El silencio asesino

Espartaco en Los Esteros

Casi una centena de campesinos,
han sido asesinados después de promulgada
la Ley de Tierras… Esta no es una noticia
importante para Globovisión…



Julio César no tenía perfil griego y mucho menos una corona de laureles. Su madre le puso el nombre, obedeciendo a esa adicción a las películas romanas que pasaban los curas en la pared de la iglesia de su pueblo en sus tiempos lozanos. Quiso ponerle Espartaco, pero su marido bastante había concedido con no ponerle su nombre al primogénito. Se negó de plano y aceptó el de Julio César, previo roce coqueto de esos labios que estaban vedados por la cuarentena del paritorio.

Julio César hasta los diez, creció en medio de siete gallinas ponedoras, un gallo que despertaba a las nueve de la mañana, dos pavos que se parecían a su abuela, dos cochinos que aguardaban su sacrificio y una vaca raquítica que, milagrosamente aún podía ser ordeñada en las mañanas.

Según su memoria, pudo reconocer como la situación fue empeorando. Recordaba las arepas con perico y trozos de queso elaborado por su padre, acompañado de un cremoso café con leche que su madre batía cantándole al sol que se asomaba en la llanura y ahora la arepa solo abrigaba una traza de mantequilla con tres rayas de queso y el café negrito. También recordaba a su padre, encalando las paredes de bahareque y como habían pasado dos años y ahora las cáscaras se desprendían de la pared desnudando el barro y la caña que le servía de soporte. Llegó a estrenar dos alpargatas en un año; las negras para ayudar a su viejo en el conuco y las de colores para asistir los domingos a misa peinado a lo Gardel. Ahora, caminaba pasito a pasito, sin arrastrar los pies con las alpargatas domingueras – las negras se jodieron hace un año – y el resto de la semana descalzo con la planta de los pies endurecida por los cadillos y el calor que se chupaba la tierra en mediodía. De la ropa ni hablar, en su memoria siempre existieron los remiendos y la única diferencia era el crecimiento del mapa de los zurcidos.

Justo en el décimo cumpleaños, se levantó sobresaltado por una voz desconocida que se elevaba amenazante. Brincó del chinchorro y pasó por encima de dos gallinas para esconderse detrás de su madre. Dos pasos en frente, estaba su padre callado y cinco pasos más allá, Don Facundo, el terrateniente, gritando – “¡Argimiro! Se te acabó la maguangua… Empieza a recoger tus vainas y te vas pa’l coño… ¡Nada, nada!... No se que carajo vas a hacer con los animales, con tu mujer y el pendejito ese que tienes por hijo… El lunes vengo y si sigues aquí, te saco a coñazos…” - Julio César no entendía nada, pero a los diez se respira el odio y Don Facundo lo sudaba a esa hora. Su padre balbuceaba temeroso, pero la rabia se ocultaba en sus manos que blanqueaban los dedos apretando como garfio el sombrero de paja. Bajó la cabeza cuando Don Facundo montó el alazán y le dio la espalda acompañado de dos jinetes vestidos de negro.

Esa noche, después que su padre le adelantó la hora de acostarse, Julio César escuchaba a su padre murmurar una conversación. Se acercó a la puerta – por que la curiosidad es una jodida costumbre humana - y le llegó el suave susurro de la madre – “No vayas, Argimiro… mejor recogemos las cosas y nos vamos…” – Julio César sabía de antemano la respuesta de su padre – “¿Qué pasa, María? Tengo diez años trabajándole la tierra a Don Facundo… Cinco años sin sembrar en el conuco pa’ que a ese carajo se le den los maizales y ahora nos ha botao como animales… ¡No señor! Esa vaina no se aguanta… Me voy pa’ la hacienda y habló clarito con él…”

La luna ayudó a Julio César a ponerle el camino iluminado y poder seguir a su padre sin que lo supiera. A lo lejos, la sombra conocida y Julio César que parecía un fantasma sin hacer ruido, temiendo que los latidos de su corazón lo descubrieran. Pronto vería el corredor de la hacienda de Don Facundo y a su padre pedirle que lo escuchara. Julio César se escondió detrás de un samán que lo alejaba de los perros de Don Facundo. Si se acercaba más, lo descubrirían y no quería saborear el pipe e’ toro que tenía guardado su padre en el conuco. Don Facundo estaba sentado en un mecedor y los hombres vestidos de negro lo cuidaban mejor que los perros. Le llegó el sonido de la voz de su padre y Don Facundo que se levanta tambaleando; la pistola que brilla en la mano de Don Facundo; el sonido que espanta a los perros; el cuerpo del padre que cae al suelo; el horror de Julio César que se ahoga en el pecho y la brisa en la cara cuando salió corriendo. Feliz Cumpleaños, Julio César… Feliz Cumpleaños…

De San Fernando vino la petejota. Argimiro se volvió loco, dijeron. Tenía un machete en la mano y el hacendado tuvo que defenderse. Dos testigos afirman que Argimiro no atendió la voz de alto. Julio César estaba callado y encontró el machete de su padre en el corralito de los cochinos. Se lo dio a la madre sin hablar… Vino de nuevo la petejota, repitió la vaina de la locura de Argimiro, Don Facundo tuvo que defenderse y los dos testigos agregaron que el machete lo encontró Argimiro frente a la hacienda… La petejota nunca regresó y Argimiro se quedó solo en la memoria de María.

Hoy cumple veinticinco años Julio César. Lo coronaron de estrellas en el monte. Prefirió el arco iris de la lluvia en los esteros. Corre desnudo jugando con las dantas y los chigüires. Se esconde en las ceibas con la alarma de las garzas paleta, cuando los jinetes arrean el ganado en busca de nuevos pastos. Se le olvidaron las letras de Inesita, la maestra del pueblo, y las palabras que brotan de los llaneros, son el peligro de algo que pasó y no quiere recordar. Gorgotea con las babas, grazna con los zamuros, ruge con los tigres y sisea con la cascabel. En noches de luna llena, llora por que se ven las vainas muy claras y cierra los ojos con fuerza para que regrese la oscuridad que lo salvará de ese sonido horroroso que estalla y huele a muerte.

María se fue a San Fernando y no sabe que pasó con Julio César. Hoy es su cumpleaños y recuerda a su hijo matando gallinas, pavos, cochinos y a esa vaca raquítica que le dio unos bolivitas para llegarse a San Fernando. Julio César, su ilusión romana que imaginaba como Espartaco, se fue en la noche sin hablar. Quince años después y está abierta la herida del hijo desaparecido; desesperación que retrasó su partida hasta que la convencieron de su muerte en los esteros… Don Facundo la vio pasar con su maleta de madera y ella dudó de la locura de Argimiro. Todas las semanas va a fiscalía a pedir que investiguen el caso de su marido. Quince años, siete fiscales y no deja de pedir lo mismo.

Hoy cumple veinticinco años y las nubes cerraron la noche. Julio César está en el samán… Don Facundo en la mecedora… No hay perros, no hay hombres vestidos de negro…

mario@aporrea.org
msilvaga@yahoo.com






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Mario Silva García

Comunicador social. Ex-miembro y caricaturista de Aporrea.org. Revolucionó el periodismo de opinión y denuncia contra la derecha con la publicación de su columna "La Hojilla" en Aporrea a partir de 2004, para luego llevarla a mayores audiencias y con nuevo empuje, a través de VTV con "La Hojilla en TV".

 mariosilvagarcia1959@gmail.com      @LaHojillaenTV

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