Katrina y la Norteamérica oculta

“Pereyra, míreme a la cara./ ¿Por qué este castigo, Eulogia? ¿Por qué tanta crueldá?”. (Roberto Fontanarosa)

El huracán Katrina ha revelado al mundo que la indolencia, la división de clases y el racismo siguen siendo parte implícita de la vida cotidiana de la única superpotencia del mundo, Norteamérica. Ha sucedido igual como en 1927 cuando la Gran Inundación de Missisippi azotó Nueva Orleans y fue cubierta por el agua. Los que tenían dinero abandonaron la ciudad con anticipación, mientras los desposeídos tuvieron que quedarse a merced de la naturaleza y recién, varios días después fueron trasladados a refugios miserables que carecían de toda infraestructura necesaria para una emergencia.

John Barry en su libro Rising Tide, the Great Misisippi Flood of 1927 describió cómo más de 300,000 afro-americanos que lograron salvarse, fueron trasladados como ganado a los campos de refugiados mientras que los blancos, que eran la minoría de la población, fueron evacuados utilizando barcos a vapor a otros estados. Cada vez, cuando los barcos pasaban frente a uno de estos campos, los tripulantes y los evacuados entonaban por los altoparlantes la canción “Bye Bye Blackbird”. También cuenta Barry cómo las autoridades decidieron salvar los barrios pudientes rompiendo los diques que protegían los asentamientos pobres donde vivían los negros e hicieron inundar sus casas. En aquella época la pobreza entre los afroamericanos llegaba a un 80 por ciento.

Pasados 77 años poco había cambiado en la capital del jazz y la joya turística donde nacieron Louis Amstrong y Truman Capote. El 67 por ciento de la población seguía siendo de origen afroamericano y el índice de la pobreza bajó a 40 por ciento, de los cuales un 28 por ciento viven debajo del nivel de la pobreza, es decir con menos de 10,000 dólares al año, y en una ciudad donde se tiene que pagar casi mil dólares por una humilde vivienda.

En 1718 cuando fue fundada la ciudad, esta se encontraba al mismo nivel del río Mississippi, pues fue construida sobre sus sedimientos. Anualmente el río subía mientras que la ciudad se hundía 2.5 centímetros, así el Katrina los encontró a siete metros por debajo del nivel del río.

Igual como en 1927 los residentes blancos seguían edificando sus casas en las zonas residenciales ubicadas en las partes altas de la ciudad, como por ejemplo Garden City, mientras que los afroamericanos e hispanos poblaban barrios de alto riesgo ubicados por debajo del nivel del río como, por ejemplo, Lower 9th Ward. El racismo a la vez, se hizo menos visible pero no desapareció. Bastaba visitar una de las más famosas calles de la ciudad de blues, la Borbon Street donde estaban ubicados los bares de moda, para darse cuenta que los clientes afroamericanos tenían que pagar más que los blancos y eran tratados con menos respeto.

Así ha sido esta ciudad llamada el “diamante” de América con la marcada división entre “los que tenían dinero y los que no lo tenían o vivían al día” hasta que apareció el huracán Katrina que prácticamente sepultó la ciudad bajo 7 metros de agua. Desde el día 23 de Agosto cuando se supo que Katrina azotaría en 5 o 6 días Nueva Orleans, la mayoría de la población blanca empezó a abandonar la ciudad, esta vez, en sus carros, mientras que la mayoría de afroamericanos e hispanos sin disponer de movilidad propia o recursos suficientes tuvieron que permanecer en sus casas y resignarse. El gobierno federal, a pesar de las súplicas del alcalde Ray Nagin que clamaba ayuda, ya que más de 50,000 personas llevaban cinco días sin comer ni beber, no hizo nada para ayudar durante los tres días del azote del huracán, declarando “sálvense quien pueda”.

Como resultado, se calcula que más de 10,000 personas en la mayoría pobres, ancianos, afroamericanos e hispanos perdieron la vida y el website del periódico local The Times – Picayune tiene más de 18,000 pedidos de búsqueda de personas desaparecidas. Hasta el momento, pese a que dijeron los habían evacuado nadie muestra lo que pasó a los presos en las cárceles de la zona devastada. Desde el día siguiente del huracán, desde México y Argentina pedían información al Diario La Prensa de Nueva York sobre presos que habían muerto encadenados en sus celdas.

Ya el mundo se ha enterado lo sucedido en el estadio El Astrodome de Nueva Orleans donde la población fue ubicada para librarse del embate de Katrina. Allí, confundidos entre los muertos, fueron maltratados por la Guardia Nacional que los trató “como basura” o prisioneros, convirtiéndose la salvación en un campo de concentración donde hubo nacimientos, asesinatos, abortos y violaciones. Mientras tanto, los medios de comunicación a la vez siguieron su patrón racista: un hombre negro con un saco en sus brazos fue caracterizado como saqueador, mientras que el blanco, como un ser humano en búsqueda de la comida.

La pregunta que flota en el aire es que si era inevitable esta catástrofe. Tiene una respuesta lógica de los ingenieros que consideran que fue previsible este desenlace después que en el 2003 el gobierno federal comenzó a desactivar el Proyecto de Control de las Inundaciones en el estado de Louisiana, aprobado por el congreso en 1995. La guerra en Irak y la lucha interna contra el terrorismo fueron los pretextos principales para reducir los fondos para fortalecer y aumentar los diques protectores de las inundaciones.

En 2004 y 2005 el periódico local The Times – Pocayune advirtió que la ciudad estaba completamente desprotegida de las catástrofes naturales ya que el Cuerpo de Ingenieros del Ejército tuvo que paralizar su labor de fortificación de diques del lago Ponchartrain y del río Mississippi debido a la recomendación del presidente Bush de desviar más del 80 por ciento de la suma asignada para la protección de Nueva Orleans a Irak. De acuerdo al especialista holandés en ingeniería civil Han Vrijling, esta decisión del gobierno de optar por la protección “débil” gastando el mínimo resultó en una tragedia. Explicó que Holanda tiene el 20 por ciento de su territorio bajo el nivel del mar y a pesar de que su territorio es minúsculo en comparación con Luisiana, gasta más dinero para aumentar los diques y construir grandes represas de protección que Estados Unidos. “Es la única forma de evitar las catástrofes”, concluyó.

En realidad esta tragedia demostró que no solamente el gobierno falló en sus decisiones políticas para prevenir la tragedia sino todo el sistema de Defensa Civil del país era completamente inadecuado. La Guardia Nacional cuya misión principal era precisamente la defensa civil estaba completamente inepta para esta labor debido a la falta de entrenamiento y el envío de más de 3,000 mil de sus mejores efectivos a Irak con un 80 por ciento de la tecnología y maquinaria necesaria para las misiones de rescate.

Y esto no solamente pasó en Luisiana sino también en Mississippi y Alabama que sufrieron el paso de Katrina. La guerra en Irak también produjo confusiones en la mentalidad de los militares de la Guardia Nacional para los cuales se borró la diferencia entre el enemigo externo y sus propios conciudadanos pobres y desesperados. Recibieron en Nueva Orleans la misma orden que en Irak y Bush lo dijo: “Tolerancia cero al saqueo” o “disparar para matar”. Es decir su propio pueblo se convirtió también en el enemigo, igual como ocurrió en los años 1970 en América Latina.

Lo trágico de todo esto es la indiferencia y el abandono que mostró el gobierno federal y su líder, George Bush al pueblo golpeado y sufrido de Nueva Orleans. Este, recién se pronunció 48 horas después de ocurrir la peor desgracia en la historia de Estados Unidos. Posteriormente sobrevoló el territorio afectado en helicóptero presidencial sin atreverse de bajar en Nueva Orleans. También dio una propina de ayuda de unos 10 millones de dólares, mientras que se necesitan al menos 100 millones y la reconstrucción requerirá más de 100 mil millones de dólares. Su vicepresidente, Dick Cheney ni se molestó a interrumpir sus placenteras vacaciones.

A su vez, cuando a todos los seres de conciencia se les hacia amargo llevarse un pedazo de pan a la boca o dormir en una cama, cuando miles languidecían en la zona afectada, la secretaria de Estado, Condoleezza Rice fue vista en Nueva York por los periodistas, gastando unos 7,000 dólares en zapatos. Recién el domingo visitó una iglesia afroamericana. El asesor espiritual de Bush, el líder evangelista Pat Robertson quien pidió hace poco que asesinen Hugo Chávez y quien fue nombrado como un responsable del fondo para los damnificados por el presidente, ordenó a enviar biblias y latas de comida para el hambriento y desesperado pueblo de Nueva Orleans.

Así funciona lo que Bush y sus seguidores llaman el “conservadurismo de compasión’: mucha solidaridad con los ricos y completa indiferencia hacia los pobres y peor aun si son negros o hispanos. Inmediatamente entran en los planes de gentrificación aislándolos cada día más en todos los pueblos que habitan y dejándolos desprotegidos durante los desastres nacionales. La naturaleza no lo perdona y carga su propio precio aunque a cuenta de los más pobres, ancianos y niños. Mientras en Irak cayeron más de 1800 soldados norteamericanos, aquí en la capital del jazz habrían perecido trágicamente más de 10,000 ciudadanos norteamericanos en su mayoría los afroamericanos e hispanos, víctimas del abandono, negligencia y el racismo. Sin embargo todo tiene sus consecuencias. La tragedia de 1927 aceleró la destrucción de la aristocracia de plantaciones, aceleró la inmigración de los afroamericanos al norte e hizo aumentar la intervención del gobierno que se convirtió en New Deal de Roosevelt que creó programas de apoyo a los desposeídos.

Ahora el actual gobierno neoliberal, igual que sus súbditos están completamente lejanos al sentimiento de solidaridad y compasión y es difícil de predecir las consecuencias de efectos políticos de Katrina. Sin embargo, la madre naturaleza les ha dado un serio aviso sobre la necesidad urgente de un cambio de mentalidad y política. Y ya está en camino otro huracán bautizado Li para reforzar esta advertencia.

vpelaez@eldiariolaprensa.co

http://www.eldiariony.com/noticias/ColumnistasDetail.aspx?SectionId=39


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Vicky Peláez. El Diario. New York


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