Cuento

¿Romeo y Julieta?

¡Ah veeeerga!... ¿Tú eres marico, muchacho?... ¿Qué guevonás son esas? - La madre de Wilkinson está que echa chispas. El rostro encendido de la rabia y los ojos fijos en su hijo, son el preludio de unos coñazos que amenazan con incrustarse en el muchacho. Wilkinson retrocede dos pasos y siente la pared en la espalda - ¿Cómo es esa vaina que te metiste a escuálido? – La madre resopla y busca aliento para contener la rabia. Wilkinson siente que la presión baja y hay posibilidad de una tregua. Los brazos que cubrían la cara, bajan de posición y mira al suelo buscando una respuesta. La vaina se le pone fea por que no encuentra una explicación razonable. La madre busca una silla del pantry y lo coloca frente a su hijo con fuerza. – Ahora te sientas ahí pendejo y empieza a hablar ¡Nojoda! De aquí no sales hasta que me digas que coño está pasando… - Wilkinson recuerda.

Hace tres meses conoció a una catirita cuando se dejó llevar por la curiosidad y pasó por la Plaza Altamira. La catira tenía un culo bello y un perfume riquiquí. Hablaba como Laura Pérez y vestía fashion con sus bluyines de marca y la franelita negra con estrellas. El no recuerda a ciencia cierta que pasó, pero se encontró un día con un cuaderno Caribe y un Mongol haciéndole poemas. La catirita hablaba de matar a Chávez y de llevarlo a una bailoterapia en el distribuidor. Wilkinson, no perdía oportunidad para admirar ese enorme culo escuálido brincando en plena autopista. Dios mío, está jevita es mi perdición – se repetía. La velocidad, la cara comprimida por el viento y el deseo hicieron el resto. Wilkinson se jodió. Un día se encontró montado de parrillero en la Harley de la catira. Iba apretaíto a su espalda y no desaprovechó un movimiento brusco del centauro americano, para no caerse y agarrar ese par de pechos que le salvaron la vida. La catira no dijo nada; más bien aceleró con emoción. Esa noche - ¡Que culo Dios mío! – Esa noche acabó el borrador del lápiz buscando palabras para expresar su amor. El peo estaba servido, por que Wilkinson ya no era el mismo. Su mamá pertenece a un Círculo Bolivariano en el 23; no se cae a coba para joder al que hable mal de Chávez y se le vio el orgullo cuando Wilkinson le dijo que se inscribía en la Universidad Bolivariana. La catira, Loly pa’ los panas, era la otra cara de la moneda. No dejaba pasar un cuarto de hora sin echarle la culpa a Chávez de todo lo que pasaba. ¿No había comprado la calcomanía nazi para la Harley? – Ese coño e’ madre no le dio los dólares a mi papi. ¿Hacía calor? – Hasta el clima cambió desde que ese zambo está en Miraflores. ¿Papi no la dejaba ir al cine con Wilkinson? – Seguro que estaba de mal humor por que ese negro se encadenó. Pero, cada diez minutos de quince, la catirita se convertía en ese culo que merecía un poema. Wilkinson tenía un dilema: El culo ó Chávez. ¡Que vaina, panita! – Le dijo el negro José un día.-¿Y que piensas hacer? Por que tu mamá te va a dar unos coñazos si te pones con vainas. La catira está buena, pero la vaina no es para tanto. A Wilkinson se le puso el mundo chiquito - Coño, José. La verdad es que no se pa’ donde cogé. Yo soy chavista, mi hermano… pero ese culo está de más de bueno… sin arruguiiiita, lisiiiiito, redondiiito… ¡Coño, vale! Me tiene con la torre vuelta mierda… Después de la conversación con el pana, se le acabó el cuaderno Caribe de un solo plumazo. Se metía en las cafeterías a robar servilletas para continuar escribiendo y en Sabana Grande, el dueño de una cafetería, lo cazó cuando colaboraba en la merma de sus servilletas; terminó por correrlo y negarse a venderle el marrón que se enfriaba mientras escribía. No se dio por vencido y fue visitando todas las cafeterías robando servilletas y garabateando sus poemas. Lo único que no rimaba, eran las estrellas en esa franela negra. Pero más allá de la franela, dos montañas de suave olor deformaban su amor por la patria bella… ¡Que culo, Dios mío…! ¡Que tetas!

Wilkinson tenía que hacerle caso a esa vieja canción de Rubén Blades y las decisiones son dolorosas cuando no hay más remedio. Su mamá estaba sospechando la vaina. Llegaba a su casa y dejaba rastros de servilletas por todos lados con borrones de poemas inconclusos. A la madre no le arrechaban los poemas, si no que esa pasión poética alcanzara a exterminar los rollos de papel Cruz Blanca. Y el colmo de su amorío fue cuando se robó de la casa un kilo de harina Mamá Pancha para cambiarlo por cinco lápices Berol en el abasto del portugués. ¡La Pinga! Algo está pasando con Wilki… - se escuchó a solas la madre un día. Pasó tres días sin dormir vigilando a Wilkinson cuando llegaba. Le olió los calzoncillos, le revisó los pantalones, buscó debajo de la cama y también levantó el colchón donde dormía. No encontró nada extraño; solo pedacitos de servilletas y papel tualé dispersos por el cuarto, encima del derruido escaparate, la mesita de noche sin gaveta y en una caja que servía de papelera; todo esto adornado por abanicos de madera de lápices que han pasado por el sacapuntas. Está bien que esta vaina sea para repasar matemáticas – rumiaba a solas - ¿Pero para hacer poesía?... ¡No me joda!

Al tercer día de su vigilia, la mamá encontró una prueba que premiaría tanto desvelo. Un minúsculo bikini negro que tenía bordado “NO TENEMOS MIEDO” en la parte delantera. Estaba en el bolsillo derecho de la chaqueta. ¡¿Qué verga es esta?! – soltó un berrido la madre estirando la pequeña pieza. La arrugó a los coñazos y se la guardó en la bata echando pestes, amenazando al cuarto y profiriendo amenazas que sabría no pasarían de unos cuantos vergajazos. Sabaneó a José en todo el barrio por que estaba segura que algo sabía. Eran amigos desde carajitos y si no confesaba, los primeros golpes los recibiría por alcahueta. José no tardó en hablar y contar suavizando el problema. Pero la madre no olvidaba el bordado en el bikini y se ponía más arrecha.

Eran las doce de la noche y Wilkinson no llegaba. Se acabó una paila de café colao, esperando al traidor. ¡Igualito al padre, ese coño e’ madre…! – repetía varias veces apretando el bolsillo donde se encontraba el bikini. Igualito a su papá, pero aquella pantaleta era roja – sacudió los recuerdos. En realidad temía sacarlo y verlo de nuevo para no aumentar la arrechera. Sonó la llave en la puerta y Wilkinson entró en el tribunal más temido por un hijo…

Wilkinson levantó la vista y los recuerdos se esfumaron. Ahí estaba su vieja esperando una respuesta. No encontró ninguna explicación que pudiera aplacar la ira de su madre y prefirió callar su desconsuelo. Trató de buscar refugio en el cuarto y la madre saltó como una tigra para cortarle el paso. ¿Sabes como es la vaina? Recoges toda tu mierda y te me vas de esta vaina ahora mismo ¡Nojoda! - Wilkinson entendió que no había remedio a su amor prohibido y se fue al cuarto a recoger tres pantalones, cuatro franelas, dos camisas domingueras, cinco calzoncillos, tres pares de medias y un par de zapatos de goma de marca indefinida. Un inventario que cuidaba para no joderle el sueldo a la vieja. ¡Esta vaina, cabrón, también te la llevas! – Sintió en la cara el leve roce del bikini negro que resbaló hasta el piso y recogió apenado.

Wilkinson no cree lo que ha pasado. Solo quería llegar a la casa de su catirita en La lagunita para contarle su penuria. Se le ocurrió un verso pero las servilletas se le habían acabado. Entrar a esa casa no era fácil. Pudo burlar a tres vigilantes, seis patrullas, cuatro barras y unas camaritas cuando rotaban hacia otro lado. La vaina jodida sería brincar la cerca electrificada. Se montó en un samán de ramas desplegadas y logró llegar al jardín de su amada. Pero, dos rodwailer entrenados lo arrinconaron y se prendieron mil luces y una alarma de bombardeo que en su puta vida había escuchado. Dos carajos con escopetas lo apuntaron y supo que sabor tenía la grama recién cortada. En medio de la confusión y el pie que le apretaba en el cuello, alzó como pudo la cabeza y reconoció al padre de la carajita con una bata de baño acolchada y su catirita detrás con los ojos abiertos, toda desconcertada. ¡Loly! – exclamó Wilkinson sordamente. ¡¿Conoces a este negrito, Lolyn?! – preguntó el padre a la hija en tono de arrechera. Loly movió negativamente la cabeza tres veces murmurando - ¡Ay, papi! ¿Cómo crees?... Wilkinson volvió a masticar hierba hasta que se lo llevaron.

El inspector incrédulo de tanta historia pendeja, le regaló unas servilletas. Y Wilkinson solo escribió “Por un culo y dos tetas…”

msilvaga@yahoo.com






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Mario Silva García

Comunicador social. Ex-miembro y caricaturista de Aporrea.org. Revolucionó el periodismo de opinión y denuncia contra la derecha con la publicación de su columna "La Hojilla" en Aporrea a partir de 2004, para luego llevarla a mayores audiencias y con nuevo empuje, a través de VTV con "La Hojilla en TV".

 mariosilvagarcia1959@gmail.com      @LaHojillaenTV

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