El ataque de nervios

—¿Vecino que pasó anoche? Que la mujer me dijo que en su casa hubo un regulicio en la madrugada. Me enteré ahorita. Porque desde ayer en la tarde estaba haciendo cola en el supermercado para comprar, pero que va. Mucha gente en la misma función. ¿Dígame qué sucedió?

—En verdad eso fue un estropicio lo de anoche. Usted sabe que mi hija y el yerno más los tres muchachos que tienen se vinieron a vivir con nosotros. El yerno es un buen hombre y muy trabajador, aunque quisiera hablar mal de él no puedo hacerlo. Resulta que ayer él cobró una platica de un trabajo que hizo, y lo que le alcanzo la misma fue para comprar medio cartón de yemas, medio kilo de queso para rayar y otra cosita, nada más.

Ya entrada la madrugada, el yerno oye un ruido en la cocina y despierta, se hace el remolón imaginando que es algún ratón; cosa difícil, vecino, por en esa cocina lo que hay es soledad, ni la Sayona se atreve a aparecerse por ahí. Bueno, a todas estás él se queda atento al ruido porque parecía a ruido de sartén.

Vuelve a oír el sonido de un sartén, el yerno se envalentona y se levanta a ver qué es ese ruido en la cocina. Se queda con la oreja parada y oye que alguien está en la cocina. Prende la luz, por suerte había bombillo, para sorprender a quien está ahí. Cuando el yerno ve que el hijo mayor está con el sartén friendo tres yemas, vecino. Aquello le produjo un ataque de nervios y empezó a gritar ¡Qué como era posible que tres yemas fritas!

Yo me levanté como el rayo al oír aquellos gritos, al ver al yerno pensé que le iba a dar un infarto, ese hombre estaba como loco,

—¡Tres yemas!, ¡Tres yemas! Gritaba desesperado.

En verdad, le cuento vecino, yo tenía tiempo que no veía tres yemas juntas en un sartén, para serle sincero; y cada una a más de quince mil. Entre mi hijo y yo lo agarramos para dominar aquel hombre, un calmante que darle no había, ni hay. El médico que vivía acá en la cuadra hace tiempo se fue, no sé para donde.

Cuando dominamos al yerno y más o menos lo hicimos entrar en razón, ese pobre hombre lloraba que daba pena por aquel derroche del hijo; entre sollozo y sollozo se lamentaba y se lamentó.



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Obed Delfín


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