Los médicos: salud y salario

Entre las polémicas más interesantes que se han producido en este país, amén de la de los estudiantes, está la de los médicos últimamente relacionada con la salud y el salario, porque se viene a confirmar con mayores evidencias que el mundo sigue siendo oscuro, egoísta y ya insoportable el nivel de injusticias y desigualdades en que el capitalismo salvaje ha sumido a la aplastante mayoría de la humanidad. Polémica que es parte del reflejo de las contradicciones antagónicas del capitalismo y que sólo podrán ser resueltas, en provecho de toda la sociedad, cuando el socialismo triunfante logre izar la bandera del dominio absoluto de la propiedad social sobre los medios de producción en el mundo entero, lo cual dará como resultado la desaparición de las clases sociales, la extinción del Estado y todos aquellos aditamentos que hacen que unos pueblos y otros se vean y se traten como diferentes y como si fuesen enemigos. Pero del dicho al hecho existe un gran trecho por recorrer y no pocas veces resulta costoso en sacrificios humanos, pero es el camino.

 ¡Seamos realistas: vayamos trabajando lo posible pensando siempre en conquistar lo imposible! Ojalá, muy pronto, se produzcan en el mundo entero grandes y exitosas polémicas entre los proletarios, que sus reflexiones sean sobre la base de los intereses del porvenir, definiendo el carácter de las clases, del Estado, de todas y cada una de las contradicciones antagónicas que ha legado el capitalismo al mundo para ultrajarlo y someterlo a la mayoría a la esclavitud, la necesidad de cumplir en la práctica la esencia del principio del internacionalismo revolucionario alzando la bandera del socialismo científico como única alternativa de salvar a la humanidad de las grandes y catastróficas hecatombes a que le conduce la globalización capitalista salvaje. Eso si redundará en la definición del destino del mundo, porque entonces lo imposible se hace posible en los brazos fuertes del proletariado internacional.

 El juramento hipocrático es tan absurdo como aquel que promete luchar por el bien común siendo totalmente indiferente a las necesidades personales. Por algo dijo Engels ante la tumba de Marx, que un extraordinario descubrimiento de éste había sido tan sencillo pero profundo de que antes de hacer política, por ejemplo, el hombre tenía que comer, vestirse, vivir bajo un techo, es decir, satisfacer algunas necesidades primarias de la existencia humana. Incluso, lo enseña la experiencia y lo dice Trotsky, que “… el éxito de una edificación socialista no se concibe sin que el sistema planificado esté integrado por el interés personal inmediato, por el egoísmo del productor y del consumidor, factores que no pueden manifestarse útilmente si no disponen de ese medio habitual, seguro y flexible, el dinero. El aumento del rendimiento del trabajo y la mejora en la calidad de la producción son absolutamente imposibles sin un patrón de medida que penetre libremente en todos los poros de la economía, es decir, una firme unidad monetaria…”

 Lo dicho anteriormente nos obliga o nos hace entender que las luchas por el salario en un proceso que se proponga construir el socialismo son realidades inevitables, que deben tratar de solucionarse en provecho del avance de la revolución. Pero para eso se requieren de dos palancas que reglamenten y adapten el plan de transformación: la política, que tiene que ver con la participación del pueblo en la dirección del país o del proceso ejerciendo la democracia; y la financiera, que depende de un efectivo sistema monetario estable. Los sabios especialistas de la economía saben mucho de esto. Se sabe que la transición del capitalismo al socialismo requiere de un extremo incremento en la circulación de mercancías y eso no puede planificarse sin una política salarial que posea suficiente poder adquisitivo. Creo que el gobierno va en esa dirección.

 Si aceptamos lo anteriormente dicho como válido no sólo nos parecerá correcto y justo que los médicos –por concretarnos al gremio que involucra el título del artículo- tengan su derecho y su deber a luchar por mejora salarial y condiciones de trabajo, pero entendamos también que lo poseen los maestros y profesores que los educan, que les elevan el nivel de conocimientos. Y al mismo tiempo, es vital comprenderlo, igual los tienen los obreros que son los productores de la riqueza social, los que hacen posible los recursos –el dinero- para pagar salario a los médicos, a los maestros y profesores, para invertir en infraestructura y adquirir medicinas para los hospitales, es decir, para garantizar el salario a los que laboran en servicios públicos que dependen del Estado. Ahora, sostener el criterio de que por ser un profesional es una suficiente razón para devengar un salario varias veces superior al de un obrero medio, por ejemplo, es una concepción egoísta e injusta de la vida y del trabajo que demuestra que el capitalismo es ya y para siempre una perturbación cínica para el progreso y desarrollo social. No es lo mismo la concepción que se tiene de la justicia viviendo en una mansión con todas las necesidades materiales y espirituales resueltas que la que se posee teniendo que trabajar de sol a sol y vivir en un rancho donde el cúmulo de las necesidades materiales y espirituales hacen la vida insoportable a la familia del explotado y oprimido por la propiedad privada sobre los medios de producción.

 Un gremio que discuta y decida su lucha salarial y las problemáticas del servicio que le corresponde cumplir ante el pueblo sin la participación de éste, da la espalda a sus deberes y a los derechos de las comunidades. Sería injusto pensar o proponerse, por ejemplo, que los médicos tengan que convocar a una comunidad para preguntarle cómo o con cuáles instrumentos realizar una operación quirúrgica o recetar medicamentos a los pacientes. Pero la problemática de la salud, no sólo es competencia de los médicos y del Estado, sino igualmente del pueblo, que es la esencia de la vida social. Los académicos, esos que se profesionalizan gracias al trabajo de la clase obrera, deberían estar conscientes en saber que las masas, las comunidades, la gente que no ha podido tener acceso a la educación porque el capitalismo se lo niega, carece de metodología científica para discutir o reflexionar sobre las diversas problemáticas sociales. No olvidemos que las masas se hastían de que no las tomen en cuenta, de que las desprecien, de que todo se haga y se decida a sus espaldas, sin que se tome en consideración sus realidades y sus necesidades, ya no les gusta ser los convidados de piedra. Por eso, en un determinado momento y sin tener el conocimiento que poseen los profesionales de las ciencias, comienzan a cuestionar todo lo que les parece negativo y empiezan a inventar como partidarios de lo nuevo, que es el futuro. Las revoluciones tienen mucho de eso y sin eso no se producen, no se profundizan, no transforman a la sociedad, porque es también una manera de aprender, de lograr conquistar conocimientos. El poeta León Felipe decía: “La luz es la que cambia. Iluminar es respetar. Me gusta poner el mismo verso bajo distintas luces, bajo la luz del mediodía y de la estrella. En la mañana no suena la canción como en la noche… y el mismo salmo es diferente leído en el coro por un canónigo ahíto que cantado por un peregrino dolorido y hambriento, sobre el camino abierto del Exodo”.

 La lucha de hoy, bajo la cruel dominación del mundo por la globalización capitalista salvaje, no es sólo por un salario más elevado, sino también por la congelación de los precios en las mercancías de primera necesidad y de servicios públicos obligatorios. Pero por encima de todo, la lucha debe y tiene que ser por construir una nueva sociedad, un mundo nuevo posible que solucione no sólo las básicas necesidades materiales y espirituales de la humanidad, sino también que concluya para siempre con todas las raíces o causas que generan luchas y conflictos sociales en el mundo. Y ese mundo sólo es posible cuando el socialismo ya no deje vivo ningún vestigio importante de capitalismo sobre toda la faz de la Tierra. Y en este destino inevitable, los obreros tienen la palabra final.

 Si parafraseamos al poeta León Felipe, podríamos decir que la justicia no tiene fronteras como el amor. El mundo de hoy, el capitalista, es el de los mercados inmorales y de los garitos. Cuando la justicia se levanta, especialmente sin método y sin academia que son las masas siempre olvidadas y despreciadas por el capitalismo, a denunciar y protestar contra esos mercados y garitos, el explotador se viste con el manto pudibundo de una virtud falsa y pide “paz, paz”, la paz que le garantiza sus mercados y garitos sometiendo al mayor número de hombres y mujeres a la pobreza y el dolor.

 Los pueblos se cansan y se vuelven ‘locos’. Por eso, hacen su revolución. Y es ésta la que les abre las puertas del conocimiento para que se armen de método y academia que los lleve a ser cultos sobre la savia de la economía socialista. Pero antes de construir esa realidad los pueblos que no son académicos, hablan en su lenguaje, ese que en pocas palabras rústicas y hasta graves los hacen decir sus realidades tal como son y exponer lo que desean tal como lo quieren. Esa es, hasta ahora, la única forma en que los pueblos, antes de llegar a ser cultos, inventan o se equivocan, pero avanzan hacia la conquista de un mundo verdaderamente justo y libre. Este será el mundo en que ya nunca más habrá ni una sola lucha por salario, porque el dinero será soterrado para siempre y ningún papel tendrá que jugar en la vida económica de la humanidad.



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Freddy Yépez


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