Miedo a ser socialistas

La fábrica de salsa de tomates. Dice la leyenda que una vez Chávez dio un mandato a sus ministros de activar una fábrica de salsa de tomates. Al tiempo hizo una visita al lugar transmitiendo desde ahí su programa "Aló presidente". En un pedazo del programa Chávez decidió visitar la Fábrica recuperada que servía de "cuadro de fondo" al set. Pero, dice la leyenda que, la fábrica no estaba produciendo nada, no estaba funcionando, ni siquiera tenía tomates, por eso, el alto funcionario responsable (de cuyo nombre jamás quisiéramos acordarnos) da la orden a sus subalternos para que fuera cargada la planta en tiempo record de tomates, frascos, etiquetas, cajas. etc. Se dice que Chávez se percató del bochorno y retardó su visita un poco, dándole la oportunidad al ministro de culminar su tramoya y sus salsas de utilería. Luego de que las falsas imágenes se recibieran en televisión concluyó el acto. El ministro fue amonestado fuertemente con algunas maldiciones y regaños y remplazado de su cargo.

Otra leyenda cuenta que, algunos ministros y funcionarios "finalizaban" un acto político en Caraballeda. Los altos burócratas imaginaron regresar a sus casas temprano, tuvieron en mente echarse uno tragos, otros salir a comer fuera, otros más verse con sus amantes y concluir reposados el día. Hasta que un emisario de la casa militar les informa que pronto aparecería Chávez, que ninguno se moviera de su sitio. Cuenta esta leyenda que un joven ministro maldijo a su comandante mil veces, que lo insultó a viva voz llamándolo marginal, militar pendejo y todos los improperios más hostiles que alcanzó oír el pueblo de a pie, el cual había sido arrastrado por la presencia de su presidente, al ver aquel agite de la guardia de honor.

El entorno del presidente Chávez ha sido el origen de muchas leyendas como estas. Muchos testigos y muchos protagonistas de ellas. Casi todas enaltecen al comandante, pero en la mayoría ponen mal parados a muchos de sus subalternos, la mayoría acostumbrados a estafar al jefe, aprovechando la inmensa candidez que lo caracterizaba, incapaz de prejuiciarse de sus colaboradores, pero implacable a la hora de los regaños y las amonestaciones.

Muchos de ellos lo hicieron por soberbia y flojera, otros por ignorancia y adulación, pero la mayoría nunca se comprometió con sus sueños y su manera de ver la política. Tuvo como resultado un repliegue gradual hacia las posturas más cómodas; delegando responsabilidades a empresarios pícaros, contratando asesores y técnicos, empresas especializadas, publicistas, con la finalidad de dejar espacios y tiempo libre a las utilidades del poder. Todo esto a espaldas del presidente.

Quizás, cuando Chávez murió, ya casi todos estos burócratas aburguesados habían instalado en sus estructuras ministeriales buena parte del aparato técnico y especializado con el cual opera a diario el capitalismo. Si tenías que hacer una revista corporativa la contratabas a una agencia de publicidad, si tenías que imprimir unas pancartas y franelas, contratabas a una publicidad (si era de tu familia, mejor), si tenía que agitar un marcha política, contratabas otra "agencia de publicidad" (si era tuya, mucho mejor), si tenías que hacer política, contratabas a una agencia de publicidad.

Pero lo mismo pasó con la producción en las empresas "socialistas". Estas empresas fueron cayendo en los mismos vicios del capitalismo porque los elegidos, signados para supervisarlas, para formar consciencia del deber social a sus trabajadores, para vigilar que el socialismo se instalara en la conciencia de cada uno en el mismo espacio y proceso de producción, de transporte, distribución y mercado, estaban distraídos con alguna amante o amigo en la playa, conspirando en algún fino restorán en contra de Chávez y en contra de aquellos que sí estaban trabajado y que sí tenían cosas importantes qué hacer en sus casas o en sus oficinas o en el campo de trabajo. La mitad de estos cómodos aburguesados conspiraba, la otra gastaba dinero como locos, para al final… ¡todos gastar dinero como locos!

El límite de sus voluntades estaba sujeto por sus manías pequeñoburguesas: "¿Para qué seguir con esto si ya tenemos todo lo que quisimos?": poder, y dinero que gastar, lo demás: cada cual le dio su toque personal (un detalle exquisito de poeta y embajador, ¡intelectual con vida de meritócrata!, aquella solo el ¡poder!, el otro ser un Gargantúa, otro más la eterna juventud, y así hasta completar la nómina de burócratas inatisfechos…, desde comprarse una casa grandota hasta cambiarse de sexo.

Pero ninguno de ellos (y ellas), en el fondo, quiso cambiar la sociedad, darle vuelta a la tortilla, ayudar al comandante, o inmolarse junto al comandante Chávez; fue suficiente con ascender en la escala social. Ninguno estaba dispuesto a sacrificar toda una vida por la gran empresa de construir una sociedad justa e igualitaria; justificar sus existencias por la revolución, para eso había que ser apóstol de la revolución, recibir llamadas día y noche, demandas de Chávez de día y noche, trabajar día y noche, como el comandante. Se trataba de un lógica simple: mientras más de ellos estuvieran trabajando, con responsabilidad y ahínco, menos presión sentirían desde fuera, solo la propia de cada cual que prescribe su propia conciencia.

Una fragmentación interior; por un lado la lectura, la teoría, la poesía, y por el otro la ambición por razones pueriles, un abismo de insatisfacciones materiales casi imposible de llenar; por un lado un moralismo y muchos prejuicios reaccionarios y por el otro los vicios privados. No creyeron ni creen en el socialismo, Un Elías Jaua no cree en el socialismo, ellos se conforman con los méritos que le proporciona hablar de socialismo, pero mienten con mucha facilidad, lo falsifican en el discurso cuando actúan como capataces de haciendas o como viejos hacendados, con sus mañas y vicios, en la práctica no son nada diferente que lo que dicen que quieren cambiar.

Marcos Luna 29/10/2018



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