El laberinto de la economía venezolana

La inflación en Venezuela no para de galopar, en una abstracción que para el ciudadano común tiene rostros: aumento de los precios y la caída del salario real. El esfuerzo del gobierno por mantener un ajuste entre el salario mínimo y la canasta básica de alimentos, se ve desbordado por las distorsiones permanentes del mercado interno, con precios superiores a los fijados oficialmente que aprietan el bolsillo de la clase trabajadora. La meta inflacionaria prevista para el año 2014 fulgura imposible de alcanzar y, a esto se le suma un bajo desempeño del PIB; para el reporte de la CEPAL el rezago de la economía venezolana estará en un crecimiento del 1%, convirtiéndose en el más bajo de la Región.

Los diálogos del gobierno de Maduro con los sectores de la derecha venezolana, han sido aprovechados por la lumpen burguesía para presentar el modelo aplicado por Chávez como un fracaso. Conminan a la apertura de espacios políticos para un viraje que permita re-articular la política económica con las necesidades del sector privado. Lo curioso, es que el comportamiento inflacionario para el año 2001 fue de 12,3 (BCV), el número más bajo de las últimas dos décadas. Una tendencia que se alteró sólo con el paro petrolero, manteniéndose estable en un promedio de menos del 25% en el ciclo Chávez. Es en la coyuntura golpista de 2013 - 2014 cuando vuelve una escalada de la inflación, en una tendencia que se agrava con los síntomas del desabastecimiento y la especulación, que han llevado a un cuadro complexo de sucesivas devaluaciones (algunas parciales) como respuesta problemática a la presión monetaria.

Las palabras de un aliado como Rafael Correa al reconocer los errores en la economía venezolana, se han convertido en el festín de la prensa reaccionaria, quienes llevan unos 15 años pronosticando una catástrofe económica y la implosión del socialismo bolivariano. Correa no señaló sólo los tropiezos, también reconoció el esfuerzo en la distribución de la renta petrolera, que revirtió los índices de desigualdad heredados. En los gobiernos de la derecha se capeó la dificultad económica con el congelamiento de salarios, sucesivas estampidas cambiarias y una inflación resultante sobre el 100%, culminando con las reformas  neoliberales del FMI que provocaron la extenuación popular y, el agotamiento del Pacto de Punto Fijo; telón para la insurrección del movimiento bolivariano.

En la coyuntura venezolana, se evidencian los matices internos en la izquierda sobre la política económica, sectores del reformismo pretenden la estabilización bajo la co-dirección con la burguesía, mientras los oprimidos demandan la transformación ante el estancamiento del modelo rentístico. Los empresarios exigen la flexibilización de los controles, para reponer los inventarios bajo la amenaza de la escasez crónica, reforzando la importación como panacea permanente, ante las limitaciones de un sector productivo abocado al mercado interno e insidioso contra las regulaciones estatales. La válvula de escape para una parte de la burguesía es refugiarse de las crisis con la sobrefacturación, dislocando el comercio exterior para obtener divisas derivadas del petróleo, ante un Estado que no logra la eficiencia de los controles y es agobiado por la corrupción. Las respuestas puramente monetarias a la inflación tienden a generar un descalabro en la moneda (Bolívar - mercancía) nacional, que es la utilizada por los trabajadores en sus ahorros y en la que se cancelan sus salarios.

En la economía rentística venezolana, las divisas son captadas casi exclusivamente por el Estado, con una dependencia de los precios internacionales del petróleo. Varias aerolíneas foráneas han reducido las frecuencias de vuelos, apremiando junto a otras transnacionales al gobierno con agendas de pago ante la amenaza de retirarse del país, pero en el fondo aspiran garantizarse el acceso sin control a las divisas. La ralentización económica no depende en este caso de una baja en los precios del crudo, hay otras causas estructurales que contradicen los argumentos conservadores sobre el exceso del gasto social o el peligro de los controles. La llamada guerra económica, es una condición propia de la periferia que como se extrae de Gunder Frank, se caracteriza por una lumpen burguesía incapaz de consolidar una economía nacional coherente.



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José Fortique


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