A Marx, más lo han fustigado como ateo que como Economista

No se explota los recursos naturales; sí, la mano de obra

La principal explotación de los trabajadores es la de su conciencia.

No en balde Marx formuló la identidad:

 Droga = religión

Paradójicamente, Jesús de Nazaret, al parecer, fue más un político potencialmente exitoso que un religioso usurpador de deidades precedentes, de allí que fuera sacrificado más como revolucionario que como Mesías

Asimismo, desde la misma aparición de El Capital (1867), los intelectuales defensores y partidarios del burguesismo supieron de su gran acierto en materia de Política Económica. La cuestión de la plusvalía resultó irrefragable, aunque sí refutable.

Desde entonces, ciertamente, no cesan las críticas antimarxistas contra el Economista Marx  de relativo bajo éxito revolucionario, pero  cuando esa crítica antimarxiana se la hace contra el Marx ateo, entonces a ella se suma toda la ingente población de todos  las deidades, de todas las nacionalidades, de todos los colores étnicos, de todas las personas independientemente   de la cuantía  de su patrimonio, e indiferentemente de que estos religiosos  explotados, proletarios, profesionales, técnicos, porque  estas religiones las practican todos ellos por igual,  los pobres y los ricos.

Digamos que las diferencias sociales clasista quedan al margen cuando se critica y niega al Marx ateo, y poco se discute al Marx de El Capital. Esta segunda crítica ha quedado para los intelectuales de izquierda, pocos de los cuales, a su vez, han sabido interpretar una obra económica que no es nada expedita en su exposición ni contenido,   una lectura de El Capital   que poco les podría interesar si su éxito los llevara al ateísmo.

Así, pues, paradójica y subrepticiamente, a Marx se le ha pretendido banalizar su Crítica a la Economía Política, y desde la misma aparición de El Capital (1867), apologistas tarifados, nobeles incluidos, han buscado negar la explotación del asalariado, han formulado problemas irresolubles como el de la transformación[1], y, sobre todo, se aferran obsoletamente al mercado como fuente de ganancias y a la fábrica como fuente de riqueza de las naciones.

Pero, cuando el asalariado se levanta para ir a la fábrica, primero reza u ora y en estas oraciones niega a Marx, y en esta negativa niega alienadamente que otros cristianos como sus patronos puedan explotarlo. El asalariado concurre los mismos días a la misma iglesia, practica los mismos ritos y ceremonias. En fin, el explotado burgués ve más valores comunes y solidarios religiosos que valores económicos entre él su correligionario patrono.

El mismo Marx les desbrozó el camino a sus detractores de la Economía cuando cita como parte del costo de producción a los instrumentos de trabajo consumidos durante el proceso productivo, a sabiendas de que representan un capital constante que no puede arrogarse ganancia alguna, ya que esta procedería de una parte impaga del nuevo valor agregado por el trabajo realizado con el uso de la mano de obra, sea esta, burguesa, feudal o esclava.

Al hacerlo, Marx facilitó la partición de la ganancia en varias fuentes: la materia prima, los instrumentos de trabajo, las diligencias y   habilidades empresariales del capitalista. En cuanto al asalariado, este es pagado y mal podría, según la versión antimarxista y antiatea, ser explotado, como no podría llamarse explotado al vendedor de la maquinaria o de la materia prima.

Si a ver vamos, en aquellos años de finales del siglo XIX, toda la literatura económica contemporánea, con Adam Smith, David Ricardo y los numerosos socialistas utópicos predecesores a la cabeza, ya se coadmitía que la fuente de la riqueza es el trabajo vivo, el del campesino, el del artesano en principio, y que, luego  de que estos fueron descuartizados en parcelas laborales aplicadas como resultado de la flamante división del trabajo, pero la desaparecida la cualidad personal como productores, la paga salarial resultaba más que justa y en consecuencia, la riqueza, la ganancia, debía buscarse en otras fuentes ajenas a la mano de obra tan religiosa como la de sus patronos.[2]


[1] Véase, Manuel C. Martínez M. , PRAXIS de EL CAPITAL

[2] In God we trust es epitafio relevante en la los billetes del dólar norteamericano.

 



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Manuel C. Martínez


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