Tres diagnósticos

Artículo dedicado a :Claudio, Felipe y Henri;para que cada uno escoja su pecado

I.Diagnóstico de la soberbia

Santo Tomás Moro (1478-1535), humanista, jurista y político inglés, canciller de Enrique VIII, hace este acertado y profundo diagnóstico de la soberbia en su obra Sobre los pecados capitales:

La soberbia es la misma cabeza y raíz de todos los pecados. Es la madre perversa de todos los vicios... La ira y la envidia son bien conocidas como las hijas de la soberbia, ya que surgen de una alta estima de nuestro yo... El lujurioso sabe que su conducta es inmoral y siente remordimiento. El glotón se da cuenta de su falta y algunas veces piensa que es una bestia. Al perezoso no le gusta su flojedad y lo mueve a enmendarse. Pero el soberbio, que en su propia opinión se toma a sí mismo por santo, es el que está más lejano de toda cura. Porque, ¿cómo puede enmendar su falta si para él no existe, si piensa que todo lo que él hace está bien y nada de lo que otros hacen, y cubre su propósito con el pretexto de algún propósito santo que nunca iniciará mientras viva, y se cree que su ira y enfado es el celo santo de la justicia? Y así, mientras admira orgulloso sus vicios, se encuentra muy lejos de enmendarlos.

Nos encontramos ante una genial descripción de la soberbia, primero de los pecados capitales.

Es un pecado difícil de enmendar. El mismo Tomás Moro dice: "Aquellos que a causa de su soberbia se creen buenos, aunque son malos, están lejos de toda oportunidad de enmienda, salvo la llamada de nuestro Señor, que siempre está a la puerta del corazón del hombre y llama a golpes. A Dios le suplico que le escuchemos y le dejemos entrar".

II.Diagnóstico de la envidia

Tomás Moro nos presenta esta afinada descripción del pecado de la envidia:

La enfermedad de la envidia es un doloroso tormento que nos consume por dentro. La envidia es un tormento tal que todos los tiranos de Sicilia jamás inventaron uno peor. Absorbe los humores del cuerpo y consume la buena sangre, decolora el rostro, borra la belleza, desfigura el semblante dejándolo en los huesos, flaco, pálido y macilento, de tal forma que una persona bien trabajada por la envidia no necesita ninguna otra imagen de la muerte sino su propia cara en el espejo. Este vicio no es solo diabólico, sino también muy estúpido. Porque, aunque la envidia hace todo el daño que puede ahí donde triunfa, aun así, como por lo general lo peor envidia lo mejor y lo más débil lo más fuerte, ocurre en su mayor parte que así como el fuego del volcán Etna solo se quema a sí mismo, así la persona se irrita, se enfurece y se quema en su propio corazón, sin habilidad ni capacidad de hacer daño al otro.

Presentar la envidia "como un fuego que se quema a sí mismo" es un gran acierto psicológico. La envidia, además, decía Napoleón, "es una declaración de inferioridad". La envidia así descrita por Tomás Moro y Napoleón da lástima y repele. De este modo, alejarnos de ella nos resultará más fácil.

III. Diagnóstico de la ira

Tomás Moro, amigo de Erasmo de Rotterdam y uno de los máximos exponentes del humanismo renacentista, hace esta descripción de la ira:

La ira es una fiebre feroz y violenta... La verdadera raíz de este vicio es la soberbia... [Los iracundos,] por muy sencillos que vayan, por muy humildes que parezcan, los verás enojadizos por cualquier bagatela de nada. Incapaces de asumir bien un chiste que les afecte, no pueden soportar ser contrariados de manera razonable, sino que se enojan y se enfurecen si su opinión no es aceptada y su influencia no es alabada. ¿De dónde viene este enfado sino de una raíz oculta -pensar demasiado en sí mismos- que llega a sus corazones cuando ven que otros los estiman menos de lo que ellos mismos se creen merecer? ¿Te das cuenta también de que pensar tanto de uno mismo es más de la mitad del peso de nuestra ira?... Ese sentimiento de enfado surge de darnos mucha importancia: y por eso nos movemos con ira y desprecio contra aquellos que nos disgustan al mostrar en su conducta que les importamos menos de lo que nuestro soberbio corazón espera. Aunque no lo anotemos así, esto significa en realidad que nos creemos dignos de mayor reverencia de la que nosotros mismos damos solo a Dios... Por tanto, esta herida mortal de la ira, de la que crece tanto daño que hace a los hombres no ser ellos mismos, que nos lleva de frente al filo de la espada, que nos lleva a correr ciegos para la destrucción de otros con nuestra propia ruina, no es nada más que una maldita rama que surge y brota de la raíz oculta de la soberbia.

La envidia y la ira son hijas de la soberbia, y la soberbia es el peor de los vicios, porque hace de nuestro "yo" un falso dios al que hay que sacrificarlo todo. La soberbia no entiende de enmienda, porque piensa que nunca está equivocada.



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Luis Antonio Azócar Bates

Matemático y filósofo

 medida713@gmail.com

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