Vivir del chiste

Claro que hay quien vive de ser chistoso o de pretender serlo. El mundo está lleno de graciosos cotidianos. Los hay en televisión, abundan –y aburren- en la radio, y extraño es no encontrarlos en cualquier café o sitio público donde uno se meta.

Pero el humor, cuando es auténtico, es arduo de hallar y frenéticamente escurridizo. Por ello es casi imposible que alguien haga humor de modo permanente, sin pausa, sin descanso y sin establecer la indesligable correlación entre lo humorístico y lo dramáticamente serio.

No hay texto teórico sobre la materia que no apunte a la seriedad como un elemento indispensable del humor. Tan serio es el asunto que, bien pensado, hay muy poco humor en vivo, al menos en los medios de comunicación. Para eso existen los guionistas y por eso mismo, cuando de un espectáculo o de un programa se trata, se invierte una importante cantidad de recursos en eso que llaman producción.

En conclusión, nadie se puede imponer a sí mismo el deber de ser permanentemente gracioso o agudo o ingenioso. Y si alguien intenta ser chistoso todo el tiempo, más temprano que tarde termina metiendo la pata.

Es lo que acaba de sucederle a nuestro embajador en la OEA Roy Chaderton. Chaderton es un hombre inteligente y no pocas veces agudo. No importa que en este momento se le quiera convertir en encarnación de la ignorancia y en ejemplo de inigualable fascismo. No es ninguna de las dos cosas. Chaderton tiende a sufrir, antes bien, de ingeniositis aguda. La morosidad de sus discursos no parece que se deba a la búsqueda de la manera más políticamente eficiente de exponer lo que está pensando, sino a la necesidad de expresarlo de un modo que sorprenda a la audiencia por su originalidad en el decir. Nada de ello es criticable cuando surge como una erupción espontánea de l’esprit, como dicen los franceses. Es decir, del ingenio, la agudeza, la ironía, el humor denso. Cuando se le fuerza, en cambio, l’esprit corre el riesgo de convertirse en torpeza, en mal gusto.

Quien piense que Chaderton está promoviendo que se les descerraje un tiro en la cabeza a todo aquel que no comulgue con el gobierno es cuando menos mal intencionado, para no decir que es tonto de capirote. Pero ello no aminora un ápice la inmensa metida de pata y la falta de sensibilidad que cursa en un chiste sobre una bala atravesando la cabeza de nadie, incluso si esa bala ha sido disparada por un marine gringo, que era de lo que se hablaba en el programa donde sucedió el desaguisado.

El humorista ha de ser oportuno, y por ende recatado, para no terminar siendo un aburrido gracioso de fiesta sabatina.



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Cósimo Mandrillo


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