Eso de tocar Cacerolas a mi todavía no se me encaja porque allá en la Tacarigua de Margarita, cuando era muchacho, veía a mi mamá cocinar en Cazuelas, a las mujeres del comedor de la escuela hacer la sopa en Bongos y a mis hermanas fregar los Trastes; pero las Cacerolas nunca las conocí. Ya mas grandecito conocí el Caldero porque me mandaban a comprar los chicharrones casa de Valentín “matapuerco”, utilicé la Marmita cuando me tocaba ordeñar unas chivas que tenía mi papá y raspé la Pana en la que cocinaban la avena en mi casa. Ya hecho hombre me casé y me dieron un juego de Ollas como regalo de bodas, cuando nació mi primer hijo encargué una Vasija para hervir los teteros y cuando me dió por comer bien le compré a mi mujer una Batería completa para que me diera sopa y seco. ¡Diablos y de dónde salieron entonces las Cacerolas!
En una de esas vivencias compartí vecindad con el señor Alonso, un hombre que a pesar de su buen vestir, su hablar citadino y sus encantadores hijos; hubiera pasado desapercibido para mí de no ser por aquella vez que le dió por aprender a tocar la trompeta por su propia cuenta. Una tarde de mi infancia y muchas tardes después las ocupé escuchando a ese mozo soplar aquella corneta en vano intento por sacarle una nota musical que él mismo no sabía si estaba adentro. Dudo que aquel instrumento dispusiera de alguna afinación, porque con la fuerza que aquel hombre resollaba y le daba respiración boca a boca, de haberla tenido, aunque hubiera sido por piedad aquel tubo metálico hubiera largado hasta la fanfarria de las carreras de caballo, para gozo mío que para entonces era un fanático de Ali Khan y del musiú Ziadie.
Cuando me dió por farandulear conocí de vista y tragos al señor Ramón, que además de ser el papá de unas compañeras de estudio, era el dueño del Steell Band El Toco; y de vista y trato al maestro Planchard que dirigía el Steel Band de Intur donde tocaba un compañero de farras y también de tragos. Ambos tenían tambores de todo tipo a los que golpeaban con palos en ambas manos para sacarle una cadencia tan contagiosa que a uno le comenzaba un hormigueo por los pies que lo lanzaba de una al ruedo donde saltaban los bailadores en inconfundible estado epiléptico. Yo creo que aún padezco del asombro del primer día que vi aquello. El mismo tambor que en la Tacarigua de Margarita utilizábamos para recoger el agua de lluvia, ésta gente lo cogió para formar un guateque. ¡ Dios mío tan fácil que estaba la cosa y al compañero Alonso le dió por sonar trompeta que es tan difícil !
Desconozco si la cacerola es un instrumento de cuerda, de viento o de percusión; como tampoco sé si forma parte de un conjunto, una banda o una orquesta. Lo que si sé es que ahora tengo de vecinas a unas viejas que desde hace catorce años las han estado sonando sin lograr un ritmo que se pueda aunque sea tararear, lo que me da a pensar que nunca han tenido intención de aprender. Llegan a la esquina de mi casa en la tardecita cuando ya no hay rastros de sol, bien emperifolladas: labios pintados y pelo laqueado, vestido usado con planchado de tintorería y con tantos aretes y pulseras que si se presentaran así a un aeropuerto seguro que las deja el avión mientras se desprenden de toda esa bisutería. Dos cosas he descubierto en estos catorce años que las he observado. Primero que no son constantes y solo ensayan cuando les da una “puntá” y segundo que durante catorce años estuvieron tratando de echar “ pa fuera” al mismo arpegio y éste se fue invicto. Ahora están tocando mas desafinadas o mas desatinadas…. será.
salazarfu@pdvsa.com - Margarita