Manuel

La única verdad impenitente,
es aquella que no se
enratona de temores…

(Esta vaina la afirmo yo)



Nació veinte años después y lo percibió como una oportunidad para burlarse de las mariposas. Pero, el olor a rosas le acompañaba cada vez que perdía los sentidos. Había cuerpo para soportar el peso de tanto trago y de tanta búsqueda en cuerpos ajenos; lo conocían en los bares más paupérrimos y se jactaba de no pasar desapercibido… “Manuel, que la vida te va a encontrar algún día…” – Juliana, puta de oficio y gusto, se lo advertía. Lo conoció una noche en que las copas se rompieron y un amor fugaz se repartía en soledades mutuas. Al amanecer, las arrugas volvieron a su lugar y Manuel entendió que existían los tropiezos. Desde allí se juraron amistad eterna y ambos cumplieron. Juliana siguió siendo puta de oficio y gusto. Manuel ya no temía caer en medio de la alfombra roja; ya tenía quien lo recogería del suelo.

Manuel tenía todo y nada. La cuenta crecía y el alma se le iba muriendo. “Quiero la montaña…” – y la montaña llegaba sin empeño. Demasiado fácil, demasiado rápido y pretendió desconocer la suerte, prepotente, jugando a ser Dios entre putas, tragos e inconciencias. Prefería el sopor que nunca habla a terminar en un rincón preguntándose vainas que lo hacían pensar. Conoció las risas que piden un vino Sansón para joder a los clientes; oficio nada generoso cuando sabía de las lavativas que arrancaban las miserias. En cierto modo, Manuel claudicaba en medio de las quejas y esos años cabrones que se vienen encima, haciendo chorrear algún maquillaje que lo presentía. Manuel se ponía serio en las mañanas; había que atender los ingresos que respaldaran su viaje nocturno. Pero, se encontró con ese temblor en los dedos y el adelanto de las dosis con el café mañanero. Se encontraron por primera vez el calmante y el aguardiente…

Estaba muriendo y lo sabía. Podía tener ese escalofrío hijoeputa en las rodillas cuando enfrentaba el abismo; pero imaginaba que pasaría si se le ocurriera dar un paso al frente. Conocía esa sensación suicida de ir más allá y alguna fotografía le vino a la mente, cuando una Juliana paciente lo arrastraba hasta la pieza del burdel. “¿Habrá siempre quien nos salve la vida…?” – Se preguntó dominando el temblor en los dedos. Para Manuel, que había leído La Biblia, el Corán y el Libro de Urantia, Dios era un carajo desconocido ó, simplemente, un coño que estaba de vacaciones en algún lugar del planeta, desconociendo si existía su partida de nacimiento. “¡Dios soy yo, nojoda!” – Había que ser lapidario en este aspecto; Manuel no concebía otra respuesta cuando las razones son determinantes.

Tener amigos es una vaina tan interesante, que solo puedes saber que existen si la cartera esta repleta de cucarachas. A Manuel le sobraban los amigos y aquí dejó de ser interesante esta tesis, por que las cuentas que se pagan en un bar son suficiente razón para ganarlos. “¡Benito! Dos más para los amigos de aquella mesa…” – Juliana, conocedora de estas amistades de salón, se lo reprochaba y Manuel la atajaba – “Tranquila, mi amor… esos carajos son de pinga…” – Juliana era experta en callar y esperar a que el tiempo le diera la razón. Manuel era experto en hablar huevonadas. Hay jefaturas que están calibradas y cerradas en espacios reducidos. Fuera de allí, Manuel tendría que reiniciar todo. Incluso, aprender a caminar de nuevo. Pero – “¿Pa’ qué están los amigos?”.

Veinte años después de aquellos veinte que le vieron nacer, el temblor en los dedos, el comportamiento suicida y las ganas de hablar de revolución en un medio que reduce a cenizas a los revolucionarios, no es una buena perspectiva. Sin embargo, prevalecerían las ganas de ver las mañanas sin calmantes. Se haría prioritario jugar con los cantos de la aurora y la dignidad como escudo le alejó de Juliana, quizás la única amiga que quedaba en su agenda ejecutiva. Juliana era un buen recuerdo, nebuloso en medio de las volutas multicolores de un cigarro que acompañaba el trago. Venían tiempos de cambio y como Lázaro, resucita de una muerte que se extendía durante años. Estaba frente a él esa que llaman revolución. No es una mujer fácil de lidiar. Te enamora, te atrae, te hechiza. Luego, cuando el amor te llena de mar, de promesas nuevas y de imposibles deseos que son provocados por una pasión de sueños intercambiables, entonces es ella la que pone condiciones. Cuando le hablas en susurro y conviertes un cerro, un rancho, una lucha a pie por las calles en paisajes tentadores; ella te dice que quiere algo mejor. Que el Cristo de San Pascual es hermoso, pero hay que reparar ese brazo ejecutor para una homilía con hostias solidarias en ambiente cibernético… La revolución es definitivamente vaginal; puedes disfrutar de un coñazo de ideas marxistas y hacerla llegar a orgasmos que nunca disfrutó en cuarenta años de democracia servil. Pero la realidad es otra, panita. Manuel debe enfrentar un hecho claro y concreto. En el cerro hay miseria que resolver por encima de los actos orgásmicos y la verborrea inútil que siempre se estrella con cualquier sueño que nos obliga a cantar una verdad. La revolución exige verdades; como Juliana le advertía antaño – “El burdel se engalana de luces, pero en la mañana huele a mierda… ¡Deja esa vaina de la poesía, Manuel!”.

Manuel está arrecho. Añora su izquierda ingenua; el fusil que se esgrime sin negociar posiciones. Ese ¡Patria o Muerte, Carajo! que inunda el escrito que sale del estómago y electrifica el corazón. Otra vez está frente al abismo y nuevamente recrea en su cabeza, que pasaría si da un paso al frente. La revolución le ha sonreído, le ha besado, le ha amado; también le ha regalado algunos coñazos conceptuales ¿Tan difícil es conquistarla? Manuel tiene ganas de regresar a sus cavernas ideológicas. No quiere leer ni un puto libro más que multiplique las opciones. Asume su cerro, su rancho y desde allí se convierte en disparo que lo llene de verdades; pues no hay amor más grande que el que se da sin temor a los granzones.

La revolución cambió a Manuel, pero él insiste en que no esté llena de luces…

marioaporrea.org
msilvagayahoo.com


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Mario Silva García

Comunicador social. Ex-miembro y caricaturista de Aporrea.org. Revolucionó el periodismo de opinión y denuncia contra la derecha con la publicación de su columna "La Hojilla" en Aporrea a partir de 2004, para luego llevarla a mayores audiencias y con nuevo empuje, a través de VTV con "La Hojilla en TV".

 mariosilvagarcia1959@gmail.com      @LaHojillaenTV

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