Los dañeros y el tremedal

—Compa anda cómo atarrillao ¿Qué le pasa?

—Nada vale. Aquí pensando, es que leí esa novela que escribió el Presidente.

—¿Cuál Presidente? Si éste no ha escrito ni una lista de mercado. Usted está como alucinando, seguro que se vino por la esquina de ahí arriba y ahí hay una humareda que trastorna el juicio, déjese de esas cosas compita.

—No hombre. Dios me libre que ande yo con esos malos vicios ahora después de viejo. Y no me refería a este de ahora, sino al otro al que era doctor o general. Es que no me acuerdo del bendito nombre.

—Cuándo ha visto usted aquí a un general escribiendo novelas. Las podrán actuar, pero escribir eso nunca. Usted está como confundió, será el hambre.

—Eso último no se lo discuto. Me refiero al Presidente que tenía el mismo nombre que el otro y eran del mismo partido. Es que lo tengo en la punta de lengua y no lo recuerdo. El que escribió la novela del llano.

—Ah caramba, hombre. Usted se refiere a don Rómulo Gallegos. Ese hombre no era general, era un civilista por la calle del medio. Ese sí era un hombre de valía. No como esta parranda de pelafustanes que hay ahora de mayordomos de este hato, están ahí solo para llenar la marusa y nada más.

—Ese mismo es. ¿No era general? Imagínese usted, pero tenía con que llegar a eso y más. A él le dieron un golpe de estado, ¿verdad? Porque esa es la costumbre en este estero, y así se agarran el coroto pa ellos.

—Ese mismo ¿Y a cuento de qué viene usted con lo que leyó? Y dígame qué leyó, porque don Rómulo Gallegos tienes muchas cosas escritas.

—La novela de la mujer esa que era más mala que guardahúmo, que le decían la dañera. ¿Se acuerda? Usted debe haberla leído, porque usted es un hombre muy instruido y versado en esas cosas.

—La novela «Doña Bárbara» es a la cual usted se refiere. ¿Verdad?

—Esa misma. Yo mientras leía aquella cosa tan buena pensaba, esta novela como que se parece a lo que estamos viviendo ahora. Porque aquí el que está mandando se agarra como si fuese suyo lo que le corresponde y lo que no. Ponen el lindero a donde bien les da la gana, todo para su bolsillo y muertos de la risa.

La ley la imponen ellos a lo bravo y a los demás nos arrean como ganado manso. Lo naricean a uno como les provoca y cuando les provoca. Y uno callado el hocico, porque sino lo enguaralean y para el pote.

—No le voy a quitar la razón en lo que dice compadre.

—Mire usted, que según la novela la Doña Dañera todo lo conseguía con malas mañanas y brujerías. Qué le parece. Y en eso se la pasaba todo el santo día, viendo a ver a quién le ponía el ojo para lanzarle el maleficio y quedarse con lo que ese cristiano tenía, se lo expropiaba a la brava.

Nada era por la buenas, para eso tenía comprado a cuanto juez aparecía por el camino, y éstos mansitos. Porque mientras haya manteca para engrasar el negocio, esos no se paran en cuento para firmar sentencias. Ese don Rómulo tenía el ojo fino para mirarle las costuras a todos estos muérganos y picaros.

—Parece una fotocopia de hoy en día.

—Fíjese que esto llegó y se convirtió en un erial, en un desierto. Aquí lo que hay es sequía y el candelero por todos lados. Y que hacen estos manirrotos, mandar a sus cuatreros para que le den palo al que sale a decir algo. Al que está en contra del mayordomeo le mandan a los brujeadores para que los cacen como bestias persiguiéndolas día y noche, sin dejarlas pacer ni dormir.

No sé, pero a mí esa novela me recordó mucho este presente. Este tremedal en donde lo que impera es la barbarie y el daño. La maldad de hacerlo pasar a uno hambre y necesidad, con eso lo tienen a uno sometio. Lo que hacen con uno es cachapearlo, desfigurarlo como persona y ciudadano si es que de eso queda algo por estas quemazones.

Le aplican uno encima un remoquete, porque para eso si son buenos, y lo remarcan a uno para todo lo que tiene que hacer. Quieren que uno piense igual que ellos y les crea todas sus mentiras, porque cuenteros son.

Encajonao lo tienen a uno entre el hambre y la miseria, de ahí no lo dejan salir. Viviendo en la necesidad estamos y nos tienen. Ya les saldrá su cacho y haber que tan guapos son.

—Qué le puedo decir, cómo le llevo la contraria compadre.

—Estos, le dijo para que le quede claro, son unos dañeros. Lo que buscan es dañar a la gente y por eso han convertido esto en un pajonal reseco. Todo lo han hecho a las malas. Actúan y dan discursos como si fuesen los mayordomos de este estero que en poco lo llamaran «El Miedo», por aquello del terror que se la pasan aplicándole a uno para que se quede callao y tranquilito.

El día y la noche se les va en mayordomear aplicando el abigeato a los dineros públicos; porque el ganado ya se lo comieron en las parrilladas que hicieron y solo se comieron el puro lomito, están cebaos. Y en eso de vajear a la gente están mentados, se la pasan todo el santo día echándole a uno encima el vaho con sus peroratas para perturbarnos los sesos con malas artes.

Pero yo le dijo que esto está que se trambuca; este bongo está apuntico de volcarse, porque trastornados tienen el juicio de tanta doctrina rancia. Esto es un desbarajuste. Y no es que yo les desee mal, pero esto no da para más. Los dañeros y su convite nos están mirando y les falta el resuello, porque el agua la tienen al cuello y no hay cabrestero que los ayude a esguazar este paso de río. Van directo al tremedal.

Nos vemos más tarde, que voy a comprar unos plátanos amarillos y se me hace tarde.



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Obed Delfín


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