Una nueva actitud

Hace tiempo recibí por correo electrónico un escrito sobre el por qué algunos países son ricos y otros pobres. Japón, por ejemplo, no tiene mayores riquezas naturales, su suelo es muy pobre. Sin embargo, es una de las diez economías más ricas y prósperas del mundo. Su sociedad mantiene una expectativa de vida que supera en promedio los 85 años. Australia es un país relativamente nuevo. Su sociedad se estableció en esa inmensa isla, inicialmente una gigantesca cárcel del imperio británico, con los convictos y la escoria inglesas.

Sin embargo, en poco más de doscientos años se presenta como una fuerte economía, de las más desarrolladas, al igual que Nueva Zelanda, cuya base de sustentación es la cría de ovejas. Suiza no cultiva cacao ni tiene puertos. Sin embargo, es el país que exporta la materia trabajada del cacao en miles de formas y modelos de presentación de su ya centenaria industria del chocolate y con una de las mayores flotas mercantes del mundo.

Pero ¿qué hace de estos y otros países ser lo que son: sociedades altamente desarrolladas económicamente y con un nivel de vida que es la envidia de muchas naciones? Sucede igual con Italia, Alemania, Canadá, Corea del Sur, Suecia, Finlandia, entre otras. La respuesta parece estar en la actitud proactiva que muestran las mujeres y hombres, y no tanto en los altísimos niveles de escolaridad y de protección social a sus comunidades.

La actitud proactiva que un individuo mantiene frente a situaciones que en un momento de su vida le son adversas, parece ser la diferencia entre ser pobre o ser rico. Por eso, no es tanto la abundancia de poseer bienes materiales y altos estándares de riqueza social para sentirnos satisfechos y seguros, individual y colectivamente, como la actitud proactiva que se tenga frente a la vida.

Algunas veces nos sorprendemos gratamente cuando nos enteramos de las victorias de algunos de nuestros compatriotas quienes obtienen triunfos fuera de nuestro país. Deportistas galardonados, profesionales de las ciencias y la tecnología quienes reciben distinciones por sus logros en investigaciones de altísimo nivel académico, artistas que reciben reconocimientos por sus creaciones. Pero ¿por qué no pudieron hacerlo en nuestro propio país?, nos preguntamos. Son sencillos venezolanos, comunes ciudadanos que estudiaron en escuelas, liceos y universidades públicas. Entonces, ¿por qué triunfan cuando salen fuera de nuestro país y son siempre los más destacados?

La respuesta es casi siempre la misma: porque han mostrado una actitud proactiva, positiva, de superación constante de su propia condición intelectual, psicológica y espiritual, junto con un entorno social que le permite desarrollar a plenitud sus potencialidades y habilidades.

Los nuevos paradigmas que se están construyendo cada vez prestan mayor atención al desarrollo de la persona, tanto como ser individual y sobre manera, como sujeto comunitario. En ello la actitud que se mantenga establece la diferencia entre ser pobre o ser rico.

La experiencia que vive en la actualidad la sociedad venezolana en su conjunto, no es tanto de orden político ni mucho menos económico. Es la actitud que cada uno de nosotros presenta frente a la cada vez más conflictiva realidad nacional. Por ello los conflictos (realmente delicados) no se superan quejándonos ni lamentándonos por nuestra “mala fortuna” ni en discusiones estériles ni en denigrar del Otro-diferente tratándole de “enemigo”, sino manteniendo una actitud proactiva de comprensión y reflexión lógica que permita superar positivamente esos conflictos, mostrando una actitud que pueda enriquecernos intelectual, psicológica y espiritualmente a todos por igual.

Quizá esos errores, esos quiebres y esa manera de proceder en los liderazgos políticos, que nos parecen grotescos y que rechazamos, son un espejo que presenta nuestra imagen que nos negamos a reconocer. Mientras eso ocurra no podremos superar nuestra cuota parte de responsabilidad social.

Sólo una nueva actitud, que sea proactiva, integradora y que permita establecer acuerdos dentro de la diversidad de pensamientos, podrá construir ese venezolano nuevo, pleno, consciente de su destino y sobre manera, intelectualmente adulto y estable emocionalmente.


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Juan Guerrero


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