Tareas revolucionarias de la ultraderecha

La confusión de metas es el signo de nuestra época. Quienes nos consideramos de izquierda asumimos un conjunto de tareas que no pudimos culminar, y quienes asumieron la tarea de impedírnosla, ahora aseguran su cumplimiento.

Por ejemplo, durante medio siglo intentó infructuosamente la izquierda acabar con los grandes partidos populistas. Eterna parecía su dominación, hasta que el Fondo Monetario Internacional les expidió sendas partidas de defunción bajo la forma de Cartas de Intención. Como fulminados, en pocos años se desplomaron Acción Democrática, el PRI, el APRA, el peronismo.

Después del auge popular de los años sesenta, la represión convirtió en tarea casi imposible movilizar a las mayorías, y durante mucho tiempo el movimiento revolucionario corrió el riesgo de reducirse a una vanguardia sin masas. La oportuna emisión de sendos paquetes económicos detonó sublevaciones populares en Venezuela, Ecuador, Perú y Argentina, y encendió una conflagración de movimientos antiglobalizadores por todo el planeta. Desde entonces, las masas van sistemáticamente delante de sus dirigencias.

Misión dificultosa para la izquierda militante fue la de granjearse aliados en los ejércitos, a veces utilizados por las clases dominantes como guardianes de sus intereses. Fue necesario que el Imperio formulara sus doctrinas soberanía restringida, acompañadas con planes de reducir los ejércitos latinoamericanos y de convertirlos en fuerzas de tarea al servicio de la DEA y de las intervenciones de la OEA, para que surgieran nacionalismos militaristas por toda América Latina.

En los ejércitos, como toda institución compleja, coexisten personas de las tendencias más disímiles. No tenía la izquierda forma alguna para favorecer la permanencia dentro de ellos de los elementos nacionalistas, ni para alejar a los antidemocráticos y reaccionarios. En el caso venezolano esta tarea correspondió una vez más a la derecha, al implicar a estos últimos en un golpe fascista frustrado, cuya consecuencia fue una indispensable purificación de la Fuerza Armada.

Cometido de gran complejidad para la izquierda fue el de acrisolar la conciencia de clase de masas a veces engañadas por siglos de oscurantismo y décadas de manipulación mediática. Bastó que estos mismos medios comenzaran sistemáticamente a denigrar de las mayorías llamándolas hordas, turbas, chusmas, desdentados, jauría, monos, lumpen de siempre y lyncheros, para que el pueblo resintiera la discriminación de los pudientes y definiera, de manera inequívoca, su decisión de bloque antagónico de estos.

Durante décadas parte significativa de los medios desarrolló una incesante tarea de alienación del público, que facilitó la apatía y la explotación de este. Desde el momento en que dichos medios asumieron sin tapujos la condición de actores políticos y convirtieron sus tareas informativas en emisión de propaganda política, su credibilidad comenzó a desplomarse. Las más feroces campañas denigratorias no pudieron impedir, y por el contrario quizá facilitaron los consecutivos triunfos electorales del movimiento bolivariano y su supervivencia a las intentonas golpistas.

La agregación de todos estos factores facilitó el surgimiento de difusos sentimientos progresistas entre las grandes mayorías latinoamericanas. Para que estas adquieran conciencia de su decisivo poder fue necesario que la derecha organizara golpes fascistas como el del 11 de abril en Venezuela, que acortaron de años a horas el proceso por el cual las masas pasaron de multitudes unidas apenas por simpatías políticas a organizaciones coherentes con irresistible capacidad de acción.

La denuncia de los verdaderos propósitos de la ultraderecha fue prédica constante y desoída de la izquierda. El 11 de Abril patentizó tanto propósitos como tácticas de aquella en forma transparente: totalitaria concentración de poder económico, político y mediático en una camarilla, derogatoria de la Constitución y disolución de los poderes constituidos de acuerdos con ella; represión directa como táctica única.

A partir de la nacionalización petrolera en 1976, se desencadenó un paralelo proceso de privatización de la industria de los hidrocarburos a favor de su nómina mayor y de los intereses foráneos empeñados en adquirirla. No fue suficiente toda la prédica de la izquierda para iniciar la reversión de dicho proceso. Bastó, sin embargo, que la ultraderecha venezolana lanzara su cuarto cierre patronal subversivo en diciembre de 2002 para que la nómina mayor de PDVSA fuere arrastrada a la aventura, y persistiera en ella en contra del dictamen del Tribunal Supremo de Justicia. De tal modo hizo evidente para las autoridades y el pueblo que la única opción posible consiste en la depuración de la oligarquía aceitera y la consiguiente verdadera nacionalización de la industria.

Extremadamente difícil le ha sido a la izquierda nacionalista convencer a grandes sectores de la llamada clase media de que el gran capital es el verdadero enemigo del profesional y del pequeño y mediano empresario. La ultraderecha cumplió esta tarea pedagógica al robarle masivamente sus ahorros en la crisis bancaria de 1993, al instaurar el despido masivo que engrosó las filas del desempleo profesional, al imponer un régimen abusivo de créditos indexados que amenazó con la ejecución forzosa de buena parte de los bienes de los sectores medios, al forzar un cierre patronal coercitivo que empuja a la quiebra a buena parte de los comerciantes y empresarios y merma la clientela de los profesionales, al recurrir a extremos de violencia brutal para impedir la circulación, las operaciones bancarias, la satisfacción de los necesidades más esenciales e incluso el reposo en las mismas urbanizaciones residenciales que la ultraderecha controla gracias a sus policías locales.

La ultraderecha desencadena así, por su propia iniciativa, contra la nación venezolana un conflicto de vida o muerte en el cual esta no tiene más alternativa que vencer o desaparecer. Por decisión de la ultraderecha, este conflicto no puede ser eludido, negociado ni postergado. Sus únicas salidas son el triunfo del pueblo, o una escalada cada vez más decisiva, contundente y radical de la resistencia popular.


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Luis Britto García

Escritor, historiador, ensayista y dramaturgo. http://luisbrittogarcia.blogspot.com

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