Nuestra indignación y nuestro compromiso

Muchas veces no atendemos a los problemas de los otros porque consideramos que no es asunto nuestro. Además, argumentamos que esta despreocupación es signo de la expresión de nuestra independencia negando, de esta manera, la interdependencia en la que estamos sumidos y queremos ignorar.

Queremos valorar, por encima de todo, nuestra independencia, porque a veces consideramos que necesitar a los demás es una debilidad personal y social. Esgrimimos, entonces, que nuestra autosuficiencia y autonomía son las virtudes cardinales de nuestras relaciones interpersonales. Dejamos tales debilidades para los ancianos, enfermos, niños y otros débiles sociales.

Tal vez debido a lo anterior no nos indignamos o nos indignamos muy selectivamente. Mucho menos asumimos un compromiso. Podemos agregar que el compromiso social resulta algo controvertido y muchas veces rechazado, en tanto es un inconveniente para el sujeto independiente o para que éste exprese su independencia.

La indignación contiene el rechazo de ciertas acciones, y algunas veces la ira por esos mismos actos. Tal ira o molestia pasional debe tener algo de aprovechable e incluso algo de bueno. Pensamos en una ira bien administrada, suena extraño, pero debe ser ésta un deseo que no nos incite por odio a hacer mal a quien odiamos. Sino a estar atentos a la injusticia.

La ira como pasión desbocada engendra el deseo de vengarnos de quien se ha mostrado despreciativo. En un acto de desdén, una vejación o un ultraje. Tal acción la percibimos como algo injusto e inmerecido, sin otra razón de ser que el gusto de hacer daño, de ultrajar o despreciar a nosotros u a otro. De allí que Aristóteles considerará que la ira es «un apetito penoso de venganza por causa de un desprecio manifestado contra uno mismo o contra los que nos son próximos».

Sin embargo, cotidianamente, nos indignamos más con los amigos que con aquellos con quienes tenemos poca amistad o con quienes solo conocemos superficialmente. Ya que de los amigos esperamos más, que de aquéllos otros. Y nuestra indignación suele ser mayor encolerizarse si nos encontramos en una situación de inferioridad, por ejemplo, si estamos enfermos o si estamos mal económicamente. Nos irritamos contra quienes se muestran indiferentes ante tales situaciones, que necesariamente no tienen que ver directamente con nosotros.

Lo que provoca nuestra indignación es la falta de consideración para con los otros y para con nosotros, el no reconocimiento de lo que somos, ser tildados de inferior, el ser anulado o no ser visto. Que nos ignoren de manera rampante.

Como ocurre con las pasiones, el de la indignación nos muestra en la debilidad del sujeto que no recibe el trato que merece, que es despreciado, aniquilado o directamente injuriado. La indignación, en su estado de ira, provoca deseo y sed de venganza, pues al estar iracundos esperamos poder resarcirnos del desprecio del cual somos objeto.

La indignación es una emoción distinta a la ira; por otra parte, es opuesta a la compasión. Aquella es provocada en nosotros por la percepción de una injusticia. Nos indigna que alguien disfrute de una suerte que no merece, así como nos indigna no obtener lo que creemos que merecemos.

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La indignación conlleva en sí un buen criterio, como observa Aristóteles. Ya que quien suele indignarse es el hombre bueno, al no obtener lo que considera es justo; quien tiene buen juicio y odia la injusticia. También se indigna quien aspira a cosas importantes.

Para Aristóteles, en su concepción del término medio o mesura, la indignación es provocada porque consideramos que existe un desajuste social, personal… que carece tanto de explicación como de sentido. En tal desajuste detectamos una falta de justicia; por lo cual la indignación bien encauzada y medida nos servir de incentivo para el ejercicio de la virtud.

Lo que nos lleva a establecer un compromiso social o personal con los otros. La indignación se produce solo si tenemos los ojos abiertos al mundo; si nuestra idea de independencia es adecuada en un entorno social. La indignación solo es posible en nuestras relaciones interpersonales, en nuestra atención al entorno. En entendernos que somos partes de un contexto, en el cual ejercemos nuestra personalidad individual y social, de manera mesurada e inteligente.

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Obed Delfín


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