Ayuno: ¿disciplina del hambre?

Antes de comenzar, me disculpo de un olvido nada ejemplar en mis letras de hace varios días, ("Los griegos, aquellos ¿desatados?"), donde pasé por alto al hermano Esquilo entre los trágicos griegos, imperdonable, pero, como diría mi amada esposa, "tratándose de ti, el detalle es comprensible". Bella ella.

Prosigamos: De esa parte mítica o cierta del ayuno del cristiano mayor, sólo nos quedan los cuarenta días, que se suponen fueron los que pasó en el desierto, alimentándose sólo de agua, langostas y miel, que si fuera yo, en las primeras de cambio, me quedo con la sola miel, aunque no creo que soporte más allá de día y medio con aquel calorón. Sin embargo, sí conozco el ayuno y su efecto removedor, aunque, repito, nada que ver con una data tan larga como la del cristiano mayor. Fueron tres días en un ashram que dirigió La Gran Fraternidad Universal, por allá en los 70, cuando este escribano pertenecía por entonces a esa vegetariana organización. Recomiendo a cada ser que posea algo de auto-estima, dedique aunque sean tres días de su vida en ayunar, para que vea lo que es removerse la vida que arrastra, al pie de la letra, inserta en sí mismo, desde complejos hasta el ego que enaltece con su orgullo y remienda a diario a punta de hipocresía.

Pues bien, para empezar, el ayuno nada tiene que ver con "pasar hambre". Es una disciplina en aras de lograr cierta firmeza tras la carencia del alimento, en principio, un "no comer" adrede, para recibir un sustento en otra categoría o nivel, pues elimina de primer sopetón, la soberbia, para encimar la voluntad sobre un muro, que se desvanece al no proveerle el alimento elemental que espera el cuerpo; la segunda, más importante aún, un estribo que nos monta en otra perspectiva digestiva, porque es otro alimento que satisface en dirección a lo sublime, mejor, a cierta paz que eleva, que no la ofrece ni siquiera un buen libro; quizá, una vista panorámica, una buena música, un atardecer, pero el panorama del ayuno lo es de larga estancia, y desde adentro. Claro, hay que romper ese hollejo que ofrece la resistencia del estómago vacío, y como por un chasquido con los dedos, se desaparece el nudo de la garganta, te tomas otro vaso de agua y el cuerpo queda a merced de tu propia voluntad. Luego, el silencio, que también es otro. Es no escucharte, mira que ni sospechas la falta que nos hace. Se descubren cercanías de las que menos esperas. Interiores sobretodo. Aprendes a ser humus. El término "humildad" tiene que ver con ello, te haces tierra del planeta, en el sentido más básico y fértil que está disperso sobre él. Y desde adentro, las gracias afloran solas.

Conoces el amor, perdón, Amor, lo que no se precisa a diario, el que mueve donde estás parado, más que un término, un Ser que Anda, yo lo llamo además, Tierra, en realidad, a La que uno jamás está atento; la atención, se transforma en otra. Me acuerdo de aquellos cuatro irlandeses del IRA que hicieron huelga de hambre por allá en los 80, y al final de sus días, hasta perdonaron a la Thatcher, y la apocada mujer, sólo los insultaba por su decisión suicida. Recuerdo que mi hermano Miguel James, me dijo entonces, "¡Qué va a saber burro de chicle bomba!". Fue la primera vez que escuché ese ¿refrán?

El ayuno es impregnar de otro aderezo a la vida, ni siquiera debes comentarlo cuando se te ocurra aplicártelo, eso sí: camina por donde no lo haces, pero lo más importante, en lo posible que sea Tierra, nuestra nación-madre. Elige entonces, un sitio donde estar contigo mismo; en lo personal, me encanta el Waraira Repano cuando estoy en Caracas. Lo único: agua, un limón y un libro si prefieres. Hay una concatenación entre nosotros y el suelo que pisamos que no se experimenta en lo diario, sino en el propósito del ayuno; parte de allá hacia acá, es una comunicación, y lo primero que hace es aflojar nuestra garganta; el aire se transforma, es más fresco, el entrecejo se afloja y tranquiliza y desde el interior, aflora cierta sonrisa que es indicativa del verdadero rostro tuyo, que usualmente no conoces. Y sí, es necesario conocer de otras experiencias vitales que son tan importantes como hacer el amor por supuesto, pero creo que de igual manera, esta humanidad debe aprender a forjar su voluntad, que antes de cualquier imperio amenazante, el ego y sus lacayos, principalmente el consumismo hacen vida diaria, insertos en nuestros propios cuerpos.

El ayuno es una manera a la mano, que podría partir desde nuestros padres, pues ejercita por un lado, la voluntad personal, así como a fortalece al organismo, pues durante su práctica, nuestro cuerpo genera microorganismos que lo capacitan en el desinterés por lo superfluo, las banalidades "impositivas" que nos penetran a diario vía los aparatos de consumo hacia nuestros sentidos, que si por el olfato, el gusto, el tacto, la vista, la audición, reales portales por donde invaden nuestra vida diaria. Por supuesto, hay que saber claro está, cómo implementar semejante disciplina, pues con tantas malas lenguas que critican al proceso, pueden hacer "bienmesabes" con él y lo que aquí se construye.

A mi modo de ver, la estrategia debe ser agnóstica de cualquier punto de vista, no vaya a ser que la mala intención arrope tan valiosa disciplina, desapareciéndola al nacer, o en la pura intención de su bosquejo; casi diría que debería implementarse partiendo con ejercicios de psicofísica, a manera de conocer el alimento de la respiración, con grupos proselitistas, nada de anoréxicos por supuesto, que irradien su beneficio hacia otros grupos sin afectar el fondo intencional, que no es otro que el de superar la barrera de la buena salud, a través de la voluntad y cercanía con el planeta; conocer mejor nuestro cuerpo sutil, el lobby que absorbe a diario la infinidad de mensajes exteriores y afectan sin remedio, ad litteram, la salud de nuestros inocentes paisanos.



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Arnulfo Poyer Márquez


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