semilla de soya, la maquinaria, la tecnología, los técnicos, y Venezuela aumentó hoy 200% su producción. Hace solo dos semanas los presidentes de Brasil y Venezuela se reunieron en Bolivia con su presidente y pusieron la piedra fundamental para una carretera que los unirá, además de procesadoras de leche y maíz.

Lo mismo hicieron los presidentes de Nicaragua y Venezuela en Ecuador con una refinadora de petróleo y tratados de planificación conjunta de alimentos. Ahora mismo me entero que la presidenta de Argentina y el de Venezuela que iban a encontrarse en Tarija, Bolivia, con Evo Morales, tuvieron que suspender su viaje por manifestaciones violentas.

Súmenle el Alba con seis países integrantes, Petrocaribe con 19 integrantes ya. Agreguen a China, Irán, Rusia, Bielorrusia que intensifican su participación e inversiones estratégicas en Latinoamérica. Tomen nota de que solo en EEUU, desde enero ha cerrado un banco por mes. Entonces comprenderán el por qué del desespero emocional de los que aún no aprendieron a esperar.

A mi todo eso, aunque no deje de ser poesía para el alma desesperanzada, no me suena a romanticismo poético solamente. Si tomamos la bandera de la Misión Milagro y Yo si puedo, que recorre el continente y el mundo, más bien se parece a una avanzada que precede la procesión y éxodo solidario de los pueblos americanos.

Tal vez al sueño de la nueva tierra y el nuevo hombre que recorre la historia desde el Abraham bíblico hasta Colón, que crea y espera las condiciones apropiadas para venir a ser desde el mundo de los sueños hacia el de las simples penas y alegrías de todos y cada día.

En fin, por mucho que discurramos, por muchos ejemplos que demos, no hay modos de persuadirnos solo por el camino abstracto del debate racional, ideológico. Sin embargo, todo esto está sucediendo ante nuestras miradas, y si no podemos creer en la dirección de hechos que acontece crecientemente y presenciamos, algo ha de suceder, algo ha de interponerse entre ellos y nuestra interioridad.

¿Y qué más puede ser ese escepticismo, esa hipocresía o incoherencia entre lo que nos sucede y sentimos al respecto, que el modelo cultural y económico que hasta estas circunstancias nos ha traído, cuya inercia aún arrastramos y nos sugestiona poderosamente? El mundo puede cambiar ante nuestras narices, el mismo Dios puede presentarse de modo deslumbrante.

Pero si la inercia de nuestros hábitos y creencias proyectan nuestra atención, nuestras miradas a lejanos horizontes y expectativas, no podremos verlo ni mucho menos vivirlo. Todo lo que no esperamos nos sorprende, asusta, confunde y prende nuestras alarmas y resistencias. Pero no por ello deja de suceder, transformar el mundo y volver obsoleta nuestra operativa.

Lo más paradójico de todo es que mucho de eso que sucede, tal vez todo, es la resultante acumulativa o histórica de nuestras concepciones y direcciones de acción. ¿Qué otra cosa es nuestra sofisticada y poderosa tecnología y las intenciones que le dan dirección de uso?

Pero creíamos caminar hacia la imposición de nuestros sueños y paisajes íntimos al mundo, a los demás, y terminó sucediendo que condujimos al mundo hacia situaciones críticas. El ecosistema, la existencia toda reacciona acelerándose, intensificándose ante tales umbrales de tolerancia y renace la solidaridad superando al temor y la dependencia sicológica infantil.

Puede ser que entre el arrastre, la inercia del modelo cultural y lo sorprendente de los acontecimientos para nuestras erróneas, ignorantes, ilusorias expectativas, nos sintamos totalmente extrañados, desorientados, no logrando interpretar el acontecer que trasciende nuestros hábitos y creencias no solo en ritmo, sino también en amplitud y dirección.

Sin embargo cada experiencia de vida deja en claro que si no nos abrimos y entregamos a ella, si no le permitimos manifestarse, no logramos experimentar esa posibilidad, esa promesa. Y en su lugar crece una fractura, una barrera, una contradicción, una alienación. ¿Qué sucede cuando por temor a sufrir, a sentirte desbordado, descontrolado, no te abres y entregas a la posibilidad del amor?

Pues que todas esas emociones negativas, contractivas de tu conciencia, se asocian al poderoso impulso expansivo anímico del amor, grabándose como una estructura de resentimiento en memoria. Que de allí en adelante tiende a resistirse cada vez más a tales impulsos, exigiendo un gran esfuerzo de conciencia y voluntad para reabrir esas puertas.

¿Qué es el amor sino un poderos impulso emocional que amplía, expande la conciencia hacia el mundo, sus personajes y objetos, incluyéndolos en nuestra interioridad, internalizándolos? ¿Qué es el temor y como surge, sino como resistencia estructural al impulso expansivo, como contracción que fractura la conciencia y la resiente, la aliena del mundo?

Y cuando temes, te encierras, resientes y alienas de tus propios impulsos íntimos, ¿qué te queda sino soñar un mundo inexistente, compensatorio y sustitutivo al que crees, sientes agresivo, inhóspito, insensible, estúpido, negándote a experimentarlo? Una vez más entonces, ¿dónde está la fractura y el abismo entre la intimidad y la externalidad?

Más allá de la respuesta que cada uno de nosotros dé y tiene toda la libertad para elegir, es bueno recordar que somos nosotros los que sufrimos o disfrutamos las consecuencias de nuestras elecciones, los que nos vamos liberando o encadenando en cada inevitable elección. Porque si algo caracteriza verdaderamente al ser humano, si algo es nuestro derecho y deber de nacimiento, es la libertad y la inevitabilidad de elegir momento a momento, (aún no eligiendo y siendo en consecuencia arrastrado por las circunstancias), la dirección que le vamos dando a nuestra vida y la experiencia de sus consecuencias que se hace ser y conciencia. Porque eso que atiendes y haces, en eso inevitablemente te conviertes.

Seguir discutiendo hoy si ha de darse preferencia al productor o al consumidor, como si todos no fuésemos productores y consumidores, es lo mismo que defender la ganancia de unos sin darse cuenta que el ahorro de los otros es también ganancia y que todos defendemos lo mismo bajo diferentes nombres, colores y disfraces.

Cuando nos quitemos esas tapaojeras limitantes y dejemos de perseguir zanahorias, nos daremos cuenta que hemos estado estúpidamente dando vuelta en círculos, mientras la respuesta es tan simple como que el interés de cada uno es igual al de todos.

Simple matemática emocional que requiere reconocer y experimentar que si todos damos es inevitable que todos recibamos. De donde el temor a no disponer de lo necesario y el egoísmo consecuente, son nuestros únicos enemigos.

Tal vez entonces como nos dicen hace miles de años, solo tal vez, el temor sea la fuerza anímica que contrae, paraliza y aliena la intimidad de la externalidad. Mientras que el amor es la que expande, vitaliza, re-une o re-ligiona. Tal vez, solo tal vez, por eso lo irracional, lo no racional, la mujer despierta del sueño del dominio racional, se libera de sus cadenas y asume su rol revolucionador, mientras la naturaleza acelera el ritmo de su palpitar.

Tal vez, solo tal vez, sea el mismo palpitar que despierta gradualmente nuestra conciencia colectiva, comenzando a organizar y manifestar en las formas un nuevo núcleo religioso y civilizador, que de todos modos siempre hemos sentido, añorado, anhelado. Pero que, pese a que todas y cada generación soñaron como un nuevo hombre y mundo, hoy nos cuesta creer que lo podamos estar presenciando.

Algunos sueños toman un corto tiempo, otros parecen nunca llegar. Pero todo lo que palpita en el humano corazón habrá de hacerse conciente y manifestarse en el mundo. A veces abriéndose camino a empujones entre las incrédulas y sorprendidas miradas, otras, acompañado por unas pocas conciencias, pero finalmente gestado, parido y acunado por la conciencia humana que se reconoce hija y criatura del amor.

michelbalivo@yahoo.com.ar


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Michel Balivo


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