Entre Wagner y Shakespeare ¡na guará!

Richard Wagner y William Shakespeare podrían ser una de esas parejas con las que la industria cultural ha llenado de modelos a la “cultura de masas” (El Gordo y El Flaco, Batman y Robin, Sherlock y Watson, Smith & Wesson, Bonnie and Clyde, Tom y Jerry -sin alusiones golpistas-, Butch Cassidy and Sundance Kid, Piolín y Silvestre, Humboldt y Bompland y tantos otros), atendiendo al aire burgués, potencialmente comercial en que están envueltos, y la indiscutible maestría artística que los emparenta. Ambos poetas y dramaturgos, el uno músico, actor el otro; aunque el otro pudiera ser músico también, según la cultura general de una celebre miss venezolana, y el uno actor, si se animara otra sabihonda miss. Pero la paridad en esta ocasión viene de un contrapunteo que pudiera picar y extenderse ¡ojala!, generado entre dos camaradas bolivarianos: Donatella Iacobelli y uno de los Robertos, el Hernández Montoya, convirtiéndose así en la primera dupla venezolana que pudiera pertenecer a este selecto grupo de yuntas, ique universales, destronando con estos pocos meritos, al único dúo nacional que pudo hacerlo: “Gualberto Ibarreto”.

El asunto ya lo expuse en un texto anterior titulado: “Entre Donatella Iacobelli y Roberto Hernández Montoya” (de allí el titulo de este). Y es que el Roberto empezó a escribir entelequias como distraído en medio de un bosque encantado, lo que suele ocurrirle a los artistas, mientras el país opinador se consumía devanándose los sesos en un mar de análisis, escudriñando los terribles peligros que se abaten sobre la revolución bolivariana, lo que Dona cuestionó con acierto, abriendo un abanico de temas muy polémicos, de los cuales el que nos interesó, y nos sigue interesando, cual motivo de esta humilde esquela, es el tema de nuestra identidad. Pues bien, el Roberto, semana de por medio, respondió con una quimera mayor, haciendo alardes de su “superioridad intelectual”, nos trajo al teutón y nos lo restregó en la cara (200 años de Wagner).

La cosa pareció amainar ante semejante muestra de enojo sifrino. No había nada que hacer. Las críticas no lo habían sacado de su estupor mágico. Pero este fin de semana pasado, todo retornó a la normalidad, el Roberto estuvo de vuelta a las huestes de la opinión revolucionaria, aunque siempre con su galicursismo por delante. Pero ¡Oh sorpresa! Esta vez es Dona quien nos trae a “Chespier” y nos lo enrostra impunemente entre las líneas de su mas reciente articulo: “¡Mi reino por un rollo…! de papel toilette”, al cual le aplicaremos el mismo filtro icnográfico aplicado al Wagner de Montoya, porque lo que es bueno para el pavo Roberto, es bueno para la pava Dona, y así precisar algunas imágenes que aun gravitan en nuestra cultura (la colonial): “Shakespeare”, “La vida y la muerte del rey Ricardo III”, “…el monarca inglés, la corona inglesa”, “…el conde de Richmond”, “…al caballo del rey”. “¡Mi reino por un caballo!”, “Ricardo III murió a temprana edad en esta batalla el 22 de agosto de 1495” (añadiríamos a esta última imagen: tres años después de la maldita invasión española llevada a cabo por Colon a suelo del Abya Yala).
Hemos de aclarar que la compañera Dona nos habló de su holística visión de la cultura dado su corazón partido. De un lado el amor de la madre Europa que la acobija, y por el otro el apasionado amor por la venezolanidad, que es lo mismo decir, por El Caribe, por “Latinoamérica”. Alma enamorada (para este tema), de dos amantes: uno envejecido y dominador, el otro prometedoramente novedoso y en resistencia, donde quizá se encuentre la incógnita del mundo futuro. De allí su impavidez ante la presencia de símbolos tóxicos (en algunos casos enemigos) deambulando en nuestra embolatada cosmogonía, lo que nos atolla en un permanente coloniaje, quizá el peor, el cultural.

Pero nosotros, advertidos en una guerra cultural, los que soltamos amarras, quemamos naves, conjuramos los agresivos fantasmas del eurocentrismo, batallamos al usacentrismo y su escalofriante aberración imperial; los que nos proponemos formar parte de la gigantesca y larga tarea de restablecer la magnifica comunidad kariña, su concepción de la libertad y sus relaciones socialistas, asociada a las civilizaciones continentales, los mayas, incas, chibchas, aimaras, aztecas, araucanos etc., permanecemos en vigilia ante la constante penetración de nuestra imaginaría por procesos semióticos imperceptibles, invasivos, sutilmente entreverados en la dócil cotidianidad.

Es así como volvemos sobre el tema de la “guerra cultural”. Sostenemos que en la lucha por la liberación de un pueblo no basta con que se logre la independencia política y económica (que a la postre pudieran convertirse en otra ilusión), el que se conjugue un pueblo y su firme determinación a liberarse del tutelaje y la explotación foránea, con la aparición de “el conductor”, único, capaz de interpretar a cabalidad la fuerza, espiritual, sicológica, emocional, la energía de los públicos indetenibles que mueven la voluntad. Es necesario además, que aparezca en el teatro de lucha, “la conducción de los atributos esenciales de los pueblos”: un liderazgo intelectual que asume en primer término, el conocimiento de esos atributos esenciales (su origen, su lengua, su explicación del mundo, del universo etc.). En segundo término, “la defensa de esos atributos” (esto tiene que ver con la creación, la audacia intelectual), y en tercer y consecuente término: la asunción a “la victoria” de estos atributos esenciales, conformando la óptima salud del autoestima popular, el fortalecimiento del espíritu nacional en la guerra que sobrevendrá. Una labor titánica de carácter épico en tanto persigue la gloria de los pueblos en términos bolivarianos.

De estas tres premisas nos interesa analizar la que concierne a la defensa de los atributos esenciales por ser en el ámbito de la lucha, la más brillante intelectualmente. “La defensa” en este caso no solo tiene la connotación de la “protección” fuera y dentro de las acciones bélicas, sino que comprende con mayor énfasis, el cultivo de todo lo que signifique identidad, es decir, el ejercicio del embellecimiento, su fortificación, la ductilidad de sus productos en la creación o la invención idiosincrática que además, interpreta al pueblo y por lo tanto es popular.

Es así como William Shakespeare en “defensa” de su bagaje cultural, que luego se convertirá en el perverso imperio ingles, maldice al Caribe y a su estirpe, a decir de otro brillante Roberto, Fernández Retamar: “Caliban es anagrama forjado por Shakespeare a partir de “canibal” –expresión que, en sentido de antropófago, ya había empleado en otras obras como La tercera parte del rey Enrique VI y Otelo-, y este término, a su vez, proviene de “caribe”. Los caribes, antes de la llegada de los europeos, a quienes hicieron una resistencia heroica, eran los más valientes, los más batalladores de las tierras que ahora ocupamos nosotros. Su nombre es perpetuado por el Mar caribe (al que algunos llaman simpáticamente el Mediterráneo Americano; algo así como si nosotros llamáramos al Mediterráneo El Caribe europeo). Pero ese nombre, en si mismo –caribe, y en su deformación caníbal, ha quedado perpetuado, a los ojos de los europeos, sobretodo de manera infamante. Es este término, este sentido, el que recoge y elabora Shakespeare en su complejo símbolo.”, “El caribe, por su parte, dará el canibal, el antropófago, el hombre bestial situado irremediablemente al margen de la civilización, y a quien es menester combatir a sangre y fuego” (de su obra Todo Caliban).

Es decir, el intelectual ingles proporciona la licencia para que posteriormente “la ilustración” avale la matanza de mas de cien millones de seres humanos, y el problema allí no radica en que si la intelectualidad indígena fue capaz o no de hacer uso de la “defensa” de su cultura y en consecuencia de su integridad, sino en que la “defensa” magistral de los europeos (de cuyo lado se inclinaba la balanza de la superioridad bélica), iba mas allá del embellecimiento a grado sumo de sus atributos, pasaba al ataque aniquilador, criminalizando al adversario cultural, con tanta eficacia, que su existencia estaba condenada al exterminio hasta por la propia victima.

Reiteramos que todo intelectual es un propagandista de su cultura, un defensor insigne de sus patrimonios tangibles, pero sobre todo de los intangibles, porque en su conjunto ello configura la fortaleza de una poderosa identidad, la dinámica de las relaciones a lo interno de un pueblo, que en el fondo levantan la gran muralla protectora, la que repele las amenazas externas, aquellas que mientras no se patentizan, suelen calificarse de sospechas paranoicas, puristas, extremistas, pero que cuando se cumplen se convierten en las pesadillas genocidas que detienen el tiempo.

En fin, entre Richard y William no escogemos. Oiremos su música, leeremos sus poemas, disfrutaremos de sus dramaturgias, estudiaremos sus circunstancias y a la hora de hablarnos entre nos, citaremos a nuestros pensadores, indios, negros, criollos, sobre todo aquellos mas consustanciados con lo nuestro, brillantes pensadores, audaces creadores, portadores del germen de las buenas nuevas, como por ejemplo El Comandante Supremo al que se le puede entrar por cualquier lado, para pagarnos y darnos el vuelto, porque es que, entre esto y aquello, se abren las fisuras, lo suficientemente anchas, como para que el enemigo se cuele y haga sus desastres.

¡Chávez vive, La Hojilla sigue!


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Milton Gómez Burgos

Artista Plástico, Promotor Cultural.

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