Hay unos contrabandos inexplicables, y unas ausencias ídem

Presidente Chávez: Hay que reformatear al Panteón Nacional

El Panteón Nacional, el Altar de la Patria, es un lugar bastante curioso. Allí se encuentran al lado de nuestro Libertador una serie de personajes, que bien vale la pena investigar la forma como llegaron allí, porque es muy extraño que se hayan “coleado”, personas que yo no me atrevería en estos momentos a tachar de “no meritorios” para estar allí, porque sería muy atrevido de mi parte, pero sí llama la atención que entre los 8 presidentes que allí reposan, no se encuentre Cristóbal Mendoza; pero allí están muy campantes Raimundo Andueza Palacios y Francisco Linares Alcántara.

¿Porqué entre las 142 personas [*] que moran en el Panteón Nacional hay sólo 3 mujeres, o sea apenas el 2,11% de los que allí se encuentran? ¿Sólo Teresa Carreño, Luisa Cáceres de Arismendi y Teresa de la Parra merecen estar en el Panteón Nacional?

En el Panteón Nacional sólo se encuentran 4 artistas plásticos: Carmelo Fernández (sobrino de Páez), Cristóbal Rojas, Martín Tovar y Tovar y Arturo Michelena. ¿No hay más? Al lado de 5 rectores-médicos de la Universidad Central (José María Vargas, Guillermo Michelena, Carlos Arvelo, Francisco Antonio Rísquez y Luis Razzetti, se encuentran dos médicos poco conocidos como Juan de Dios Monzón (quien se ha hecho acompañar por su hijo de igual nombre) y Pedro Bárcenas. Seguramente en las universidades del interior nunca hubo rectores que merezcan el honor de acceder al Altar de la Patria, como Jesús Enrique Lossada, por ejemplo.

Abogados tan notables y que dejaron un legado histórico para estar en el Panteón como José Prudencio Lanz, Pedro Bermúdez Cousin y Wenceslao Urrutia. No discutimos los méritos de nuestro prócer Rafael Urdaneta, pero ¿qué hace allí su hijo el señor Adolfo Urdaneta Vargas?

En Venezuela nos llenamos de orgullo porque el nombre de nuestro Precursor se encuentra en el Arco de Triunfo en París; pero aquí en el Panteón se encuentran Luigi Castelli y Agustín Codazzi (italianos); Johann Uzlar y Heinrich von Lützow (alemanes), éste último, como dato curioso fue enterrado con el nombre de Henrique Luzzon); Charles Minchin y Thomas Green (ingleses); Daniel Florencio O’Leary (irlandés); el muy controvertido marino francés Renato Belouche (¿héroe o villano?) y Luis Brión (curazoleño).

¿Sabían que al lado del Libertador se encuentran personajes como Juan Domingo del Sacramento Infante, José Luis Ramos, Blas Bruzual, Víctor Barret de Nazaris, Juan Fermín Colmenárez, Miguel Gil, Lorenzo Bustillos, Miguel Bracho, Juan José Conde y Carlos Núñez Matos, entre otros? Hay un personaje famoso por su sobrenombre “El Agachao”, quien es nada más y nada menos que…. José de Jesús González.

Hay que ver lo que le costó a Cipriano Castro entrar al Panteón Nacional, que tuvo que esperar a que llegara Hugo Chávez a Miraflores; pero allí entraron en “vivo y en directo” Manuel Ojeda Muñiz, Antonio Leocadio Guzmán, José Miguel Barceló y Andrés Olimpo Level. Lo de Antonio Leocadio Guzmán se entiende por la palanca de su hijo -que allí lo acompaña- Antonio Guzmán Blanco, pero ¿y los otros? Yo no soy historiador, pero me gustaría saber cómo y porqué llegaron los cadáveres de estos compatriotas en forma tan expedita hasta el Panteón Nacional.

Mientras “El Agachao” descansa en paz en nuestro Panteón Nacional, lamentamos las ausencias de Francisco de Miranda y Antonio José de Sucre. El primero porque sus restos no se han encontrado, y el segundo porque los suyos reposan en la Catedral de Quito… y ¿cómo los sacamos de allí?

“Los designios del Señor son inescrutables”, pero hay muchos coleados en nuestro Panteón Nacional y hay otros que deberían estar allí, y cuya lista es bastante larga, pero me atrevo a sugerir dos nombres del Estado Lara: Pío Tamayo y Cecilio Zubillaga Perera (Don Chío), dos de los más ilustres olvidados e ignorados de este país.

Democratizar el acceso al Panteón Nacional y reformatearlo es un deber ineludible de nuestro Gobierno, porque si bien los muchos compatriotas que están en la cola están muertos, es un deber nuestro colocarlos allí, en donde deben estar, porque es un acto de justicia, aunque si la justicia es tardía no debe llamársele así.

Me gustaría oír la opinión de nuestros lectores sobre las personas que a su juicio deberían estar allí. Sobre los coleados y para no causar agravios innecesarios, le dejaríamos esa tarea a una “junta de notables” para que se encargue de hacer la selección correspondiente.

Nota:

[*] No estoy muy seguro de esta cifra. ¿Habrá más?

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Omar Montilla


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