El mito de la caverna

—Compadre, pensé que andaba por ahí gastándose el bonazo que dieron.

—Pensaba irme para Duguai y alquilar un cuarto en ese hotel de siete estrellas.

—No es pa´tanto tampoco. Para algo sirve.

—Su palabra vaya alante.

Pero le dijo algo, toda esta guarandinga que pasa y está pasando me recuerda a lo que una vez me contaron que decía un libro, creo que el autor era de esos antiguos y se llamaba algo así como ponchera, palangana, era algo como así; y el hombre hablaba de un cuento de la caverna.

—¿Así no era qué se llama el bar del callejón?

—No vale, ese era el hoyo vicioso que lo regentaba el paisano, que Dios lo tenga en su santa gloria.

Yo le hablo de otra cosa, el cuento que echaba ese hombre había ocurrido por allá por Grecia, creo. Pero se asemeja mucho con todo esto de ahora.

—Pero, antes cuénteme de qué trataba el tal cuento ese de la taberna.

—De la taberna, no vale. El mito de la caverna y es muy famoso. Es raro que usted no lo haya oído mentar, usted que se la da de tan curto.

La cosa trata de lo siguiente:

Imagínese que estamos sentados un poco de bolsas, de tarugos en algo así como un cine, porque la cosa estaba a oscura según contaba ese compita. Mirando con la boca abierta para una pared que está al frente, una pared blanca. Sentados, parados, en fin todos apretujados como viaja el pobre en el Metro, estorbándonos unos a otros y con la mirada fija para la pared, más o menos como anda uno en esta vida todo apendejeao.

Y por detrás o a espaldas de los que estamos sentados hay un pasillo, y por éste pasan unos vivos, que nunca faltan, con unas cosas sobre la cabeza, digamos unas bacillas de barro, unos platos, unos muñecos de barbotina y otras cosas de esas.

—¿Y quiénes son esos que pasan cargando esas cosas?

—Ah, bueno. Imagínese que esos que pasan con esas cosas cargadas en la cabeza son los dirigentes digamos de justicia primero, de voluntad populachera, del PSUV, porque este partido se trago a todos aquellos partiditos que se llamaban de izquierda ¿se acuerda? Había un bojote de esos partidos, no quedo ninguno; a lo que se acomodaron en algún carguito en el gobierno se les acabó la habladera. Incluya también uno que he oído mentar que se llama resaca socialista. A los periodistas medio embusteros también los puede meter en ese lote.

En fin esos que pasan por allí caminando y vociferando a todo gañote son esos dirigentes y periodistas, que se la pasan hablando en la televisión y en la radio hasta por los codos todo el santo día. Embolatando a la gente como unos truchimán. ¿Entendió?

—Más claro, ni la caña clara. Todo entendido.

—Pero, al cuento le falta todavía.

Porque hay unos, óigame bien, hay unos y estos son poquitos que tienen unos reflectores que alumbran hacia la pared, que está al frente de todos aquellos tarugos de los que hablamos al principio. De los bolsas, pues.

—Lo recuerdo.

—Como usted sabe, si uno se para delante de un faro uno proyecta su sombra. Como las sombras chinas.

—¿Cómo la hija del chino del abasto?

—No vale, la sombra de uno, del cuerpo de uno. Ésta se proyecta en la pared o en el piso.

—Ya caí en cuenta. Ahora si entendí.

Como en el cine de antes, que pasaba la película por el proyector y ésta se proyectaba en la pantalla.

—Ecole cua. Así mismo.

Bueno, sigo con el cuento. Los aprovechados que tienen los reflectores proyectan las sombras de los objetos que cargan en la cabeza aquellos dirigentes. Y entiéndame bien, estos que tienen los reflectores son los que tienen el poder bien agarrao, esos son pocos conocidos y no salen mucho por allí dándose aires. Estos son los que en verdad mueven los hilos del coroto. Son de uno y otro bando por igual, y están entre ellos bien encompinchados. Y no necesariamente tiene que ser un político, aquí lo importante es que tienen el verdadero poder, es decir, tienen al toro agarrao por los cachos.

¿Y qué hacemos los bolsas? Pensamos que esas sombras son puras verdades y que las voces que oímos no son falsos ecos sino verdades. Nosotros no estamos viendo ni a los dirigentes ni lo que éstos llevan encima de la cabeza, muchos menos vemos a los que tienen los reflectores. Lo que vemos son las sombras que se proyectan en la pared y creemos que esas sombras son la verdad.

¿Qué quiere decir todo ese mito?

Que nos tiene todos engañaos y distraídos esos muérganos. Y nosotros creyendo que estamos viendo y oyendo la verdad, y lo que vemos son espectros, fantasmas, apariciones. Y con eso nos van llevando pa´l matadero y que uno crea lo que ellos quieren que nosotros creamos.

Qué le parece ese trabajito que nos tienen montao. Es como una brujería. Uno viendo fantasma y comiéndose el cuento que le están diciendo la verdad. No hombre, todo engañados vivimos; esa es la pura verdad. Por eso el bolsa es bolsa y lo demás es cuento.

Bueno, voy para allá abajo haber si compro un real de sal.

Por ahora apriete.



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Obed Delfín


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