Arrebiates políticos

—¿Usted se acuerda de aquel hombre que escribía cosas para teatro y televisión, compai?

—Usted acaso me ha visto la cara de farandulero o de artista.

—No vale, es que el hombre era muy bueno en su cosa. Él tenía una voz así gruesa y siempre andaba como despeinado, muy buena pluma era el hombre.

—¡Ah! Ya sé a quién se refiere usted. Ya va que tengo el nombre en la puntica de la lengua, recuerdo la imagen. Usted dice aquel que era de los lados de Catia.

—Ese mismo. Que fue muy sentida su muerte, porque como ese no había otro cuando escribía los artículos en el periódico.

—Ya va. Espere ahí. Se llama Ca, Cabruta, así no era. Cabrujas es la vaina.

—Ese es. José Ignacio Cabrujas. Así es como se llamaba el hombre. Que Dios lo tenga en su santa gloria.

—Muy bueno con la pluma era, como usted dice. Escribía unos artículos muy buenos y cuando tenía que cantárselas a quien fuese no se iba por las ramas como estos matarifes de ahora. Un hombre embraguetao.

¿Y qué le trajo al recuerdo ese Cabrujas?

—Él escribió una vez un artículo sobre los adecos y copeyanos, no recuerdo bien.

—¿Uno? Escribió varios. Yo me acuerdo de uno en particular. No me acuerdo de memoria, porque no le voy a exagerar, que excedido no lo soy.

En el artículo decía algo más o menos así, le voy a hacer un parafraseo, creo que así se dice: Que en este país lo único que hacia falta para ser totalmente felices era que los adecos y los copeyanos se fueran del mismo.

—Cómo que me leyó la mente, compai. De esas mismas palabras es que me venía acordando.

—Claro, los tiempos eran otros. Y estos chavecos no estaban por todo esto.

Mire, que ahora la felicidad la han espantado de este erial. Todos andamos con la cara larga, de hambre y de desesperanza. Todos andamos suspirando a lo lejos imaginando cuando se irán estos desalmados.

Si antes eran los adecos y los copeyanos los que tenían que irse, ahora son los chavecos y todos esos otros del otro lado que le hacen la corte. Y viven de la renta. Estos, unos y otros, lo tienen a uno abollao llevando más palo que gato en celo.

No se sale de un solo agite. Se han aprovechao de uno el bolsa para ellos vivir a cuerpo de rey.

—Cuando desaparecieron aquellos aparecieron éstos, que se parecen a las plagas de Egipto. Son unas langostas.

—Muchos no desaparecieron solo se transmutaron en regolucionarios y por dónde pasan arrasan, ni el bárbarazo aquel que acabó con tó.

Es que pa´la perdición del mundo el diablo compró un violín, decían de enantes. Y pa´dejar el coroto estos no mueren de apuro. Dicen que andan en reunión allá o en una reunión acá. Qué cuánto hay paésto y cuánto pa´quello, en eso se la pasan llenando la marusa. Estén donde estén, solo piensan en sus bolsillos. Bendito sea Dios.

Y uno llevando parejo. Porque cada quien hace de su camisa un saco y de aquel un puchero. Esto se cuenta y no se cree.

Que se iba a imaginar el señor Cabrujas que ni felicidad iba a quedar en este fangal. Y la gente pensando que votaba para mejor y que vao. Porque la culpa ahora se la echan al votante y no al gobernante. Cómo que si quien votó hubiese votao pa´pasar hambre y necesidades. La culpa es que de esos vagabundos que están en el gobierno que lo que han traído es miseria y desolación. Los llaman los manuelitas porque no pueden ver un bolívar porque se lo cogen.

—En verdad, quien se podía imaginar que esto iba a llegar a este estado de miseria.

—Por un lado mucha miseria, y por otro unos viviendo como unos jeques. A esos no les falta nada. Mire un kilo de leche, que ahora son 900 gramos porque ahora parecemos ingleses nada pesa un kilo ni nada es un litro, cuesta 30 mil soberanos, es decir, cuesta casi un salario mínimo; pa´completar compra un pan dulce y ahí se le va el salario del mes.

¿Cómo se le hace un tetero a un muchacho? Pero no falta un lambisquión que sale ha decir: «la caja trae una leche muy buena, de primera calidad». Metete esa caja en el escaparate provoca decirle.

—Si a ese precio está la leche en polvo. Esto se lo llevó quién lo trajo.

—O corren o se encaraman, porque a la gente se le montó el rusio. Si no estuviesen los verdes y los vestios de negro amenazando a la gente, ya le hubiesen metido candela a más de uno. A estos arrebiates hay que quitárselos de encima ante que lo maten a uno.

Bueno lo dejo porque voy a fiar una yema, que está a más de mil soberanos y sin pelar.

Y le dijo: Por ahora, apriete.

 

 

 

 

 

 

 

 








 



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Obed Delfín


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